Lo que atrae y lo que se rechaza en los candidatos a presidente

Por Rafael Bayce.

Daniel Martínez alcanza 41% y supera por casi 20 puntos de intención de voto a Lacalle Pou
(Foto: Dante Fernández)

Cuando se aprecian resultados de sondeos de opinión pública político electorales, y más aún cuando aparecen oscilaciones en esas cifras y porcentajes, las diferencias entre candidaturas y los vaivenes porcentuales son atribuidos a determinados hechos que serían la explicación de dichas diferencias y oscilaciones.

No debe olvidarse que la mencionada interpretación de los mediadores de opinión es, estrictamente, una ‘interpretación’, más que una ‘explicación’ de esas diferencias y oscilaciones. Es decir: no sabemos realmente si ellas se deben a los hechos, motivos, causas y razones invocadas por quienes las interpretan. No sabemos si la ‘interpretación’ expuesta por el mediador de opinión, periodista o académico coincide con lo pensado o sentido por los votantes interrogados o manifiestos. Solo si se conocieran esos hechos, motivos, causas y razones, conformarían la ‘explicación’ -demostrativa y concluyente en el límite- de las conductas interpretadas hipotéticamente, sin conocimiento real de lo sentido, pensado por quienes votaron eso o manifestaron que votarían eso.

El conocimiento técnico, la experiencia y la creatividad circunstancial dan base a las ‘interpretaciones’, aunque ellas no nos aseguren que esas fueran realmente las causas de la conducta de los votantes (cifras, porcentajes, variaciones), que nos han ‘explicado’ esas conductas (voto, intención). Existe, entonces, la posibilidad de que las razones atribuidas por los intérpretes no sean -en grado variable- aquellas que causaron esas diferencias o esas oscilaciones. Y esto no es solo una especulación abstracta, epistémica, sobre la diferencia entre ‘interpretaciones’ y ‘explicaciones’, sino una muy vívida e importante distancia, muy relevante para el futuro de las relaciones entre los candidatos, desde un supuesto conocimiento de las causas de las diferencias y variaciones de ellas. Podría haber grandes distancias entre las razones que los intérpretes atribuyen a los votantes y respondentes y las que, real y efectivamente, provocaron el voto o la manifestación de intención electoral.

Veamos una historia aleccionante sobre esta diferencia eventual entre interpretaciones y explicaciones respecto de intenciones de voto y oscilaciones de ellas, en definitiva contrastables con los votos efectivamente emitidos.

 

Una historia real

Hace unos cuantos años, mientras cursaba un doctorado en Ciencia Política en el Instituto Universitario de Pesquisas de Río de Janeiro, transcurría la campaña electoral para la elección de gobernador de Río de Janeiro. Los candidatos eran seis y se organizaron varios debates temáticos entre ellos como contribución iluminista supuesta para una mejor decisión del votante (ya hemos escrito desde esta columna sobre la candidez y superficialidad de los debates como insumo electoral central, solo claramente interesante para outsiders, periodistas y productoras de medios de comunicación).

Simultáneamente a los debates, el Instituto Brasileño de Opinión Pública (IBOP) encuestó respecto a qué candidatos habían impresionado mejor a los espectadores en los debates audiovisuales. Docentes y estudiantes de posgrado de Iuperj también nos reuníamos y opinábamos sobre los méritos relativos de las performances de los candidatos en esos debates temáticos audiovisuales. Pues bien, los sondeos del IBOP arrojaron resultados totalmente distintos a los arrojados por la evaluación de los académicos: estaba más que claro que la gente votaba por razones y motivos distintos a aquellas por las cuales votarían los académicos. Y algo más: parecía muy probable que las razones que los académicos imaginarían para interpretar distancias y oscilaciones no fueran las efectivamente pensadas o sentidas por los encuestados al opinar sobre los debates y los candidatos, y eventualmente al votar por algunos de ellos y no por otros.

El público prefirió la performance de Leonel Brizola, un gaúcho, exgobernador de Río Grande del Sur en los 60, uno de los barridos por el golpe militar de 1964 y exilado en Uruguay. Pues bien, vencida esa deuda, Brizola volvía sorpresivamente como candidato a gobernador carioca, sin un grupo de base relevante y sin estructura económica suficiente como para enfrentar a máquinas electorales locales probadas y abundantes. Su desempeño en los debates temáticos fue, a juicio de los académicos, muy insuficiente, ya que no dijo nada sustantivo en ninguno de los temas; solo dijo generalidades morales y demostrativas de una actitud de mando.

Arrasó, como se señaló, en las evaluaciones populares de los debates. Pregunta para los académicos: ¿qué valora la gente y qué valoran los académicos? ¿En qué se diferencian? ¿Es posible interpretar el juicio de la gente desde los criterios interpretativos de los académicos y periodistas especializados? ¿Podemos esperar reacciones populares a qué hechos significativos, razones, motivos profundos? ¿En cuáles de ellos académicos y periodistas deben apoyarse si quieren anticipar decisiones populares masivas de respuesta electoral?

Sin tener aquí espacio suficiente como para decir más allá de lo concluido en el caso de la campaña y elección de gobernador de Río de Janeiro en 1981, veamos qué otras grandes enseñanzas nos aportó dicha campaña electoral, como insumo para calibrar la magnitud de las diferencias entre la apreciación pública masiva y la apreciación privada elitista de la política, aunque la interpretación académico periodística luego se impone como explicación, en buena medida por la visibilidad y autoridad de esos intérpretes (¿pero influye en la votación masiva?).

El partido más fuerte a derrotar era el PMDB, muy consolidado en el estado y con una gran máquina político electoral de epicentro en el enorme barrio periférico de Madureira, millonario en votos por sí mismo. Pues bien, ¿qué medida político electoral tomó el candidato de un partido sin tradición local y sin financiamiento suficiente para atacar al rival en su corazón/pulmón? Nombró, para esa circunscripción, a un paulista popular, cantante muy exitoso de samba romántico (“seresteiro”): Agnaldo Timóteo. Agnaldo se presentó: “Yo no sé nada de política, pero voy a estudiar y me voy a asesorar; pero lo que sé es lo que la gente quiere; y yo les voy a dar lo que quiere porque ellos me han hecho rico comprando mis discos y yendo a mis shows; y yo les voy a devolver esos favores”.

Inmediatamente, eso hizo diferencias en los porcentajes de intención de voto. La ‘máquina Chagas’ de Madureira del PMDB de Miro Teixeira tembló en sus cimientos. Visto el sorpresivo efecto, tan inesperado para los académicos/periodistas como la evaluación de los debates temáticos en favor de Brizola, Agnaldo insiste en la cuerda emocional popular por oposición a los planes temáticos intelectuales: cuenta que lo robaban cuando iba a cobrar por sus derechos de autor, hasta que se enteró y les dijo que se metieran los recibos en el culo, que él reclamaría; que lo hizo, cobró más, y que durante su gestión defendería los derechos de todos los que no tienen cómo saberlo ni cómo defenderse de ser robado. Y agregó que pasó muchas dificultades antes de imponerse como cantante popular; pero que prefirió dar el culo en las esquinas antes que ceder a la tentación de delinquir, que le fue ofrecida.

Después de esta secuencia de declaraciones, la máquina Chagas del PMDB y Miro Teixeira se puso a tiro del PDT de Brizola, con esos planteos tan emocionales y diversos de la intelectualidad vertida sobre ejes temáticos. Pegando en esa sorpresivamente exitosa veta, nombró candidatos a un cacique indígena -Juruna- y al director de cine de filmes porno (‘pornochanchadas’) Carlos Imperial. Eran todos anticandidatos clásicos, anti-Pinchinattis.

El crecimiento de Brizola y del PDT, mientras tanto, eran casi imparables; pero aún la zona sur, la más rica y mejor educada, le era esquiva. Y tuvieron un rapto genial al alquilar camiones amplificados e iluminados de los que usan los tríos eléctricos en Carnaval, y recorrer la zona sur con el eslogan “Brizola na cabeça”. Explico: en ese entonces, en la jerga de la bohemia intelectual de la zona Sur, una de las palabras para designar a la cocaína era ‘brisola’. El eslogan era divertido y muy atractivo en el área aún resistente a Brizola. Suma de todas las incorrecciones político electorales y sorpresas: Brizola gobernador.

 

Interpretación no es igual a decisión real

Una lección inolvidable para un académico y periodista especializado: las interpretaciones de las conductas político electorales seguramente difieran de las explicaciones reales de dichas conductas. No le atribuyamos nuestras iluminadas interpretaciones a la masa electoral. Habría que sondearlo específicamente antes de afirmar que nuestras interpretaciones son las explicaciones de las conductas masivas. Si lo hacemos acríticamente, nos equivocaremos y propondremos gato por liebre. Tantas veces afirmamos que un hecho explicaría una conducta, un porcentaje, una oscilación; y la gente no sabe nada de eso, ni mucho menos les han dado papel causal en las diferencias y las oscilaciones registradas. Hay que investigar puntualmente las razones por detrás de una decisión: no se puede asumir alegremente que nuestras interpretaciones son equivalentes a las decisiones de la gente. Hay modos de hacerlo, pero no hay que dejarse llevar simplemente por medio de cándidas, ingenuas, naif, entrevistas o encuestas frontales y directas, como es tan barato y tentador hacerlo.

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