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Los cronopios nunca mueren: La segunda muerte de Julio Cortázar

Aquella mañana del martes 14 de febrero de 1984 estaba fría en extremo, húmeda como acostumbra ser en París, aunque un tenue sol asomaba entre las nubes en el cementerio de Montparnasse. Julio Cortázar no era un comunista, aunque tenía una vieja relación con Fidel Castro. Relación que no siempre fue fácil, como cuando el escritor defendió a Heberto Padilla.

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Por Víctor Carrato   El notorio caso Padilla, en la primera década de la Revolución cubana, partió aguas entre los intelectuales que apoyaban hasta entonces a Fidel Castro. Cortázar no fue de los que se alejó, pero sí se convirtió en uno de los críticos más influyentes.   Autocríticas y homosexuales El caso Padilla fue la causa de la publicación de su poemario Fuera de juego en 1968. La obra mereció el primer lugar en el Premio Nacional de Poesía, pero fue calificada de contrarrevolucionaria por las autoridades castristas. “Padilla fue arrestado con un alarde de carros policiales en la madrugada y fue encarcelado en un siniestro lugar que se conoce como Villa Marista”, señaló el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. Tras su detención y un confinamiento de 38 días, Padilla pronunció un histórico discurso, conocido como La autocrítica, en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. En una entrevista, le comentaron a la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi: “Muchos intelectuales argentinos interpretaron la transformación política de Cortázar como un giro algo superficial hacia el socialismo”. Ella respondió: “El trato que recibió Julio por parte de sus colegas argentinos no ha sido ni justo, ni ecuánime, ni siquiera honesto. No había nada de superficial: instauró el proceso contra la dictadura de Augusto Pinochet a través de sus investigaciones sobre torturados y desaparecidos, formó parte del Tribunal Russell y dedicó buena parte de sus derechos de autor a ayudar a las revoluciones cubana y nicaragüense. Por lo demás, empleó su influencia sobre Fidel Castro y los líderes de la revolución para intentar disuadirlos de su política contra los homosexuales, especialmente en el caso de Reynaldo Arenas, y rescató a muchos presos políticos de las cárceles. Nunca fue un diletante, ni un burgués, sólo vivió humildemente”. Mariela Castro, hija de Raúl Castro, lidera, desde hace tiempo, el movimiento en pro de los derechos de la comunidad LGBT+ cubana.   Oportunidad A las 11 de la mañana se dio cita mucha gente en el cementerio de Montparnasse. Había varios uruguayos: el escritor Omar Prego, el antropólogo José López Mazz y un periodista, por lo menos. Cada uno de los presentes llevaba una flor que depositaba en la tumba de Julio. La hora del entierro no es un dato menor. El horario lo fijó la primera esposa de Cortázar, Aurora Bernárdez, simplemente para que no pudiera llegar a tiempo el comandante sandinista y ministro entonces, Tomás Borge. Desde que Julio volvió de Nicaragua -su principal compromiso político- en 1983, vivía enfermo y sólo se movía para asistir a actos de solidaridad con los sandinistas. Sus dos últimos viajes fueron a Barcelona, para intervenir en la televisión, y a Buenos Aires, tras el triunfo electoral de Raúl Alfonsín. Cuando recorrió Buenos Aires por primera vez, luego de su exilio, quedó impactado. La gente lo paraba por la calle y él se sorprendía por cómo lo trataban. Era un héroe más que un escritor célebre. Cortázar falleció a mediodía del domingo 12 de febrero, a los 69 años, en el hospital de Saint Lazare, en París. Desde diciembre de 1983 había tenido varias internaciones. Tenía leucemia mieloide crónica. Desde entonces se le coló en su casa y en el hospital Aurora Bernárdez. En esos dos meses, sorprendió a muchos cambiando su testamento que tenía redactado y legalizado desde hacía mucho tiempo. Aurora volvió a conseguir las llaves del apartamento de la rue Martel. Allí se produjeron dos “allanamientos” de sus dos ex cónyuges aún vivas, Aurora y la lituana Ugné Karvelis. Ambas buscaron cualquier cosa que pudiera mantenerse inédita aún. No tuvieron éxito ninguna de las dos. Claro que, con el tiempo, aparecieron obras inéditas.   Carol El 12 de mayo de 1982, dos años antes de su muerte, Julio Cortázar le escribió a su amigo, el agente y editor argentino Guillermo Willie Shavelzon: “Te confío un plan completamente loco que vamos a poner en práctica Carol y yo a partir del 23 de mayo y hasta el 27 de junio”. De ese “plan completamente loco” surgió el libro más conmovedor y más alegre de Julio Cortázar, Los autonautas de la cosmopista, un viaje de Marsella a París. Carol era Carol Dunlop, fotógrafa y escritora canadiense, el último gran amor de su vida. Ella murió seis meses después de iniciado ese trayecto por la Autopista del Sur de Francia, que ya había sido referencia de uno de los cuentos más célebres de Julio. Leucemia, dijeron los médicos. Después de cumplir aquel “plan completamente loco”, Carol murió. Cortázar se lo comunicó así a su familia en Buenos Aires (su madre vivía) el 10 de noviembre de 1982: “Tal vez lo sepan ya por Aurora [la primera mujer de Julio], que me dijo que iba a escribirles enseguida. Carol se me fue como un hilito de agua entre los dedos el martes dos de este mes. Se fue dulcemente, como era ella, y yo estuve a su lado hasta el fin, los dos solos en esa sala de hospital donde pasó dos meses, donde todo resultó inútil”. Esa desaparición convirtió la aparición del libro (en Muchnik Editores, en 1983) en un homenaje póstumo, “en una carta de amor” de Julio a Carol.   Ugné El antiguo testamento de Cortázar repartía su bienes y derechos con equidad entre sus mujeres. Julio era un pan de Dios y muy ingenuo. No le interesaba el dinero. Ya había dado prueba de ello donando plata para los argentinos y los chilenos en su lucha contra sus dictaduras. También lo hizo con los nicaragüenses y tantos otros. Pero él sabía que la experta en el manejo de los derechos de autor era Ugné Karvelis. Aunque vivían en Francia ambos, se conocieron en Cuba, en la Bodeguita del Medio. Ugné nació en Kaunas, Lituania, y durante la guerra, de niña, cruzaba un viejo puente para cumplir misiones contra los nazis. Era hija de un exministro de Relaciones Exteriores de ese país. Estudio en Columbia y trabajó en la principal editorial francesa, Gallimard. Dominaba varios idiomas y sabía cómo tratar a la gente. Sabía cuándo hacer sus números de charme y cuándo protestar como nadie. Por eso, cuando Julio se sintió demasiado dominado por Ugné, se fue hasta encontrar a Carol. Pero Ugné siguió manejando los derechos de autor con la fidelidad del propio gato de Julio, que se llamaba Teodoro W. Adorno. Tanta confianza había que Julio dejaba firmadas montañas de cartas en papel de avión o en papel común, completamente en blanco para que Ugné y su secretario escribieran lo que quisieran. Es que Juio viajaba mucho. Fue Ugné también la que lo empujó hacia la izquierda, a la que Aurora no soportaba.   Final del juego El lunes 13 de febrero de 1984, cuando el empleado que trabajaba en la agencia ALIA, que había creado Ugné, llegó al 19 rue de Savoie, le pidió que subiera a su apartamento. Con algunos vinos encima y total frialdad, le contó que el nuevo testamento no iba a poder cambiar las cosas. El nuevo testamento, que le hizo firmar Aurora Bernárdez en el hospital, le dejaba todo a su primera y divorciada mujer, incluso nombraba como albaceas de su obra a dos amigos relativos, como el argentino Saúl Yurkievich y su mujer, Gladis. Es decir que Aurora, Saúl y Gladis decidirían todo. Ugné tomó una vieja máquina de escribir de Julio que tenía en su apartamento y comenzó a teclear sobre una de las hojas firmadas en blanco por el escritor. De allí surgió un contrato que eludía el nuevo testamento. Porque en realidad, antes, ni Ugné ni la agencia ALIA tuvieron un contrato firmado por Julio. Se manejaba todo por pura confianza. La agencia ALIA estaba integrada por Alice, la traductora preferida de Jorge Amado, Clelia, una brasileña exiliada también traductora, Annie, la entonces esposa de Viglietti, y Elizabeth, la exesposa de Regis Debray. La dura lucha por el manejo de los derechos llegó a estrados judiciales. Al final algún acuerdo se logró. Ugné fue nombrada representante de Lituania en la Unesco y Aurora inventaba obras inéditas de Julio.  

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