Los manipuladores de la historia

Por Marcia Collazo.

Los manipuladores de la historia

Alguien me preguntó hace poco si los escritores manipulaban la historia. Esa persona había leído uno de mis cuentos sobre Fructuoso Rivera y supongo que me consideró una manipuladora en toda regla. Siempre en tren de suposiciones, imagino que su visión de Rivera habrá sido durante toda su vida uniforme, parejita, monolítica, sin la menor fisura y sin la menor duda. Una visión linda, ejemplar y solemne. Y cuando en mala hora se asomó a mi cuento, la imagen se le empezó a caer a pedazos, le hizo agua por todos lados, se le deformó y se le desmembró como si le hubiera pasado por arriba una manada de elefantes. Y no es que yo haya hecho ni una sola denuncia sobre Rivera en mi libro. No hay tal cosa. No puede haberla, ni a favor ni en contra, ni en blanco ni en negro, porque yo no escribí un libro de historia y mucho menos un tratado de moral. Escribí solamente un cuento. Hice literatura, narrativa o como se le quiera llamar. Tomé a un personaje histórico y construí con él y en torno a él una mirada que no es propia de ninguna disciplina científica, sino más bien de las artes y de la creación.

Cada uno es dueño de leer o no un libro, de mirar o no una pintura, de escuchar o no una canción, pero no puede sostener que el músico o el pintor o el escritor ha manipulado la historia. ¿Por qué? En primer lugar, porque la historia no tiene propietario, no puede ser comprada por nadie. Es de todos, en cualquier tiempo y lugar. En segundo término, porque no existe una historia oficial, una visión dogmática fijada de antemano e inamovible. En tercer término porque el arte suele estar peleado con las manipulaciones, que están reservadas en el mejor de los casos a las mentalidades cerradas, obcecadas, limitadas y malintencionadas, que abundan en la política, en la economía, en la cátedra y en la vida misma, y que son manipuladoras precisamente porque persiguen unos fines ulteriores al mensaje que brindan.

No tiene lógica acusar al arte de semejante intención. ¿Habrá manipulado Goya cuando pintó los Fusilamientos del 2 de Mayo, obra en la que mostró a los patriotas sublevados contra los invasores franceses? ¿Habrá sido Picasso un manipulador cuando pintó el Guernica? Ciertamente los franquistas y los nazis lo habrán odiado fervorosamente por pintarlo, y si por ellos fuera, lo habrían arrojado a la hoguera -al cuadro y a su autor- como hicieron en su momento con miles de libros y de pinturas. ¿Habrá sido Tomás de Mattos un manipulador cuando escribió Bernabé, Bernabé, obra con la cual dio un giro importante acerca de las interpretaciones históricas? ¿Y lo habrá sido Napoleón Baccino Ponce de León cuando escribió Maluco, esa magnífica obra sobre el viaje de Magallanes, en la que le hace decir las cosas más divertidas, osadas, irreverentes y desgarradoras a su protagonista, el bufón Juanillo?

Yo creo que, por el contrario, quienes acusan al arte de manipulación son ellos mismos manipuladores. Son personas brutalmente intolerantes, enemigos del pensamiento libre; personas que creen haber comprado la historia y su discurso, con acta, sello e inscripción en el registro; personas incapaces de admitir que alguien piense en forma distinta a ellos. Son personas partidarias de la represión, del silencio, de la obediencia ciega, de las tradiciones transmitidas y recogidas porque sí, porque lo dijo el padre, el abuelo, el bisabuelo y el caudillo.

Pero sepan, quienes así piensan, que su actitud recelosa y censora es más vieja que el mundo. Ya los romanos torturaron a los primeros cristianos porque no pensaban como ellos, porque anunciaban el advenimiento de un mesías y porque no creían en los viejos dioses. Entonces los asaron en parrillas, como a San Pedro, o los arrojaron a la arena del circo para que los despedazaran los leones. Después vinieron las luchas de religión, entre esos mismos cristianos que tanto sufrieron en su día. Apareció la Inquisición y persiguió y torturó a los herejes -o sea a los que no pensaban como ellos- de formas acaso mucho más refinadas que las de los romanos. La Inquisición realizó miles de juicios de lo más arbitrarios, inventó las más horribles máquinas de tortura y quemó a miles y miles de personas, en su mayoría mujeres, acusándolos de herejía y de brujería. Más adelante, vinieron, especialmente en América Latina, las dictaduras militares, que se encargaron de torturar y desaparecer a todos los que no pensaban como ellos, o más bien a los que no agachaban la cabeza y se atrevían a imaginar un mundo mejor y, encima, a desafiarlos. Solamente el franquismo, por poner un ejemplo, dejó en España unos 200.000 desaparecidos, que sin duda habrán sido grandes “manipuladores” de la historia y de la verdad, de la decencia y de las tradiciones, en opinión de sus verdugos y asesinos.

Yo les respondo, a quienes me preguntan sobre las supuestas manipulaciones de los escritores: sepan que el paso del ser humano por la Tierra es complejo, tortuoso y oscuro. Exige ser pensado, iluminado, meditado y explorado, generación a generación, no solamente a través de las ciencias, sino además por medio de las artes, que en lugar de hacer definiciones y de dictar sentencias, se dedican a hacer preguntas y a provocarlas en los otros. Sepan que existe una cosa llamada pensamiento crítico. Sepan que, les guste o no, el tiempo continúa transcurriendo a pesar de ustedes, y no pueden ni podrán luchar jamás contra la renovación y el libre vuelo de las ideas. Sepan que perdieron la partida de antemano, por el solo hecho de atrincherarse en una posición inquisidora y falsamente autoritaria de la que ya, por desgracia y por suerte, conocemos todos sus mecanismos, tácticas y métodos rastreros. Sepan que, como dije antes, no son los dueños de la historia ni de los personajes históricos. No son ninguna autoridad. Son dueños únicamente de sus propias ideas y no tienen el menor derecho a imponerlas sobre los demás.

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