Los miserables

Por Marcia Collazo.

Contrastes, pobreza

Tuve que concurrir al Hospital Británico para hacerme un estudio, enviada por mi mutualista. Todo allí es magnífico, silencioso, elegante y pulcro. Sus pasillos no se ven atestados por esas muchedumbres que pueblan otras empresas de asistencia médica.

Mientras esperaba mi turno, vi a un hombre con su hijo, que tendría ocho años. El niño, rubio y bello como un ángel, había sufrido una lesión jugando al fútbol. Nada demasiado grave. Estaba de pie y se balanceaba, primero sobre una pierna, luego sobre la otra. Al padre del niño, sin embargo, se lo veía tenso e impaciente. Cuando la funcionaria se puso a explicarle al niño, con verdadera ternura, en qué iba a consistir su examen, el rostro del hombre se cubrió de una soberbia despectiva. No quiso ser amable con la sonriente funcionaria, sino que la cortó. “Señorita, ya entendimos. Deme el día y la hora”. La muchacha, más que acostumbrada a semejantes desplantes, se calló y ejecutó la orden.

El niño llevaba una remera con el nombre de un conocido y caro colegio privado. El padre exudaba prosperidad de pies a cabeza, y movía en la mano un llavero de auto de una marca despampanante. Me imaginé su vida y sólo me vinieron a la mente imágenes fabulosas; una casa rodeada de jardines, otra en Punta del Este o en algún sitio similar, servidores, alguna empresa de gran porte.

Del Británico me dirigí a Tres Cruces, y en un instante la geografía humana se transformó. Vi a una mujer obesa que llevaba a una niña de la mano, más allá un grupo de vendedores ambulantes, por todos lados gente menesterosa que iba y venía, tres personas durmiendo en la vereda, arrebujadas en frazadas azules. A la altura del semáforo, otra mujer, vestida con ropas viejas y rotas, saludó a un anciano que esperaba para cruzar.

-¿Desayunó, don? -le preguntó.

El anciano la miró y respondió:

-Yo, no.

-Venga conmigo que le voy a dar algo.

Y se marcharon no sé a dónde, tal vez a algún bar cercano en el que les darían las sobras de ayer o de anteayer. Pero ese gesto de solidaridad me conmovió.

El contraste entre la elegancia del Británico, la prosperidad casi insolente de aquel hombre, y estas imágenes me golpeó en algún sitio. Una y otra escena estaban separadas por escasas dos cuadras, pero parecían pertenecer a universos paralelos. Me acordé de algo que hace poco me dijo mi hija. La gente vive metida en su propia burbuja y no tiene la menor idea de lo que sucede afuera de ella. Mi hija lo decía a propósito de ella misma, de mí y de todos los que compartimos determinada burbuja cultural. Tan afirmados estamos en el mundo que nos hemos creado, en el que hemos crecido y acumulado ideas, juicios, propósitos y esperanzas, que no somos capaces de mirar más allá. Fuera de ese círculo la existencia continúa, avasallante y despiadada.

Todos sabemos que existen las diferencias sociales, pero sólo cuando rozamos la experiencia directa de esa diversidad advertimos la desmesura del contraste y comprendemos, aunque sea por un breve instante, la terrible profundidad de la injusticia. Puedo admitir, claro está, que haya gente con jugosas cuentas bancarias, orgullosa de su prosperidad y de su posición social, pero no me es posible admitir la existencia de tantos y tantos pobres, que a las diez de la mañana no han comido, y que tal vez llegan a la noche sin hacerlo, a menos que escarben en un contenedor o que tengan la buena suerte de que una mano benevolente les arroje unas sobras.

He dicho muchas veces que la vida es una novela, pero tengo que aclarar el concepto. La novela de la vida no es lo que algún escritor imagina, no es la ficción que nos hace pasar el rato, sino al revés: es la cruda realidad de ese horizonte móvil por el que transitamos, como si fuéramos de escenario en escenario, de tablado en tablado, casi siempre ciegos, sordos y mudos, metidos en la burbuja propia, aun cuando tengamos las mejores intenciones y una buena voluntad a toda prueba. En la novela de la vida se me presentaron, en un mismo día y en un mismo momento, dos escenas, una metida dentro de la otra, como en las cajas chinas. Para verlas, claro, hay que estar dispuesto a mirar.

Una cosa es la ciudad con su prisa y su hormigueo, con los bloques de los edificios y de las casas, y con el pulmón del parque Batlle que corre por detrás, y otra muy diferente es la vida de los seres humanos, su derrotero personal, sus elecciones, decisiones, penurias y deseos. No es un asunto insignificante, y menos aun indiferente. De todo eso resulta el magma del tejido social, con sus correspondientes desigualdades que en nuestro país siguen siendo bastante atroces, pese a lo mucho que se ha hecho para remediarlas.

La pobreza sigue campeando en Uruguay y en el mundo, aunque en nuestro país no cobre ribetes tan dramáticos como los que se dan en otras partes, y este es un fenómeno muy antiguo, al que no parecen afectar los avances en la ciencia, en la tecnología y en las comunicaciones. Leo por estos días un magnífico libro que compré en la Feria del Libro de Durazno, a la que fui invitada. La obra, de la historiadora inglesa Eileen Power, se llama Gente de la Edad Media, y su primera edición es del año 1937.

La autora interpela el pasado desde la visión de la historia social y económica, lo cual era en su época todo un adelanto, que sólo lentamente iría penetrando en el enfoque tradicional de los historiadores europeos y, más tarde, mucho más tarde, llegaría a Uruguay de la mano de gente como José Pedro Barrán y Benjamín Nahum. En esta obra, que recomiendo calurosamente, Power se ocupa, en un estilo que roza la narración literaria, de los entretelones de la historia oficial, despreciados durante siglos en Occidente, por cuanto ocuparse de la gente común y anónima habría sido rebajar la dignidad de esta disciplina.

En el primer capítulo nos habla de Bodo, un hombre libre que vivía en el feudo de Villaris, cercano a París, a comienzos del siglo IX. Bodo, quien no sólo existió, sino que además dejó registro de su vida a través de un catastro minucioso elaborado por los funcionarios del emperador Carlomagno, era un campesino sufrido que trabajaba sin descanso para sus amos, los monjes propietarios del feudo, y que cada año se veía más abrumado por los impuestos sin recibir nada a cambio. Podía, sin embargo, llamarse dichoso.

A su alrededor, en toda Francia y en toda Europa, pululaban ya no los pobres, ya no los siervos, sino los miserables, como en la homónima novela de Víctor Hugo, que verá la luz casi mil años más tarde. Ya en el libro primero de esta obra, el escritor francés expresa: “Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen”. Y hablando de hospitales, relata Víctor Hugo que al obispo Myriel (uno de los personajes) le dan una mansión para que viva en ella. Cierto día, el obispo visita el hospital y queda horrorizado. Las salas son verdaderas celdas, el aire es irrespirable, el sol no entra. “Aquí hay un error”, sostiene ante el director del hospital, que lo mira con espanto. “En mi casa somos tres y tenemos sitio para sesenta, en cambio aquí hay veintiséis personas repartidas en cuatro cuartos miserables. Aquí hay un error”, reitera. Hace mudar el hospital a su casa y él se muda al hospital. Esta actitud, a la que nadie lo obligó, era y sigue siendo impensable.

Al leer este y otros libros, al ver en la vida diaria los contrastes a los que me referí más arriba, compruebo que la desigualdad extrema es, en definitiva, fruto de las intenciones humanas y no de casualidades aparentes. “Hay abajo más miseria que fraternidad arriba”, dirá Víctor Hugo en otro pasaje. Y yo creo que sí, que en el fondo, todo se reduce a la falta radical de fraternidad.

1 comentario en «Los miserables»

  1. Excelente. Muy buen expresado, conciso y profundo. Invita a pensar y observar más allá de las apariencias. Felicitaciones, me transformé en un un seguidor de vuestros artículos.

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