Un caído es aquella persona que ha muerto en la lucha por una causa, en batalla o cumpliendo su deber, y en el caso de estos soldados del Ejército Nacional que perecieron en el arroyo Yacuy hace ya 55 años, se puede aplicar este concepto a la perfección.
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Una de las tareas del Ejército Nacional a partir de mediados del siglo XX era de la custodiar las fronteras del país del contrabando, un verdadero flagelo según algunos políticos y altos funcionarios de la época. La historia del territorio oriental del Uruguay ha estado desde los tiempos de la colonia relacionado íntimamente con el concepto de contrabando. De hecho, la etimología de la palabra deviene directamente de los tiempos en que los virreyes eran la autoridad en el Reino de Indias. “Contra-bando” era, pues, ir contra la ley (los bandos). Las fronteras norte y nordeste de Uruguay fueron siempre territorios en disputa, y de esa forma eran sitio de encuentro, ya sea cultural, social o esencialmente económico y comercial. Los años 50 y 60 del siglo XX no serán la excepción.
El ministro de Economía y Finanzas por aquellos años, Juan Eduardo Azzini, denunció “los caudalosos contrabandos de lana por la frontera, que eran drenaje de la economía nacional”, según consigna el diario El Telégrafo de Paysandú. Meses antes, según el matutino sanducero, la Comisión Interministerial de Represión había descubierto un enorme cargamento que estaba preparado para introducirse en Brasil, en el que estaban involucrados fuertes capitales de Rivera. En ese mismo sentido, el diario de Livramento A Platela denunciaba la entrada de lana uruguaya a Brasil y de ganado en pie, tanto ovino como bovino.
El ministro de Industria de esa época Enrique Erro, tanto como su sucesor Ángel María Gianola, denunciaron el trasiego de arroz, harina, enlatados, entre otros productos, lo que, según destacaban los medios locales, “atentaba contra el país”. Tras los tristes sucesos del Yacuy que relataremos más adelante, dos legisladores sanduceros pusieron el grito en el cielo en el Parlamento recordando a los soldados y oficiales caídos. El Dr. Lerena y el Dr. Giosa pidieron la palabra para recordar a los caídos, pero además denunciaron la situación del contrabando en la frontera. No el pequeño contrabando del día a día para mantener a una familia, sino el gran contrabando de los “estancieros contrabandistas”, como los denominó el diputado colorado por Paysandú José Giosa.
De este modo, el trabajo de represión de un problema tangible en aquellos tiempos estaba supeditado al Ejército Nacional. El trabajo se hacía a través del Servicio de Represión del Contrabando (SRC), especialmente en los departamentos del norte. Tres oficiales y 99 soldados eran los encargados de cada misión.
Fue en 1951 que se le asignó al Regimiento de Infantería Nº 3 el denominado Sector 1, que comprendía la frontera brasileña en el departamento de Artigas, asignándose a los batallones 7 y 8 de forma alternada.
El Batallón Nº 7 se encuentra apostado en la ciudad de Salto desde 1937 y es dos años después que cambia su denominación de Batallón Nº 8 a Batallón Nº 7. Ese mismo año el Batallón Nº 8 de Paysandú toma su nombre. La creación de esta unidad data del 26 de febrero de 1907 como Compañía de Infantería Nº 5 destacada en Minas (Lavalleja). Después de 1911 cambia su denominación a Batallón de Infantería Nº 13 y en 1925 se radica en Paysandú hasta 1939, que pasa a ser el 8.
Cada servicio insumía varios meses de patrullas y controles, entre tres y cuatro meses de trabajo y repetido hasta dos veces por año. Eran verdaderas misiones de largo aliento y en terrenos alejados de los centros urbanos. En 1961, tras tres meses cumpliendo funciones en el Sector 1, volvían a Paysandú. Corría el sábado 10 de junio, el frío era intenso campo adentro y la forma de volver era a través de las vías férreas, pero una huelga de los funcionarios de AFE hizo cambiar los planes rápidamente.
Partieron en una columna motorizada al mando del capitán Otto Gilomén, conduciendo a soldados y oficiales del 8 en cinco camiones con remolques pertenecientes al Batallón de Infantería Nº 13 de Montevideo, con sus respectivos soldados choferes del 13.
Partieron a las seis de la mañana desde Artigas, aunque otros camiones lo hicieron desde Bella Unión, cada uno con entre 22 y 25 soldados. Cerraba el convoy el camión “recuperador”, el único que no arrastraba remolque, dado que su función era la de “conducir repuestos, un guinche y otros implementos”, según consigna uno de los testigos al diario El Día, el teniente Alberto Quintana1. En el “recuperador” iba el teniente Kuster, quien estaba al mando de los choferes.
Todo iba de acuerdo al plan y a las 10 de la mañana, en el empalme de la ruta 3 y la 30, se encontraron los camiones que venían de Artigas con el de Bella Unión totalizando unos ocho vehículos. Tras unos kilómetros en convoy, uno de los camiones sufrió un percance mecánico, una “rotura en la junta de aceite”. No podían arreglarlo en aquel sitio. De esta forma, decidieron remolcarlo con el único camión que no tenía chata, el “recuperador”. En el primer lugar de la caravana iba justamente el “recuperador”, remolcando al otro camión, que a su vez remolcaba ya a los soldados. Los unía “una maroma de acero, muy sólida, de entre 2,50 y 3 metros de longitud”.
A las 12.30 comenzaron a pasar por el puente del arroyo Yacuy –límite entre los departamentos de Salto y Artigas– los primeros camiones, pero el remolcador remolcado dejó paso a los demás dada su lentitud. El arroyo estaba crecido por las intensas lluvias de esas fechas. Según consignan los testigos, el camión iba a menos de 10 kilómetros por ahora cuando intentó pasar por el puente, pero un bache hizo “chicotear violentamente” al remolque del camión, que lo torció dirigiéndose al borde del puente. “La repentina torción rompió la maroma que lo ataba al camión guía y lo precipitó en las aguas”.
En su camino, el camión y el remolque se llevaron ocho pilastras del puente; algunos soldados en la desesperación lograron asirse del puente mientras caían estrepitosamente en las aguas el remolque y el camión, torciéndose en el aire. El alférez Kuster en el camión “recuperador” sintió el cimbronazo de la maroma rota y ordenó la detención, y allí mismo se lanzó al río, mientras ordenaba a sus hombres lanzarse a la búsqueda de los demás. Catorce efectivos se salvaron aquel día, pero diez perecieron en las aguas del arroyo, nueve del Batallón Nº 8 y uno del Batallón Nº 13 de Montevideo, quien conducía el camión.
Cayeron ese día el alférez Eduardo Barbato, de 21 años de edad, el sargento Julio Leónidas Benítez de 28, el sargento Filomeno Acosta de 31 años, el cabo de 2a. Miguel Ángel Cassas de 26 años, los soldados de 1a. Julio Cazziz Puyol de 29 años y Benjamín Da costa de 23, los soldados de 2a. Ramón Perochena de 22, Beltran Leyes Fagúndez de 25 y Teófilo Dutra de 21 años, todos del Batallón Nº 8, y el sargento de 1a. Wilton Ramos del Batallón Nº 13.
Según consignan matutinos de la época, el hecho fue primera plana en varios medios de interior y de Montevideo y movilizó a la sociedad civil del departamento. Se creó un fondo de donaciones a los familiares de las víctimas según informaba El Telégrafo días después de la tragedia. Los cuerpos iban apareciendo a lo largo de los días, mientras arribaban al departamento las autoridades. Llegó el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Hugo Tiribocchi, entre otros, mientras pasaban los días. Los bomberos debieron llevar desde Montevideo una bomba con la que extraían el agua en busca de los cuerpos. Finalmente el último cadáver apareció el 25 de junio.
Al cumplirse un año de la tragedia se llevó a cabo un homenaje a los caídos en el Batallón N° 8 con la presencia del ministro de Defensa Nacional, general Modesto Rebollo, el jefe de la Región Militar N° 3, general Giorgi, el jefe de Policía de Paysandú, Óscar Ferreira Henderson, y autoridades civiles. Ese mismo día, en la mañana, se inauguró el monolito recordatorio en el mismo sitio del accidente, en el arroyo Yacuy, recordando a los caídos, no en batalla, sino en el cumplimiento de su deber.
1. El teniente A. Quintana y el alférez Enrique González dieron una entrevista a un periodista del diario El Día que viajó especialmente por lo sucedido. El diario El Telégrafo de Paysandú lo cita íntegramente en salida del 26 de junio de 1961. De allí se extrae la mayoría de los detalles.