Queremos repasar algunos de esos trabajos que ya no existen, bien a causa de un avance tecnológico o de cambios culturales que se fueron produciendo. ¿Algún día alguien del futuro hará un artículo sobre empleos de hoy en día?
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Lector de tabaquería
En las tabaquerías cubanas, en 1860, apareció un nuevo y fugaz oficio que nació con el objetivo de instruir y entretener a los obreros dedicados a la manufactura del tabaco. Se trataba del lector de fábrica, que normalmente era seleccionado por un comité para que leyera obras de la literatura universal como ‘Don Quijote’ o ‘El Conde de Montecristo’. Lo más curioso es que, como informa un excelente reportaje gráfico de ‘Mashable’, su salario emanaba del de los propios obreros, cada uno le pagaba una parte.
Pregonero
Seguramente alguno de nuestros antepasados se las apañaba informando a voz en grito de los asuntos populares a sus vecinos. Es una figura que aparece en muchas de las obras de teatro de épocas medievales. La mayoría de las veces se dedicaba a pregonar a voz en grito órdenes judiciales o las programaciones de fiestas y eventos. Se valoraba que tuviera una buena voz y hablara alto y claro, además de un comportamiento ejemplar.
Computadora humana
Su nombre era Barbara ‘Barby’ Canright y pasó a la historia por ser la primera mujer dedicada al cálculo de estadísticas y a la extracción de datos sobre asuntos tales como desde cuántos cohetes se necesitaban para hacer que un avión despegara. En aquellos tiempos la NASA experimentaba con el programa Jet Propulsion Laboratory (JPL), con sede en California. Los cálculos de mujeres como Carnright, o Barbara Paulson, o Macie Roberts (por citar a algunas de ellas) se debían hacer a mano, con lápiz y en papel de cuadrícula. A menudo, tardaban más de una semana en completarse todas las fórmulas.
Detector de aviones
Antes de la invención del radar, los militares necesitaban saber de cualquier forma cuándo y por dónde se aproximaban aviones enemigos. Por ello, surgió el oficio de «detector de aviones» u «oyente de aviones», el cual consistía en afinar al máximo el sistema auditivo gracias a un ingenioso sistema de espejos acústicos para intentar determinar las coordenadas desde las que iba a atacar el avión. Muchos de estos espejos se conservan en museos del mundo. Los japoneses, como siempre más duchos en los inventos, diseñaron las llamadas «tubas de guerra», las cuales eran trompetas enormes que se usaban para captar las señales acústicas de las bombas lanzadas y los aviones cercanos.