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Lula livre

Por Juan Raúl Ferreira.

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Como anunciaba en el pasado número de la revista, el jueves y el viernes andaba por Curitiba. Allí donde muros policiales impiden a un líder ser candidato a la presidencia de la República. Aquel que las encuestas dan como eventual ganador. Luiz Inácio Lula Da Silva. ¿Qué hacía por esos pagos? Es una historia muy interesante. A mí me quedará como uno de los recuerdos fuertes de mi vida. Pero eso ya es algo personal; la visita no.  En efecto, integraba un colectivo de cuya labor aprendí mucho. Los trabajadores del gas y su sindicato organizaron, con el respaldo del Pit-Cnt, una delegación que trascendía partidos y sectores sociales, que me otorgaron el honor de integrar. Fue algo más que una delegación sindical. Participaron políticos, como el senador Juan Castillo, activistas de derechos humanos y gente de la cultura que dejó la huella de su voz, como Larbanois y Carrero. Ofrecieron un recital en honor de Lula en la plaza donde se guarda vigilia 24 horas, a tan pocos metros de su lugar de detención, que llegó a sus oídos. La delegación uruguaya decidió que la solidaridad no es compatible con el turismo político al que nos han acostumbrado algunos políticos. Por eso compartimos en la Casa Lula Livre grandes habitaciones colectivas con cuchetas, hechas con madera de obra, con gente que viaja permanentemente a Curitiba con el mismo compromiso. Allí fuimos objeto de afecto y solidaridad con Uruguay y los planteos del Sindicato del Gas. Todo ello terminó convirtiendo la visita en una experiencia maravillosa, más allá de los resultados y las gestiones que vamos a destacar. Ofrecimos y recibimos solidaridad. Y la solidaridad enriquece y fortalece el espíritu del que la brinda y del que la recibe. Yo siento, y creo que el resto de la delegación lo compartirá, que volvimos más fuertes y enriquecidos en conocimiento, experiencia y cargados de sentimiento solidario. Además del recital, que destacó mucho la presencia uruguaya, vimos la ciudad capital de la solidaridad con Lula. En unas cinco cuadras a la redonda de donde le tienen detenido, hay unos cinco campamentos donde decenas de brasileños de diversos organismos, gremios, movimientos, como el de los Sin Tierra, acampaban al aire libre para asistir a todas las marchas. Allí comíamos casi todos los días, conociendo gente de todo Brasil. A diario, desde un punto cercano, se concentraba la gente para marchar tres veces al día. De mañana, a las tres de la tarde y al anochecer, a gritar, según el caso, “Bon dia, presidente Lula”, “Boa tarde, presidente Lula” y “Boa noite, presidente Lula”, repitiendo cada frase tantas veces como días lleva preso. Los muros de la cárcel no frenan el cariño de un pueblo agradecido que no está dispuesto a dejar solo a quien tanto hizo por ellos ni a perder sus conquistas. La denuncia sobre los daños causados por Petrobras, empresa privatizada en Brasil, con convenios importantes con Uruguay para el abastecimiento de gas a nuestra gente -los despedidos que se anuncian sin indemnización, la eventual demanda contra Uruguay por 100 millones de dólares-, fue recibida por altas autoridades federales y estaduales, legisladores y miembros de las sociedad civil. Y la documentación llegó a las mismas manos de Lula. Pero hubo un contacto muy especial. Me refiero al arzobispo de Curitiba (una de las diócesis más grandes de Brasil), monseñor José Antônio Peruzzo. Para nuestra sorpresa (por lo menos confieso que para la mía), es un hombre joven que no llega a los 60 años. Yo -en esto puedo hablar sólo a título personal- sentí que todo el viaje valía solamente por haberle conocido. En una visita tan breve se convirtió en un referente muy importante. Simpático, llano, informal, divertido y muy solidario. Su compromiso con los dos motivos de nuestra visita fue muy explícito; la solidaridad que fuimos a portar en nombre de muchos uruguayos que no estaban con nosotros y la que recibimos por las demandas del Sindicato del Gas. Nos contactó con importantes medios de prensa que dieron a la visita una exposición nacional muy importante. Aceptó nuestro pedido de tramitar una eventual reunión con la Conferencia Episcopal de Brasil, de enorme peso en el país hermano y de cuya directiva forma parte. Agradeció con cariño indisimulable la presencia uruguaya en la solidaridad con el difícil momento que vive Brasil con Lula preso. Me quedaría con algo en el garguero si no dijera que más allá de los dos temas fundamentales de la entrevista (Lula y los trabajadores uruguayos del gas), toda su personalidad me resultó fascinante. Hizo un análisis de su visión pastoral de la crisis en la región, que, compartible o no, nadie podría decir que no fue muy profundo y comprometido. Una expresión cabal de la nueva iglesia.  

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