El PT mantiene la candidatura de Lula a pesar de la condena y de los varios procesos que todavía tiene por delante. Todos los indicios que llegan desde distintas instancias del Poder Judicial apuntan hacia la imposibilidad de la candidatura de Lula. Sin embargo, las cosas son mucho más complejas para los que quieren impedir que Lula sea candidato. Cuando se está a dos semanas de que empiece el horario electoral en radio y en tv, así como a un mes de que los nombres de los candidatos a la presidencia de Brasil entren en la urna electrónica, no es tan simple para la derecha despojar a Lula del derecho de ser candidato. El trámite normal impediría una decisión de la Justicia en contra de Lula en 14 días, siete de los cuales le tocan a la defensa. Mientras tanto, no puede ser impugnado como candidato. Es así imposible que Lula no pueda participar en el horario electoral. El desafío de Lula es prolongar al máximo su presencia en la televisión, en lo posible, hasta el 17 de setiembre, cuando las listas de los candidatos van a la urna electrónica y ya no pueden ser alterados, lo cual es factible: es menos de un mes. Si se dejan a un lado ocho días de fines de semana, quedan 22 días útiles para que los magistrados juzguen una causa inédita y de enorme relevancia y repercusión nacional e internacional en tres tribunales distintos: el Tribunal Superior Electoral, el Superior Tribunal de Justicia y el Supremo Tribunal de Justicia. Los jueces, sin embargo, operan en contra de Lula con velocidad máxima, dado que se trata de una persecución política que intenta impedirlo de ser candidato, con la conciencia clara de que, si es candidato, gana en primera vuelta. Pero si hasta el 17 de setiembre no hay sentencia final, la foto y el nombre de Lula estarán en la urna electrónica el 7 de octubre, día de la elección presidencial, aunque sea impugnado inmediatamente después de esa fecha, porque no hay como sacar su nombre de la urna electrónica a partir de esa fecha. En caso de que su victoria fuera cuestionada, asumiría Fernando Haddad, que será registrado como su vicepresidente. Es por ese camino sinuoso y complejo que Lula puede protagonizar una candidatura inédita: ser candidato a la presidencia de Brasil condenado y preso, haciendo campaña desde la cárcel y triunfando en primera vuelta, en poco más de un mes y medio. Una situación inédita no sólo para Lula, sino para la historia política mundial, que posible por la absurda situación en que el Poder Judicial brasileño lo ha puesto: víctima de un proceso forjado, sin pruebas. Y, preso, Lula actúa mas que nunca en la articulación política de su candidatura y de las otras candidaturas del PT y de la izquierda, al tiempo que ve subir su apoyo en las encuestas todavía más y a los adversarios pelearse entre sí, sin amenazarlo. A su vez, la posible candidatura de Haddad recibe la trasferencia directa de los votos de Lula, en caso que tenga que ser el candidato a la presidencia de Brasil. Después del espectacular acto de masas en Curitiba, cuando fuimos a registrar la candidatura del expresidente, Haddad inició una nueva caravana, por el nordeste, para presentarse como el vice de Lula. En ese día, en Curitiba, lanzamos el primer libro de la “Caravana de Lula”, la del nordeste de Brasil, que yo tuve el honor de editar, primero de una colección de cinco tomos, con los cuales volvemos al nordeste y llevamos un bellísimo testimonio de fotos de los viajes históricos de Lula. Cuanto más fuerte se revela el apoyo popular a Lula, más se fortalece la decisión de la derecha de intentar inviabilizar su candidatura. La victoria de Lula, apoyada en un movimiento popular muy organizado -las marchas que llegaron el día 15 a Brasilia lo han confirmado-, sería una derrota gigantesca para toda la derecha, no sólo para los candidatos que se identifican con el gobierno de Michel Temer, sino también para el Poder Judicial y los medios de comunicación. Es una disputa que aparece como un enfrentamiento jurídico, pero que es una dura pelea política, entre jueces por una parte, apoyados por los medios, y el movimiento popular y la fuerza política de Lula. Es en medio de esos enfrentamientos que surgió la decisión de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas a favor del derecho de Lula a ser candidato y participar en todo el proceso de campaña electoral. La resolución cayó como una bomba sobre el gobierno, la Justicia y los medios, que no logran recuperarse del golpe. Ministros del gobierno -incluido Aloisio Nunes, canciller, exmilitante del Partido Comunista y de la Alianza Nacional Liberadora, de Carlos Marighella- se manifiestan exactamente en los mismos términos que lo hacían los ministros de la dictadura, cuando los gobiernos militares eran condenados por organismos internacionales. Dicen que se trata de una injerencia indebida en un asunto interno de Brasil. De hecho, Brasil tenía la alternativa de no haber firmado el pacto internacional en que las Naciones Unidas se basan para condenar al gobierno, pero una vez firmado, tienen que obedecer sus decisiones. Lula ya ha enfrentado situaciones inéditas en su vida política de más de 50 años de luchas. Ha liderado las más grandes huelgas obreras de la historia de Brasil, ha sido tomado preso, ha sido reelegido presidente del sindicato no reconocido por la dictadura, ha vivido las más distintas circunstancias hasta volverse el presidente más importante de la historia de Brasil y el líder de izquierda de mas prestigio en la actualidad en el mundo. Pero nunca podría imaginar que llegaría a la situación actual, en que puede llegar a ser reelegido presidente de Brasil desde la cárcel. Circulando esta semana por Brasilia, pude ver imágenes de los que es el vacío de poder en el país. El Palacio del Planalto, completamente cercado por fuerzas militares, frente a las tres columnas -una de ellas llevaba el nombre de Columna Prestes- del Movimiento Sin Tierra (MST) que han llegado desde distintas partes de Brasil, con miedo de que se acercaran al local donde se supone que Temer trabaja. El Palacio del Jaburu, del vicepresidente, donde vive Temer, dado que ha abandonado la residencia oficial para alojarse en un edificio no sólo completamente protegido militarmente, sino también con alambre de púas, como si se tratara de un presidio. Por otra parte, uno se acerca al Palacio de la Alvorada, la linda residencia presidencial, donde Lula vivió ocho años, completamente abandonado, como imagen del vacío de gobierno que vive Brasil. El Congreso, a su vez, en vacaciones electorales, igualmente vacío. El Tribunal Superior Electoral, cercado por manifestaciones de decenas de miles de personas que fueron a registrar la candidatura de Lula, con imágenes de “Lula libre” proyectadas en el edificio. Hay más poder en la pequeña celda de Curitiba desde donde Lula articula el retorno a la presidencia de Brasil que en todos esos edificios vaciados de legitimidad y de poder.
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