Manifestantes

El año pasado transcurrió entre movilizaciones y tironeos y este no parece estar naciendo en paz. Y es razonable. Raro sería que los diversos actores de la economía no pulsearan para defender sus intereses. En estos días, a la movilización de los trabajadores gastronómicos en el centro de Punta del Este se sumaron las protestas de los tamberos (“el campo”, como quieren llamarse, así ya de paso forman parte de algo más grande y pueden empezar a respirar el aire limpio y descontracturado que el triunfo de Macri trajo a la Argentina) y la movilización de padres, alumnos y amigos (la expresión exacta sería “clientes”) del colegio José Pedro Varela.

Los gastronómicos reclaman un convenio que les permita vivir dignamente, los tamberos piden que el Estado les tenga consideración especial en las tarifas públicas y se responsabilice por la deuda de Venezuela, y los clientes del Varela aspiran a mantener el colegio en funcionamiento bajo su atenta mirada. En rigor, las tres manifestaciones son distintas, y lo único que comparten es el recurso del pataleo, al que, como es sabido, todos tenemos derecho. Veamos.

La manifestación de los trabajadores del sector gastronómico y hotelero, que incluyó un campamento en pleno centro de Punta del Este, tiene como finalidad alcanzar un salario mínimo para el sector que duplique los 11.420 pesos actuales. Sí, leyó bien: 11.420 pesos. Nominales, claro. A esa cifra hay que aplicarle los descuentos correspondientes —si es que el trabajador tiene la fortuna de estar formalizado—, con lo que el monto líquido queda en unos 8.500 pesos. En este punto me gustaría que los que leen hicieran el ejercicio de imaginar una jornada de trabajo en plena temporada en el sector gastronómico y hotelero. Luego les pediría que imaginaran vivir con 8.500 pesos. Y como nunca faltan los que relativizan los reclamos salariales, me apresuro a aclarar que el sueldo máximo en el sector es de 14.118 pesos nominales. Hagan cuentas, y vengan después con la aclaración de que a eso se le suman las propinas.

Del otro lado de ese reclamo están los empresarios. Los que, como todos los años, arrancan la pretemporada anunciando que la cosa va a estar difícil y luego, cuando no cabe un alfiler ni en las playas ni en los hoteles ni en los bares, siguen insistiendo con que no han venido muchos argentinos (o brasileños, o lo que sea), con que la competencia desleal los está matando y con que el Estado les exige demasiado y así no hay negocio que aguante. Mientras tanto, el hijo del intendente se queja de la presencia de los trabajadores acampados y lamenta la incomodidad a la que están sometidos los veraneantes por culpa de un lío entre privados. Y aprovecha para exhibir su exquisita educación valiéndose de un verbo que ni sabe cómo escribir.

Las movilizaciones de “el campo”, por su parte, no deberían ser desconsideradas alegremente sólo porque los protagonistas hayan acudido a manifestar en rotundas camionetas que llegan a valer, en muchos casos, el salario y los aportes de todo el año de más de media docena de peones. En ese mundo de productores grandes, medianos y chicos hay de todo, y es indiscutible que el aumento de las tarifas públicas y de los combustibles tiene una incidencia significativa en la sustentabilidad del negocio. Imagino que tampoco debe ser fácil remontar atrasos como el de Venezuela. Sin ir más lejos, muchos compañeros, trabajadores de la prensa, me han contado que no se les hace fácil remontar el atraso del aguinaldo y los salarios de varios meses. Ni hablemos de la situación de otros trabajadores, como los de Fripur, o los de las empresas del sector lácteo que se fueron el año pasado dejando a su personal en la calle.

Distinta es la situación de los manifestantes del Varela, que también tomaron la calle, pero apenas para darle fuerza a una iniciativa llena de buena voluntad y con grandes probabilidades de éxito, puesto que de los dos lados (el de los empresarios y el de los clientes) hay con qué negociar.

La profusión de reclamos y manifestaciones —que los informativos de la televisión abierta muestran convenientemente fuera de contexto y en dosis más o menos repetidas que se intercalan con imágenes de playas del este, ensayos de carnaval y jugosos casos de la crónica roja— puede llevar a la idea de que estamos ante una crisis del gobierno de la izquierda que puede terminar en un cambio de signo político en las próximas elecciones (o antes: no hay que desestimar las herramientas que el sistema tiene para precipitar estos asuntos cuando hace falta). Error. Estamos ante una crisis de lo político en general, y no de la izquierda o la derecha. Estamos ante la evidencia de una incapacidad de lo político, tal como solemos verlo, para dar cuenta de la incertidumbre que nos presenta un mundo cada vez más injusto y más indiferente.

No hace muchos días comenzó a circular en las redes una viñeta gráfica en la que se ven tres letreros detrás de los cuales deben armarse filas de personas. El primero dice “fila para criticar” y, obviamente, tiene detrás una larguísima fila de gente. El segundo dice “fila para sugerir lo que debe ser hecho”, y muestra una fila más corta. El tercero dice “fila para hacer” y, previsiblemente, no tiene a nadie detrás.

La idea de que lo importante es hacer más y criticar menos tiene muchos defensores. Quisiera, modestamente, defender la idea contraria. La idea de que detengamos por un instante la compulsión a “hacer” y dediquemos un tiempo a pensar qué es lo que estamos haciendo y para qué. Porque vivimos en un sistema que es injusto, violento e insustentable, y sería bueno detenerse a considerar si vamos a seguir poniendo cajoncitos debajo de millones de personas para que puedan mantener la nariz fuera del agua (con el consiguiente gasto en cajoncitos, que cada vez deben ser más altos y suponen un mayor costo social), si vamos a retirar de una vez los cajoncitos para que los que sepan y quieran se las ingenien para salir a flote y el resto se ahogue como africano en el Mediterráneo, o si, de una vez por todas, vamos a decir con todas las letras que este sistema no da para más y que tenemos que pensar en otro en el que todos podamos vivir, sostenidos en un esfuerzo colectivo que no suponga que unos se hunden mientras otros se salvan usándolos de bote.

No sé qué va a hacer el gobierno respecto a las tres situaciones que esta semana condujeron a tantas personas a manifestarse, pero me temo que va a tratar de encontrar alguna salida para “el campo” (que será insuficiente, como todos sabemos), va a intentar que empresarios y trabajadores lleguen a un acuerdo (que no va a contemplar ni remotamente las aspiraciones de los trabajadores, pero igual servirá para que los empresarios anuncien desempleo y recesión) y va a felicitar la llegada a buen puerto de las negociaciones entre el Varela y sus clientes. (Fue ligeramente irritante, aunque sintomático, dicho sea de paso, ver a la senadora Mónica Xavier, hasta hace diez minutos presidenta del Frente Amplio, sostener una pancarta en defensa de una institución privada de enseñanza, justo en momentos en que la discusión acerca de qué enseñanza necesitamos está tan atravesada por la falacia que dice que lo privado es mejor que lo público. Y doblemente irritante entender, con resignación, que tal vez la cúpula frenteamplista sólo esté dispuesta a manifestarse allí donde no hay nada para perder, porque todo se resuelve en ajustes de gestión).

Las tensiones sociales existen, y es un error y una inmoralidad pensarlas como líos entre privados o como líos entre la iniciativa privada y la voracidad estatal. Si lo político está, al menos desde la Revolución Francesa, indefectiblemente atado a lo social, es hora de volver a discutir en qué sociedad queremos vivir y qué costos estamos dispuestos a pagar. Porque lo que hay más allá de esa discusión, lo que hay más allá del pensamiento, el debate y la crítica, es un agujero negro y nos está tragando a todos.

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