Más lecciones del Morro García

Por Rafael Bayce.

Foto: Ricardo Antúnez / AdhocFotos

Hace 2 columnas nos ocupamos del suicidio del Morro García junto al centenario del filme El pibe de Chaplin. El doble tema y lo reciente de su ocurrencia no permitieron desarrollar toda la triste riqueza del episodio; pero ahora, transcurridos unos días y confirmadas algunas importantes aristas del tema -como las valientemente ventiladas por sus colegas, los futbolistas profesionales agremiados-, podemos explayarnos más sobre esos ejemplares asuntos.

 

Sueños, frustraciones y presiones

La carrera de un niño o adolescente que llega o no al nivel profesional, y que adquiere variados logros dentro de su profesión, puede resumirse en un sinuoso e incierto camino que incluye, fundamentalmente, a) un persistente y duro manejo y cultivo del cuerpo y la mente que les permita crecer y desarrollarse en un medio muy y crecientemente competitivo; y b) un manejo de la emocionalidad y las interacciones dentro de su mundo privado, y dentro de la imagen pública que tantas veces se construye sin su consentimiento y con completo y criminal abuso y violencia moral por parte de hinchadas, prensa y redes sociales.

Ambos aspectos requieren un arduo aprendizaje, pero las capacidades y habilidades para el entrenamiento competitivo (a) se aprenden con buenos consejeros, experiencia, persistencia, y un mínimo aprendizaje específico y paulatino del relacionamiento con los colegas futbolistas, los cuerpos técnicos y los dirigentes. En cambio el manejo, tantas veces sucesivo y tantas simultáneo (b) de los sueños infantiles, adolescentes y juveniles, de las frustraciones que normalmente siguen a los desaforados sueños instilados por modelos ejemplares excesivos y por entornos inclementes, son mucho más difíciles de aprender a manejar, porque normalmente no se tiene instrumental adecuado para hacerlo, y porque las presiones se acumulan, convirtiendo el éxito en una cruz tan difícil de sobrellevar que puede llevar a depresiones suicidas al límite.

 

Presiones privadas, propias y ajenas; presiones públicas

Un primer tipo de presión, esta privada y propia, es la esperanza íntima de éxito deportivo, bonanza económica y ascenso social. Aquí, el problema a manejar es el de conformarse con estándares satisfactorios de éxito, bonanza y ascenso aunque no se alcancen los fulgores de las estrellas mundiales y/o nacionales que fijan, insensiblemente, la dimensión de los logros como para que puedan ser considerados tales. Los jugadores, cuando soñadores incipientes, no deben ponerse como meta tener los autos, mansiones, ropa y viajes de lujo que se exhiben de los grandes billonarios del deporte mundial. Porque ese es el camino más seguro a la sensación de fracaso, de frustración y de depresión, agresiva o autolesiva. Debe informárseles que ni el 1%, uno de cada cien, futbolistas llega a primera división, muchos menos aún a la selección, a Europa o a los países donde se paga mejor. Sin embargo, debe decírseles que, aunque no lleguen a esas metas, cultivarán mucho mejor su físico, serán más deseables y populares, harán algo que les gusta más que lo que deberían hacer para sobrevivir sin el deporte como dedicación básica, harán amistades y conocidos de niveles socioeconómicos superiores al de su infancia, lo que les permitirá actividades no futbolísticas a las que no hubieran accedido sin esa inmersión en el mundo del deporte competitivo. Aun sin llegar a primera división en el Uruguay, solo jugando en otros países deportivamente menores, generarán ingresos que no hubieran generado aquí sin todo ese deporte acumulado. No llegar a primera, a la selección o a Europa no quiere decir que esa inversión de esfuerzo y tipo de vida no los remunere desde el ángulo de costo-beneficio vital agregado. Y también debe incitárselos a que desarrollen profesiones, oficios, hobbies, empresas, a partir de la bonanza deportivamente lograda, para que puedan derivar satisfacciones personales y fuentes de autoestima y prestigio que no los condenen a la actividad deportiva eterna o a vivir decrecientemente de hazañas pretéritas acodados en mesas alcoholizadas.

Porque la revolución de las expectativas crecientes (de la sociedad de consumo), la difusión de niveles de vida inaccesibles (del mundo del espectáculo) y la presión por el estatus económico, social y cultural (de la sociedad de la abundancia), generan, estructuralmente, sueños desmesurados y crecientes que, normalmente, no se hacen realidad, y que producen un depósito, también creciente, de frustraciones y de depresiones o agresividades consecuentes a las frustraciones. Desde 1894 y 1897 deberíamos saber, con Émile Durkheim, que el aumento de las expectativas (y de los modelos y estándares ejemplares) sin frenos morales conmensurables llevará a un aumento de las frustraciones; y que las frustraciones se resolverán, o bien autoacusándose por el fracaso relativo, con consecuencias en el equilibrio psíquico, a depresiones que pueden llegar al suicidio, o bien acusando a otros de cerrarles los caminos soñados, con consecuencias criminógenas. La sociedad contemporánea tiende a ser suicidógena y criminógena, en dosis variables, estructuralmente, si seguimos elevando casi utópicamente los estándares de satisfacción, si seguimos sin proveer los medios para perseguirlos ni moderamos moralmente la ambición (Aristóteles ya había dicho que la violencia tenía 3 raíces: la necesidad, la ambición y la pasión). Las estadísticas criminales y las de suicidios, durante todo el siglo XX y hasta hoy, les han dado espectacularmente la razón, mientras las sociedades siguen haciendo crecer la ambición, y sin acompañarla ni con más medios para satisfacerla ni con mejores frenos morales para resistirla; y solo se les ocurre aumentar la dureza legislativa, policial y judicial para contener esos procesos tan profundos, pobres imbéciles ubicuos.

Pero estas presiones privadas se refuerzan cuando pensamos que las expectativas desmedidas no solo son sufridas por los sujetos en su fuero íntimo. Los entornos familiares y de amigos también depositan excesivas esperanzas en la fama y bonanza de los deportistas de élite, y alimentan sus depresiones por frustración, y por estrés ansioso. Un deportista en crisis de soledad y profesional multiplica las probabilidades de desarrollar una autopunición culpable frente a frustraciones depresivas y de ansiedad. Recordemos que, para Durkheim también, las crisis en sí mismas no eran la causalidad fundamental para la suicidogenia: lo era la falta colectiva de sustento y contención en las crisis. La soledad por la pandemia y la pérdida de los grupos de contención para la crisis económica y afectiva, en una estructura que ya era de depresión psiquiátrica, fueron las gotas que desbordaron el vaso.

Nos parece que la relación de esta causalidad estructural, suicidógena o criminógena, calza como anillo al dedo al caso de la soledad deprimida que el Morro García ya sufría cuando la pandemia y su desvinculación forzada del club que lo contaba como héroe lo golpearon con saña.

 

Las presiones públicas: prensa, redes sociales

Pero para completar una explicación de la suicidogenia estructural que el Morro puede haber sufrido debemos agregar, a las soledades y fracasos relativos agudizados por la pandemia y la pérdida de la contención de sus colegas de club, a esas presiones privadas, las presiones públicas derivadas de la dificultad de cumplir con los compromisos conyugales y parentales (por pandemia y avatares económico-deportivos), y de toda la martirizante presión de una prensa deportiva que es letal en su depredación de la intimidad y el prestigio personal y deportivo, y que se potencia por la brutalidad, frivolidad e impunidad con que las redes sociales amplifican y refractan la violencia periodística de la intimidad y de la imagen deportiva de los deportistas.

La prensa se alimenta, más que nada, de carroña, de rumores más o menos confirmados pero que nutran los ratings, altares en los que cualquier sacrificio, aun el más cruento, es aceptable. Una falsa noticia, una exageración, un chisme conyugal o de la farándula, un comentario desmedido sobre una actuación deportiva, o sobre la relación con el club o con algunos en él. Nada de esto puede ser minimizado o combatido por los deportistas con sus medios de publicidad. Y todo tiene un efecto multiplicativo desde que las redes sociales colonizaron el cotidiano.

Las presiones afectivas y económicas de familias y conocidos, la vulneración de la intimidad y la culpabilización deportiva desde el letal binomio prensa-redes, todo eso es inmanejable para pibes de barrio que a gatas pueden cumplir con su rutina de entrenamientos, partidos, declaraciones públicas mínimas rutinarias, y todos los compromisos económicos, familiares, de amigos, que el cotidiano le impone a todo ser humano. Necesitarían departamentos de Relaciones Públicas multidisciplinarios para poder dar cuenta de todos los inventos, exageraciones y juicios deportivos rotundos con los que los deportistas de éxito son ametrallados desde pelotones de ejecución diversos pero convergentes; por periodistas que se abusan de los deportistas para tener temas de rating, aunque ello implique invenciones, exageraciones, intromisiones y violencias de privacidades e intimidades. Que serán amplificadas y simplificadas, de modo irresponsablemente cruel e inimputable, por quienes usan los medios de comunicación para expresar sus complejos, resentimientos, odios, prejuicios, bajos intereses, fundamentalismos partidarios, aproximaciones tóxicas de anónimos a conocidos, de neófitos a especialistas, cumplimiento de “mandados” de claques y de cliques, en claro cumplimiento del cambalache discepoliano. Las redes sociales son ese infierno contemporáneo que no está reglamentado ni es punible, menos aún que la prensa. Nadie notorio puede escapar a sus garras, aunque aspire intensamente a sus ‘likes’. Los deportistas, y más los de mediana élite, tentados por la criminogenia o la suicidogenia, para responder a un fracaso estructural cada vez más probable, en pandemia y crisis, serán más probablemente suicidas que criminales, dado su lugar en las estructuras económicas y sociales, mientras otros serán más bien criminales.

Hay que desarrollar todo un sistema de protección de imágenes y prestigios, formación alternativa y grupos de interacción de pares, que combata esa suicidogenia estructural y todo ese juego tóxico y perverso de presiones externas, de allegados, prensa y redes sociales. Es una gran tarea para los clubes y las asociaciones de deportistas, en especial para las de profesionales y de alta competencia. Porque, también nos dijo Durkheim, las crisis que les dan su piso a los suicidios no son solo las caídas abruptas o prolongadas, las decadencias o catástrofes, también los ascensos abruptos producen ‘anomia’ crítica, base para suicidogenias. Y los deportistas viven frecuentemente esas crisis de ascenso, cuando van a la capital, cuando hacen contratos que les permiten cambiar de vida, cuando emigran, pero con más claridad cuando se retiran, cuando calibran la decadencia, cuando se vuelven personajes públicos, o cuando comienzan o dejan de serlo. Manos a la obra, reduzcamos los Morros, que los hay en varios países, y más los habrá con esta pandemia en que las medidas tomadas matarán mucho más que los que salvarán.

 

1 comentario en «Más lecciones del Morro García»

  1. No me voy a extender. Dejemos que el Morro descanse en paz y encuentre la paz que aquí no encontró. Todo lo apuntado es así.
    Sin embargo, debo recordar que El Morro fue Campeón Uruguayo, estando dentro de la cancha, sin tocar la pelota.
    Hay quienes le piden justicia al fútbol y a esos les digo; no hay justicia en la vida y se la piden al fútbol ?

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