Mirando y aprendiendo

Por Eduardo Platero.

Cuando escribo estas líneas, se embarca nuestra selección; llegará de madrugada, hora poco propicia, pero estoy seguro de que será bien recibida. Se lo merecen. Creo que no hay uruguayo que no se sienta orgulloso del papel de la misma. No dio. Los choques sucesivos con Portugal y Francia pasaron factura y caímos. Pero con vergüenza, con esfuerzo y con buen fútbol; al punto que me parece injusto el rosario de especulaciones que vengo sintiendo. “Que con Cavani hubiese sido otra cosa”· “Que se descuidó Muslera”. “Que Griezmann se trabajó un macanudo y lo descuidamos”. Y comentarios por el estilo. No nos merecemos eso. No se lo merece la selección, el maestro, ninguno de los jugadores y tampoco nosotros. Fuimos llenos de ilusión, vivimos intensamente los partidos y nos tocó volver. ¡Con la frente bien alta! Ahora, luego de este período de enajenación, volvamos a lo nuestro. Al sensacionalismo le queda el chismorreo, el sobado tema de la seguridad… ¡y los niños de Tailandia! Que ojalá sean rescatados sanos y salvos. Bueno, ¿y qué es lo nuestro? Suben el dólar y el petróleo, lo que pone un signo de interrogación respecto del futuro de los precios. Por ahora contamos con reservas para un tiempo. Ninguno de los agoreros las tuvo en cuenta a la hora de destacar el empeoramiento de las cuentas públicas. De cualquier manera, tomándolos en cuenta, este ha sido un año malo y el presupuesto se corresponde. Truco pobre; quienes reclaman tendrán que pelear en el Legislativo sobre la base de lo que fue en el mensaje. Quien mordisquee algo más será a costo de otro. Y vienen los Consejos de Salarios. Con el gobierno tembloroso, las patronales refugiadas en la negativa y los trabajadores peleando. Será cuestión de ver si en lugar de hacer gárgaras, alguna patronal decide de una vez por todas poner todos sus números sobre la mesa y trabajar de buena fe. Lo dudo, aquí todo el mundo hace las del tero: deja los huevos ocultos y se pone a escandalizar bien lejos. Yo espero que todos miremos hacia la vecina orilla. Mauricio Macri acaba de decretar espectacularmente la “congelación de sueldos de toda su administración”. En realidad, el decreto, tomado como parte del compromiso con el FMI, alcanza a algo así como 7.000 funcionarios. Los demás no son, estrictamente, dependientes del presidente. Pero, por supuesto, vendrá la catarata de “sacrificios patrióticos” a costa de los de abajo. Yo, que soy multimillonario, que tengo el grueso de mi capital fuera del país y que, de paso, gano un sueldón, ¡me lo congelo! Y congelo el de millares que ya están haciendo piruetas para llegar a fin de mes. Este cuento ya lo viví un montón de veces. El primero que recuerdo, luego de firmar con el FMI, fue el de la “austeridad”, que proclamaba Giannattasio desde la Presidencia del Consejo Nacional de Gobierno. Cuando nos visitó De Gaulle -creo que en 1963- llovió todos los días; el general, impertérrito, en tanto, Giannattasio a su lado parecía un pollito mojado. Mojado a tal punto que me parece que terminó enfermo y muriendo. Pero no murió la austeridad. Dale que dale con el cuento del sacrificio patriótico que terminó en el escándalo de las devaluaciones y los bancos fundidos. Palos, medidas de seguridad, hambre y lucha. Todo terminó en que el sacrificio patriótico les había llenado los bolsillos a los especuladores. Había hecho más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Como no hay dos recetas para la derecha (y como no debería haber más que una para la izquierda), repetimos el plato en el gobierno siguiente. Gestido intentó una política más progresista. Su ministro de Hacienda, el Dr. Vasconcellos, trató tocar la fibra patriótica de los ricos y convocar al regreso de los capitales que habían huido, abriendo la “Cuenta 18 de Julio”, a ejemplo de otra similar que había abierto De Gaulle en Francia, y en ambos casos el resultado fue nulo. Los ricos son patriotas cuando se trata de salvar a la patria con el sacrificio ajeno y se atacan de sordera cuando se trata de sacrificar sus dineros. Acorralado, el general Gestido se abrazó al fondo y a los rosqueros y decretó la congelación de precios y salarios, cuando los precios ya habían subido y los salarios se debían fijar en el presupuesto y en los Consejos de Salarios. Pobre, creo que le costó la vida, vivió menos de seis meses. Con medidas de seguridad y un Consejo de Ministros compuesto por rosqueros. Yo le tengo lástima porque lo conocí y era buena persona. Pero él empezó y el juicio de la historia debe señalarlo. De grado o por fuerza se abrazó al Fondo y a la rosca y dio comienzo al período más convulso del siglo pasado. Lo sucedió Pacheco con su patota y la Constitución se fue convirtiendo en un “librito”, como dijo el Goyo Álvarez, tanteándose un bolsillo como si allí la hubiese guardado. Tuvimos 13 años de dictadura durante los cuales los salarios reales disminuyeron a la mitad. Se aprobó la Ley Soneira, que puso fin a la congelación de alquileres, dando inicio a la ola de cantegriles que pobló Montevideo con expulsos de la propia ciudad. Los militares no hablaban de austeridad porque se aumentaron los sueldos escandalosamente y aumentaron sus efectivos como si de veras estuviésemos a punto de entrar en una guerra de verdad, no el mentiroso estado de guerra interna que les permitió escalar hacia el Poder. Hablaban de orden, de patriotismo, de la bandera, de orientalidad y de esas entelequias dentro de las cuales pretendieron encerrar al pueblo. Con el “Cambio en paz” no mejoraron las cosas para los de abajo. Ajustábamos cada cuatro meses y la inflación nos comía todos los días. Siguió el Dr. Lacalle y su sueño de “patria financiera”, y a este de nuevo Sanguinetti y luego el Dr. Jorge Batlle, que comenzó mandando a remate todos los autos cero km que había comprado el gobierno. Medida tan espectacular como fracasada. Tengo un conocido que se compró un Twingo por 4.000 dólares en esos remates. Todo terminó en desastre y siempre la misma explicación: “Fracasamos porque no fuimos a fondo”. “Porque no fuimos consecuentes y terminamos aflojando con la austeridad”. Bueno, compañeros, qué nos ofrece y qué le reclama al gobierno la oposición. Rebaja del gasto público, eso sí, sin tocar a las Fuerzas Armadas que son un recurso con el que cuentan para imponernos la medicina. ¡Y sin poner impuestos a los “productores”! Ganen lo que ganen, los productores se consideran intocables. Cuando yo gano, es mi esfuerzo; cuando las cosas no andan bien, ¡que el gobierno me auxilie! No está mal ayudar al que anda mal y tampoco estaría mal que, cuando el año es bueno, dejen algo. ¿No les parece? Bastante los ha sostenido el Banco República. Supresión del Déficit Fiscal, poniendo un techo a los gastos del Estado. Reducción de la Inflación sin decir que la piensan conseguir congelando salarios. Todo lo demás es ruido. Que bajar la inseguridad… con fórmulas mágicas y severidad en las penas. Que abrirnos al comercio mundial sin reconocer que nunca comerciamos con tantos países como ahora. Y pasando por alto que todo tratado de libre comercio tiene precio y que la rebaja de aranceles que consigamos será a costa de abrirnos a las grandes multinacionales. ¡Papel pintado! Aquí, o pagan los ricos o pagamos los pobres. Y el Frente, por cálculo, por temor, por falta de rumbo o por falta de ideas, no se anima a plantearlo en esos términos. ¡Hay de donde sacar! El problema no es que nuestra producción no alcance para mantener a un gobierno popular; el problema está en si el gobierno se anima a ser de veras popular o tiene miedo. Vamos a entrar en período de definiciones y aquel que, por cálculo, o por temor, o por cortedad de ideas, quiera seguir haciendo la plancha nos está condenando a volver al círculo maligno de gobiernos “austeros” y obedientes al fondo. ¿Faltan ideas? ¿Falta coraje? No me vengan con calculitos mezquinos; o llamamos al pueblo a defender sus derechos o lo estaremos engañando. No se puede ser simultáneamente sirviente de dos amos. Me convoco y convoco a todos los frenteamplistas a dejarnos de chiquitas y calculitos especulatorios. No me importa tanto quién será nuestro candidato, en cambio, sí me importa y mucho qué es lo que le vamos a decir a la gente. Sobre la base de decir lo que siento y hacer lo que digo.  

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