Mujeres rurales

Autonomía económica, acceso a la salud y soberanía alimentaria son las principales luchas de las mujeres rurales organizadas.

Foto: MGAP

«Mujeres rurales» no es una categoría única, separada de «mujeres urbanas». Las desigualdades de género afectan a todas las mujeres, pero el ámbito rural presenta características específicas que, de acuerdo a datos de la OPP, suponen una interseccionalidad de desigualdades: socioeconómicas, de ubicación geográfica y de género.

Las estadísticas oficiales sobre mujeres rurales pueden referir a:

  • Mujeres que viven en áreas rurales. Esta definición se realiza por exclusión. De acuerdo con la ley 10.723 los gobiernos municipales se encargan de determinar cuáles son los centros poblados de cada departamento y, en consecuencia, el resto es rural. Esta categorización es la que utiliza el Instituto Nacional de Estadística. La tasa de feminización en territorios rurales es de 78.
  • Explotaciones agropecuarias. De acuerdo con el censo agropecuario del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca se llama mujer rural a la que reside en explotaciones agropecuarias al menos 6 meses al año. La tasa de feminización es de 58. Viene descendiendo debido a la baja en los emprendimientos familiares.

La menor presencia de mujeres se debe, según la ingeniera agrónoma Marta Chiappe a que el sistema de producción predominante es la ganadería extensiva, que demanda hombres como mano de obra y expulsa a las mujeres. No hay estadísticas que abarquen la complejidad de la ruralidad; una está anclada en el territorio y la otra en el tipo de actividad, reduciendo lo rural a lo agrario.

La brecha de género en el ámbito agrario se refleja en 41,1% de las mujeres trabajadoras permanentes realizando tareas domésticas, que en las estadísticas se categorizan como «otras», y de cocina. El 35% de las trabajadoras permanentes, a su vez, no reciben remuneración por su trabajo. Es una situación de precarización, informalidad y falta de seguridad social.

Hay pocas peonas, capataces, tractoristas, operarias de maquinaria y administradoras. Las mujeres pueden trabajar como asalariadas, productoras agrícolas, miembros (remunerados o no) de explotaciones familiares o en trabajos rurales no agrícolas. Generalmente combinan inserciones laborales debido a las características de informalidad que presentan sus trabajos.

La carga de trabajo no remunerado de las mujeres rurales es muy grande y se suma a actividades de trabajo productivo que no se consideran como tal, sino como una «ayuda» al marido o a los hijos. Eso se traduce en una doble invisibilización, sobre todo en las producciones familiares.

La brecha de género también se ve en el acceso a la tierra. Solo el 25% de las explotaciones son encabezadas por mujeres; son las unidades productivas más pequeñas, de menor territorio y con menor potencial agrícola. La forma más común en que las mujeres acceden a las tierras es la herencia. En el Instituto Nacional de Colonización también se ve una gran brecha: solo el 11,2% de las personas adjudicatarias son mujeres.

El acceso a recursos productivos como crédito, asistencia técnica y capacitación también está restringido para las mujeres. Eso tiene como consecuencia varias de las desigualdades antes mencionadas, como el poco acceso a la tierra o la autonomía económica.

La Red de grupos de mujeres rurales de Uruguay funciona desde 1991 y la Asociación de Mujeres Rurales de Uruguay desde 1994. Ambas se crearon para combatir el aislamiento en que suelen estar las mujeres rurales, compartir sus experiencias y mejorar su situación. Los principales reclamos actualmente son la autonomía económica, la soberanía alimentaria, el acceso a la salud, la capacitación y el combate a las distintas formas de violencia de género.

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