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Ni una gallina menos

Por Enrique Ortega Salinas.

Ya sé. Parece que con este título me estuviera burlando de la lucha para combatir la ola de homicidios contra las mujeres, presentando este objetivo tras el episodio protagonizado por el gerente del Club Atlético Fénix. Sin embargo, el planteo es mucho más profundo y serio de lo que aparenta. El tema es la violencia cotidiana y naturalizada y los mensajes que se emiten desde áreas como la política, las redes sociales, el deporte y el arte. El fútbol es uno de los ámbitos en los que, semana tras semana, se genera y fomenta más violencia. Entre los hechos más recientes, se destaca el protagonizado por Ivan Savvidis, presidente de Paok, de Salónica, que, enardecido por la anulación de un gol, entró a la cancha portando una pistola en la cintura. Luego escribió una carta pidiendo disculpas públicamente, pero justificando su conducta irracional: “Mi reacción emocional se debe a la situación negativa generalizada que reina en el fútbol griego últimamente y a todos los acontecimientos inadmisibles que tuvieron lugar poco antes del final del partido entre Paok y Aek”. Lo que pudiera haber sido una actitud digna y valiente (pedir perdón con sinceridad) quedó pulverizado con la justificación. Espero que la Justicia le conceda unas gratas y merecidas vacaciones en una celda griega para que reflexione. Pocos días después, en Uruguay, el espectáculo bochornoso lo dieron en el Parque Capurro, cuando hinchas de Fénix largaron a la cancha dos gallinas pintadas de blanco y verde, los colores de Racing. Tan imbécil fue esta provocación como la reacción del gerente del equipo de Capurro, Gastón Alegari, que pateó a una de las aves con una furia inusitada y bestial. Aplausos para Mauricio Castillo, que captó el momento exacto en una fotografía que rápidamente se viralizó en las redes provocando la indignación colectiva, a tal punto que Alegari tuvo que cerrar su cuenta de Facebook dada la avalancha de mensajes de repudio que recibió. La organización Animales Sin Hogar condenó el comunicado del club, en el que, tras una tibia crítica al desbordado, la emprendió contra las redes sociales. Como en el caso de Paok, fue peor la enmienda que el soneto. Cuando se piden disculpas sin tener un genuino arrepentimiento, la gente se indigna más. La actitud del presidente del club, Álvaro Chijane, fue tan patética como la de su defendido: “Hay mucho hipócrita. Muchos se alarman por lo que hizo Alegari, pero al otro día los ves en la feria comprando pollo y carne, y comiéndoselos”. Los que practican el maltrato contra los animales (caso de los cobardes toreros) suelen justificar sus actos recurriendo al argumento de que quienes los critican los comen. En su bajo nivel es difícil comprender la diferencia que hay en la naturaleza entre matar para alimentarse y matar por placer. Afortunadamente, cada vez que un subnormal (caso del anterior rey de España) posa para una foto al lado de un animal que acaba de matar, miles de voces se alzan para condenar su sanguinaria estupidez. Que la Intendencia de Montevideo haya prohibido el uso de caballos para tirar de los carros de los seleccionadores de basura también es una señal de que no todos somos insensibles; y es que, como dijo Mahatma Gandhi, “la evolución de una sociedad se mide por la manera en que trata a sus animales”. Dudo mucho que alguien que es violento con los animales no lo sea también con seres humanos físicamente inferiores. Pese a los años transcurridos, muchos recordamos el video en que unos adolescentes apalearon hasta la muerte a “Negrita”, una perrita que habían colocado en una bolsa colgada de un árbol. Mientras le pegaba, Kevin gritaba enfervorizado: “¡Soy el mejor! ¡Soy el mejor!”. La escena fue filmada por Magalí, de 15 años, y publicada con orgullo en las redes. Semejante grado de perversión desnuda un problema gravísimo de nuestra sociedad: muchísimos padres han ido abandonando paulatinamente la inculcación de valores en sus hijos. El pene no tiene la culpa El tema con el gerente de Fénix va más allá de una patada a una gallina. El problema son las señales que se dan desde espectáculos públicos. Luego nos quejamos de la violencia en la sociedad; pero esto es lo que ven nuestros hijos a diario, desde chiquitos, como algo normal. Para colmo de males, vamos dejando que se popularicen las mal llamadas artes marciales mixtas, o sea, las peleas en jaula en las que se le sigue pegando al adversario aunque esté en el suelo e inconsciente. Sin embargo, estas patologías no son exclusivas de los varones. La violencia brota por todas partes y de diferentes maneras. Violencia también es decir que sólo los hombres practican la violencia doméstica. Basta con darse una recorrida por las redes sociales para ver la virulencia con que se expresan miles de personas de ambos sexos. Campean la intolerancia, las malas interpretaciones y la histeria. Mientras escribo esto, me llega la noticia de que en España fue detenida la dominicana Ana Julia Quezada cuando llevaba en la valija de su coche el cadáver del niño Gabriel Cruz, su hijastro. La mujer confesó que tras discutir con el niño, lo golpeó con el mango de un hacha y luego lo asfixió. A principios de marzo, un joven acusado de robar en fincas de la Costa de Oro recibió una feroz golpiza por parte de dos hombres, mientras otro filmaba con su celular. Los agresores, que probablemente también sean delincuentes, lo castigaron por romper el código de robar en el propio barrio; le dieron puntapiés en el abdomen y en la espalda y lo golpearon con un caño. Tras la viralización del video, la fiscalía de Atlántida ordenó la detención de los implicados. Al margen de que este chorro barato se la hubiera buscado, lo alarmante es leer los comentarios al pie de la noticia en la página de Subrayado. A la inmensa mayoría de quienes allí opinan les hubiera gustado participar del linchamiento y sólo lamentan el haber publicado el video, justificando así la violencia y la justicia por mano propia. Según la empresa Opción Consultores, 43% de los uruguayos apoyaría la pena de muerte para delitos extremadamente graves, 45% discrepa y 12% no tiene opinión formada. Esta opinión del 43% desnuda el carácter violento de los encuestados; pero quien emite su opinión no lo percibe así porque considera legitimada su postura por el accionar delictivo. Entre eso y la salvaje justicia indígena (pública, sumaria y violatoria de derechos humanos elementales) tolerada en países como Bolivia, Ecuador y Colombia, hay un paso muy corto. Violencia también es la concepción del arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, sobre la mujer; pero también lo es criticar a un medio por hacerle una entrevista al mismo y pretender silenciar a quien piense distinto, aun cuando sus opiniones nos revuelvan las tripas. Violencia fue también tirar bombas de pintura contra la iglesia del Cordón. Fue paradójico ver a algunas feministas quejarse de la violencia que implicaban algunos carteles el 8 de marzo. Uno de ellos decía “Femeninas sí, feministas no”. Otro condenaba el aborto. En el error o en el acierto, estas personas tienen todo el derecho de expresarse. Ahora, las mismas feministas que consideraron violentas estas formas, al ser consultadas sobre el hecho vandálico contra la parroquia, manifestaron que si bien no era lo decidido por el colectivo, era una manera de expresión que respetaban y no les parecía mal. Parece que a algunas compañeras les vendría bien un curso sobre los alcances de la democracia, así como recordar una frase erróneamente atribuida a Voltaire: “Estoy totalmente en contra de sus ideas, pero daría la vida para que pueda expresarlas con libertad”. La intolerancia no ayuda a los que buscamos la equidad entre los géneros ni a la izquierda en su lucha contra la derecha reaccionaria. Violento fue también el video de la diputada nacionalista María Luisa Conde criticando a las feministas y tildándolas de “mamarrachos”, entre otros epítetos. No hay peor cuña que la del propio palo. ¿Cuál es la solución? Lo primero es reconocer que tenemos un problema. Este sólo se soluciona por medio de una verdadera revolución cultural, tema sobre el cual llevo siglos clamando en el desierto. Hablo de educar a nuestros hijos con parámetros adversos al sistema patriarcal. Inculcar que si tu pareja es histérica y te saca de las casillas y no ves cómo solucionarlo, te vas y listo… pero que a una mujer no se la toca ni con el pétalo de una rosa. Enseñar a nuestras hijas a hacerse respetar y no salir con violentos. Permítanme aquí plantear algo duro, aunque sin ánimo de aumentar el dolor de una familia: ¿la chica asesinada hace pocos días sabía que su homicida había incendiado la casa de su expareja? Hablo de implementar programas de control de la ira -los que funcionan desde hace décadas en varios países-; de modificar los programas educativos e incorporar programas para el control y desarrollo de la inteligencia emocional, lo que, entre otras cosas, implica aprender a dialogar sin discutir y controlar las pasiones para evitar que las pasiones nos controlen a nosotros. Ya que a los directivos del fútbol no les interesa la evolución de la inteligencia y sólo están atentos a resultados deportivos, se los planteo en un lenguaje que puedan aceptar: ¿cuántos partidos han perdido por causa de tarjetas rojas generadas, no por faltas producto del vértigo del juego, sino por desbordes emocionales, insultos al árbitro, golpes a los adversarios, etcétera? ¿De qué sirve tener un excelente jugador si es un simio descerebrado que se calienta por cualquier cosa y todo lo quiere resolver a lo bestia? Ni hablar de los barrabravas, tantas veces pagados, contratados, protegidos y encubiertos por directivos. Su función gangsteril: presionar y amenazar a jueces y jugadores. Lo bueno del fútbol es que cuando hay partido, las rapiñas descienden fuera del estadio. Es un deporte fascinante, pero lo han convertido en una cloaca en la que proliferan los energúmenos mononeuronales. Chilavert escupía a los periodistas; Jara tiene la manía de tocar las zonas íntimas de los hombres. Una sociedad que tenga como ídolos a tales enfermos está frenando su evolución. Le pagamos a Moria Casán para que desfile en nuestro carnaval y con eso reverenciamos, idolatramos la industria de la ordinariez que con tanto éxito ha creado Argentina. En Punta del Este, las mismas familias pacatas que se horrorizan de la violencia, le dieron las llaves de la ciudad a Jorge Rial, que lucra con la violencia verbal. Falta que hagan lo mismo con Baby Etchecopar o el mercenario Jorge Lanata. Si queremos abrir las puertas de Uruguay y homenajear a extranjeros, comencemos por Alejandro Dolina y Luis Landriscina, que no necesitaron jamás de la ordinariez para ofrendar su arte. Ambos, junto a Quino y Facundo Cabral, conforman ese pequeño grupo de filósofos que, disfrazados de artistas, dignifican a Argentina. No imagino a ninguno de ellos pateando a un bicho. Ni siquiera a una gallina.  

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