No eran casos aislados. Eran millares. No se trataba de unos pocos sacerdotes violando niños, robándoles la alegría y la infancia. No se trataba de uno o dos obispos encubriendo a los pedófilos. Actuaban en forma colectiva. Cuando el papa Francisco comenzó a enfrentar a estos degenerados, no imaginó que su lucha sería contra un ejército con líderes enquistados en los estamentos más altos de la Iglesia Católica, actuando al mejor estilo de la Cosa nostra. Tras dar la orden a los obispos italianos de pasar a la justicia penal ordinaria a los acusados, estos respondieron que de acuerdo al concordato entre el Vaticano e Italia no estaban obligados a hacerlo. Los psicópatas sexuales cerraron filas y sólo les faltó decir: “Somos legión”. En Chile, unos 150 sacerdotes están siendo investigados penalmente por abusos sexuales; pero ahora Francisco ha tenido que salir a dar la cara al estallar en Estados Unidos un escándalo mayor, tras conocerse un informe en el estado de Pensilvania, en el cual se revela que 300 sacerdotes violaron a más de 1.000 niños y adolescentes. Un número tan alto de abusadores obliga a pensar en una retorcida y peligrosa patología; pero también es dable analizar qué pasa y qué no pasa por la cabeza y el corazón de miles y miles de fieles católicos apostólicos romanos que marchan en diferentes países (el más reciente fue Argentina) vociferando contra el aborto y guardando el más asqueroso silencio ante los hechos de estos criminales. No veo marchas de católicos para repudiar estos vejámenes y exigir cárcel para los violadores. En cuanto al desprecio por las mujeres, es indiscutible. Basta con ver que a las monjas las tratan como sirvientas, les impiden oficiar misas, tomar confesión y llegar a las altas jerarquías. Mujeres, ¿qué hacen en una institución que las trata de tal manera siguiendo el ejemplo del misógino Pablo e ignorando el ejemplo de Jesús? El cristianismo no está en ninguna iglesia, sino en el corazón de millones de personas que intentan vivir como predicó el revolucionario (mitológico o real) más amado de la historia universal. En una carta de tres páginas dirigida a los católicos, Francisco confiesa con desgarro y cruda sinceridad: “No mostramos ningún cuidado por los más pequeños; los abandonamos”. “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos, reconociendo la magnitud y gravedad del daño que se estaba causando con tantas víctimas”. Con valentía, uno de los pocos papas cristianos que ha tenido la Iglesia Católica, agregó que “el dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado”. En forma explícita condenó a los jerarcas cómplices y encubridores. Por su parte, en otra carta abierta, el cardenal Sean O’Malley, arzobispo de Boston, expresó: “El tiempo se acaba para todos nosotros, líderes de la Iglesia. Tanto los católicos como la sociedad civil han perdido la confianza en los obispos de la Iglesia de Estados Unidos”. O’Malley sustituyó al cardenal Bernard Law, el cual buscó refugio en el Vaticano cuando se supo que encubrió y protegió a varios curas abusadores. El traslado le permitió evadir la cárcel que le esperaba en Estados Unidos. O’Malley, nombrado por el papa como presidente de la Pontificia Comisión de Defensa de los Menores, con digna indignación, le declaró la guerra no sólo a los curas degenerados, sino también a los obispos que los encubrían. Justo es decir que no todos son iguales; pero pese a todo, ni Francisco ni O’Malley han logrado poner entre rejas a los obispos encubridores, tal el poder de estos en la institución. El papa está limitado por dicasterios como la Doctrina de la Fe y la Congregación para los Obispos, bastiones del machismo y la degeneración. Francisco exige que se juzgue no sólo a los violadores, sino también a los jerarcas encubridores; pero ha descubierto con horror que el poder interno de los criminales es superior a lo que imaginaba. También en Irlanda las investigaciones han demostrado que muchos sacerdotes abusaron de niños durante décadas, lo que ha llevado a millones de católicos a abandonar la Iglesia en el país que fuera considerado el más católico del planeta. A los casos de niños y adolescentes se sumaron incontables historias de muchachas pobres y madres solteras internadas en escuelas religiosas donde fueron tratadas de manera cruel. Quizá como consecuencia del desprestigio de la Iglesia, los irlandeses hicieron oídos sordos a esta y votaron a favor de la despenalización del aborto. El informe de 1.400 páginas de Pensilvania, dado a conocer a mediados de agosto, es demoledor. Los 300 curas no sólo violaron a un millar de niños, sino que los ataron, los torturaron usando rituales religiosos y símbolos católicos y los fotografiaron desnudos. Uno de los menores fue atado con una soga por un cura y, al negarse a tener relaciones sexuales, aquel le introdujo un crucifijo de 18 centímetros en el ano. Otro tuvo más suerte, ya que el sacerdote usó la cruz sólo para golpearlo cuando se negó a someterse sexualmente. El informe también relata cómo un chico fue desnudado en la rectoría de una parroquia para posar como Jesús en la cruz mientras los curas le tomaban fotografías. Los sacerdotes compartían a los niños entre ellos e intercambiaban material pornográfico. Como era de imaginar, luego de abusar de ellos los amenazaban con arder en el infierno si contaban algo. A los sumisos los llevaban de viaje y les obsequiaban crucifijos de oro. De acuerdo al informe, las valiosas cruces no eran sólo un pago, sino insignias o señales para que otros colegas supieran que eran pasibles de ser abusados. Al obligar a un niño a acariciarle el pene, uno de los curas le aseguraba que eso estaba bien porque él era un instrumento de Dios. Otro cura embarazó e hizo abortar a una joven. Otro violó a cinco hermanas de una familia y, entre ellas, a una niña de 18 meses. Se desconoce el número real de víctimas, pero sí se sabe que la mayoría no se ha atrevido a contar lo que padecieron y muchos cayeron en adicciones como la droga y el alcohol o terminaron suicidándose. La impunidad campea. Cuando la justicia acorrala a un sacerdote, sus superiores lo trasladan alegando licencia médica. En varios casos los traslados fueron a lugares donde el degenerado pudiera continuar manteniendo contacto con niños. Uno de ellos fue enviado a Disney con recomendaciones de la cúpula católica luego de haber violado a un niño de 13 años. Dos fueron ascendidos a cardenales. Otro informe, presentado por el abogado italiano Francesco Mangiacapra a la diócesis de Nápoles, denunció prácticas homosexuales y de prostitución masculina por parte de medio centenar de sacerdotes, incluido el obispo. El denunciante fue un gigoló que se dedicó a recopilar pruebas de las prácticas de estos santos varones, las cuales plasmó en 1.200 páginas y un cd con imágenes, registros de tarjetas de crédito, mails y capturas de mensajes de celulares. Las aplicaciones como Grinde y Romeo, utilizadas para contratar gays, fueron una prueba demoledora contra varios jerarcas de la Iglesia. El encubrimiento se explica porque cada uno de estos delincuentes conoce secretos inconfesables del otro y “si yo caigo, tú caes”. Es triste escribir sobre esto cuando hay curas vocacionales como un par de amigos que tengo en Colombia y Ecuador, los cuales no merecen estar en medio de semejante vergüenza por lo que hacen algunos colegas trastornados. De todas maneras, es bueno que todo esto salga a luz. Francisco y O’Malley se enfrentan a una legión y necesitan de todo el apoyo que puedan darles los católicos bienintencionados e, incluso, los ateos y agnósticos como quien escribe. Que la Iglesia esté podrida hasta los cimientos no es una buena noticia para nadie.
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