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Por la memoria y algo más

Por Marcia Collazo.

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Es un hecho. La mayor parte de la gente ha muerto joven en este mundo. El promedio de vida durante el Renacimiento rondaba los 25 años, y eso sin hablar de la Prehistoria y de la Antigüedad. No pretendo entristecer el ánimo de los lectores ni ejercer algún tipo de flagelación moral, pero tampoco me parece legítimo negarlo, en especial en este artículo, que tratará sobre efemérides, escritores, vida y muerte. Muchos de quienes murieron jóvenes sucumbieron no por enfermedad, sino ante un flagelo tenaz y recurrente: el de la guerra. El asunto no ha cambiado demasiado en nuestros días. Por eso, aunque más no sea, vale la pena reflexionar sobre el punto. Hace más o menos un siglo, el 8 de agosto de 1918 comenzaba la batalla de Amiens, que inició la ofensiva aliada de los Cien Días y condujo, en definitiva, al fin de la Primera Guerra Mundial. Tratándose de guerras y otras catástrofes circundantes producidas por la malevolencia humana, bien podríamos rememorar hechos largamente perdidos en el tiempo que han dejado, sin embargo, su huella subterránea entre nosotros. En el 218 a.C., o sea hace más de 2.000 años, ocurría la segunda guerra púnica entre Roma y Cartago; cualquiera podría decir, en este siglo XXI en que la inmediatez más inmediata es la norma y el modelo a seguir, que no tiene el menor sentido recordar una guerra tan pero tan antigua, y sin embargo, si Aníbal Barca, el cartaginés, hubiera tomado Roma en aquella oportunidad, la historia se habría escrito de muy diferente modo y hoy no seríamos quienes somos, ni hablaríamos español ni tendríamos las costumbres latinas que tenemos. Como decía el romano Marco Tulio Cicerón, “la historia es testigo de los tiempos y es vida de la memoria”. Lo único que tenemos para dejar testimonio del devenir humano a través del tiempo y del espacio es la historia. Lo demás es cuento, en el mejor sentido de la palabra, o es teatro, o es novela; pero en la interminable novela de la vida, no sólo en la de papel y tinta, sino en la de sentimiento, peripecia, causalidad y sufrimiento, hasta la propia historia está tan imbuida de ficción, de interpretación y de tergiversaciones, que nunca se sabe muy bien dónde terminan los capítulos surgidos de la imaginación y dónde comienzan las certezas. Borges, junto a Chuang Tzu, el filósofo chino, nos diría que todo se reduce al misterio de la realidad que es sueño, o al sueño del que brota la realidad. Por eso, “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”. Pero a pesar de los pesares, la historia sigue siendo nuestra gran maestra de vida, ya que de ella vienen todos los ejemplos y todas las enseñanzas, aunque el enfoque y las consabidas moralejas dependen, en última instancia, de la voluntad y la conciencia de cada generación. Este año 2018 se cumplen o se cumplirán varias efemérides relativas al transcurrir de un siglo; el fin de la Primera Guerra Mundial (acaecido el 11 de noviembre mediante el armisticio de Compiégne) es uno de los más trascendentes. Pero hay otras muchas. En 1918 se creó el Ejército Rojo en Rusia, y pocos meses después ese mismo ejército perpetró el asesinato del zar y toda su familia. Hasta aquí he rememorado sólo ciertos acontecimientos terribles, de los que está teñido el camino entero de la humanidad. Quisiera referirme ahora a la otra cara del fenómeno. A la construcción que surge de la destrucción; a la redención que sigue al dolor; a la eternidad que aparece de la nada; a la luz que liquida las tinieblas más impenetrables, porque de todo eso también se compone y se nutre la historia, como para demostrar que no todo está perdido, y si no, que lo digan estos otros hechos. Un día después de la muerte de la familia real rusa, nacía en Mvezo, una antigua provincia del Cabo, una criatura a la que llamarían Nelson Mandela. Este niño, venido al mundo en medio de la más feroz y absoluta discriminación racial, hijo de la miseria y de la desventura, rodeado de “desventajas” y de obstáculos por donde se lo mire, llegaría a convertirse con el tiempo en el primer presidente negro de Sudáfrica y encarnaría uno de los mayores símbolos de liberación y de dignidad del siglo XX. Hay otros vínculos entre la dignidad y la degradación, como los hay entre el horror y la creación, y uno de ellos pasa por la poesía. En ese mismo 1918, precisamente una semana antes de que terminara la Primera Guerra Mundial, moría en acción militar el soldado Wilfred Owen. Tenía apenas 25 años y algún tiempo después, aunque demasiado tarde para él, se descubrió que era una de las voces poéticas más fuertes y prometedoras de su tiempo. Owen se las había arreglado para escribir en medio de las balas, los piojos y las bombas, y su voz se expresó a través de unos versos que lo condujeron a la inmortalidad. Pero no nos equivoquemos. Owen no era un romántico; no se refería al amor, al sol sobre las flores, a la nostalgia de la lluvia en el cristal, al aroma del pan recién horneado o a asuntos similares. La poesía nació en él como exasperada reacción ante la masacre, la brutalidad y la locura. Era lógico. Fue como una floración del hierro y el fuego. Una experiencia traumática sin parangón posible. Un terremoto interior mucho más dramático que el de las trincheras. “No me interesa la poesía”, explicaba. “Mi tema es la guerra y la pena de la guerra. La poesía está en esa pena”. Dice en uno de sus versos: “Si en algunos sueños sofocantes tú también pudieras caminar tras el carro en el que lo arrojamos […] si pudieras oír, en cada sacudida, la sangre que gorgotea de los pulmones destrozados, obsceno como el cáncer, amargo como la mascadura de llagas repugnantes, incurable sobre lenguas inocentes, amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo a los jóvenes enardecidos, sedientos de gloria, la vieja mentira: dulce es morir por la patria”. William Noel Hogdson, otro joven soldado a quien le tocó morir en 1916, escribió: “Por todos los placeres que voy a perderme, ayúdame, Señor; ayúdame a morir”. Son versos demasiado terribles, es verdad; nada bonitos, nada agradables de leer. Pero en ningún lugar está escrito que el arte deba ser un manual de autoayuda; esos versos son fruto de una realidad que, a pesar de la andanada mediática en que vivimos, nos negamos sistemáticamente a ver. Tal vez si acudiéramos con mayor frecuencia a este tipo de literatura testimonial, tan hondamente cruda, si pudiéramos abandonar por un momento el interés morboso por películas de ficción que en definitiva nada suman ni aportan en términos de reflexión humana; si en lugar de sumergirnos en la última serie sobre zombis pudiéramos releer páginas como estas, es posible que lográramos comprender mejor el terrible fenómeno de la guerra, del abuso y de la discriminación, que ahora mismo continúan asolando el planeta y propender así a un cambio de mentalidades, de actitudes y de intenciones dirigido a una radical transformación. Los soldados de la Primera Guerra Mundial nos dejaron sus versos lacerantes. Duele pensar en tantos jóvenes prematuramente perdidos; pero duele más la idea de que su padecimiento haya sido inútil. Y será inútil en la medida que su voz sea olvidada. Hablando de efemérides, este año se cumplen también cinco décadas del mayo francés, de la matanza de Tlatelolco y del asesinato de Martin Luther King -tenía 39 años-, otro soñador que al igual que Mandela luchó sin descanso para cambiar el mundo. De ahí que las palabras de Marco Tulio Cicerón continúen vigentes: la historia es testigo de los tiempos y vida de la memoria. Pero con una condición. La memoria solamente vive en la medida en que es rescatada, significada y vivenciada. De lo contrario, cae -y caemos todos con ella- en el olvido más irremediable.  

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