Desde hace muchos años, Óscar Andrade es militante del Partido Comunista del Uruguay (PCU). Fue diputado por ese sector político y renunció a su banca para dedicarse a su otra tarea, una que dice colmarlo en todos los aspectos: la militancia en el sindicato de la construcción, Sunca. Sin embargo, un centenar de personas se reunió en la cooperativa Atahualpa, considerando que su precandidatura a la interna frenteamplista era tan válida como otras, sumándole un elemento que, para los participantes del encuentro, falta: poner sobre la mesa la necesidad de analizar y debatir un conjunto de políticas sociales. Y para los asistentes, que figure Andrade es una garantía de que eso suceda. Una semblanza Hace un tiempo que se puso de moda la “renovación” como meta de los partidos políticos. Y aunque algunos digan que eso nada tiene que ver con la edad, lo cierto es que se debe hilar fino para pensar que 60 años y renovación van de la mano. También está esa otra dicotomía, la que se muestra como un triángulo perfecto: juventud, amplia experiencia en cargos ejecutivos, renovación. Siendo que, si sucede lo segundo, no importa lo primero porque lo tercero ya no se va a dar. Se puede decir que, con sus 43 años, Óscar Andrade reúne lo que tanto se pide, aunque sea un misterio si reúne lo que se vota. Su aspecto de trabajador curtido se potencia cuando habla. Su origen de clase es innegable, tanto como su ilustración y su don para la sociabilidad. Andrade se percibe como alguien que ha estudiado y que ha escuchado mucho. Si se quiere, evoca a esos hombres a los que aludía el poeta Antonio Machado, esos que “donde hay vino, beben vino; donde no hay vino, agua fresca”. Digo que los evoca, no que lo sea. Eso es lo que está por verse. Grupo variopinto La voluntad de ese grupo de personas de diverso origen reunida en el complejo Atahualpa tiene un objetivo: poner sobre la mesa un conjunto de políticas sociales que sienten que van quedando rezagadas y ven en Andrade a la persona idónea. En definitiva, no dejó de ser un espacio de articulación de militantes independientes del Frente Amplio (FA), pero la inmensa mayoría referenciados a la militancia social en sindicatos, en universidad, en movimientos cooperativos, en el feminismo, en la reinserción de menores privados de libertad, etc. Y lo que se veía no era del todo bueno porque expresaba una honda preocupación por lo que se podría traducir como un relativo divorcio entre la acción de la izquierda en lo institucional y la demanda de los movimientos sociales. Como Óscar Andrade concurrió a la cita, Caras y Caretas le consultó sobre el asunto, ya que los reclamos no dejaban de ser llamativos proviniendo de gente, si se quiere, oficialista: “Esto se puede expresar en la enorme dificultad que hemos tenido para desarrollar economía social autogestionaria en el último tiempo, desde volcar los recursos al Fondes o tener una institucionalidad que promueve la ley de violencia basada en género y después dificultades para financiarla, o de las dificultades que tenemos ahora con la ‘ley trans’. Fijate que apenas surge una movida de unas pocas miles de firmas promovidas por la iglesia evangélica…”, expresa Andrade. Y agregó la contrapartida a esa situación: “La enorme lentitud para aprobar la ley de empleo para personas con discapacidad o la reacción adecuada ante una ofensiva patronal como la que estamos viviendo con la instalación de plataformas de Consejos de Salarios del siglo XIX por parte de la patronal, cuando no el sabotaje directo a la negociación colectiva”, indicó, dejando ver al sindicalista que asoma en cada ejemplo. La lectura que hace Andrade sobre el evento no admite ambigüedades: “Hay un grupo de personas que lo primero que busca es encontrarse. Creo que la izquierda siempre ha luchado por ocupar espacios en la institucionalidad y no somos de la tradición que desprecia eso. Pero después de 28 años de gobierno en Montevideo, de otros tantos en algunas intendencias, de tres períodos de gobierno nacional, pareciera que la única militancia que importa fuera la que se da desde la gestión. Y hay otra izquierda que vive, lucha, piensa y siente”, dice categórico. Otro punto que toca es lo que él define como “una clara ofensiva en la región de carácter neoliberal”, en alusión a los gobiernos de Argentina, Brasil y Paraguay, ofensiva que, según Andrade, “piensa instalarse acá no esperando campaña electoral, por eso la brutalidad de las plataformas patronales en los Consejos de Salarios”, asegura. “La campaña electoral tiene que identificar claramente estos dos proyectos de país. Tenemos que ser capaces de que cuando nos cuestionan sobre la educación y la deserción a nivel de secundaria, tendríamos que ubicar que se da, fundamentalmente, en los barrios pobres y, en todo caso, tenemos que pensar cómo atendemos, conseguimos recursos y tomamos medidas en lo fiscal para poder asistir con becas a los hogares más vulnerables, que son los que están más expuestos a abandonar el sistema educativo. No es un problema de la educación en sí mismo, sino de la desigualdad, y que cuando abordemos los temas de seguridad, los coloquemos en el mismo discurso”, opina. Consultado sobre si el FA fue cooptado por el sistema, Andrade contestó: “No me parece eso, sí creo que hay una tendencia a privilegiar la acción desde la institución. La izquierda nace como una opción de gobierno a partir de las luchas sociales y populares, pero en determinado momento pareciera, y repito, pareciera, que hay un divorcio relativo, que hay determinada grieta cuyo tamaño es para interpretar”, dijo. Y ahora qué Escuchándolo así, es lógico pensar que parte del electorado frenteamplista esté abocado a promover una precandidatura que provenga de la militancia social y, más comprensible aun resulta si esa tarea se le encomienda a alguien que ha continuado movilizando a la gente. O sea, una persona a la que se le ve lejos del establishment que tanto molesta a lo que podría denominarse “vieja guardia” como a los jóvenes que ponen reparos para definirse por el FA porque ven en la actual dirigencia una suerte de “acomodados new age”. Bajando a tierra las palabras de Andrade, se podría decir que dentro de un buen sector frenteamplista existe preocupación por cómo, en algunos temas, la derecha le ha ido ganando agenda a la izquierda, por el cuestionamiento cada vez más duro a las políticas sociales, por un enfoque en seguridad que prioriza al aparato represivo, por una ofensiva contra las empresas autogestionarias, etcétera. En pocas palabras: sienten que la derecha les copa la agenda y no ven en los precandidatos que se manejan hasta ahora una salida clara. Si se quiere, hasta se podría decir que temen continuar perdiendo espacio. La gran muralla con la que se enfrenta ese grupo es la institucionalidad, una suerte de autocensura que se imponen: la de no discutir las candidaturas en sí mismas, cuando la fortaleza debe radicar, casualmente, en dar vuelta la mesa si es necesario. Más allá -o más acá- de cómo resulte esta precandidatura, lo que no se puede soslayar es que Óscar Andrade tiene un papel indiscutible dentro del movimiento social, amasado en el seno del Sunca. Un gremio que sintetiza teoría y práctica, que no se quedó en la pelea salarial, sino que buscó la forma para asistir a miles de niños de los sectores más vulnerables para que accedan al deporte y a la cultura e instaló brigadas solidarias que asisten a quienes lo precisen en cualquier rincón del país. Ahí ya se puede ir un poco más lejos: si lo que se busca es un precandidato con alcance nacional, Andrade tiene esa cualidad.
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