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La gran ilusión

A un siglo de la revolución de octubre

Popularizada por el escritor norteamericano John Reed como “Los diez días que conmovieron al mundo”, la revolución rusa marcó un siglo de historia y antes que como suceso, es necesario analizarla como un proceso, sobre cuyo auge, expansión y decadencia, sobreviven, al día de hoy, más preguntas que respuestas.

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El 25 de octubre de 1917 estallaba en Rusia la llamada “Revolución de Octubre”. En la medida que el antiguo calendario juliano no había sido aún sustituido por el moderno calendario gregoriano, la fecha de la insurrección corresponde al 7 de noviembre. No obstante, pese a que la toma del poder por los sóviets (consejos de trabajadores), con la que se abre paso la nueva forma de organización social, se registró en esa fecha, es preciso tener en cuenta que la revolución rusa como tal fue un proceso, cuyos orígenes deben remontarse al menos a 1905.   La Rusia arcaica Significativamente, ambos estallidos sociales (el de 1905 y el de 1917), estuvieron vinculados a las guerras en las que el Imperio ruso estuvo enfrentado, respectivamente, a Japón y a los Estados centrales de Europa. Es decir, que no puede comprenderse el octubre rojo sin la guerra. Los propios historiadores, datan el comienzo efectivo del siglo XX en el estallido de la Gran Guerra y en la revolución rusa y su conclusión en 1991, con la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Para comprender las principales características de la Rusia de la época, hay que tener en cuenta su inmensidad territorial, que adentrada en dos continentes (Europa y Asia), conformaba un Imperio atrasado, abrumadoramente campesino en su composición social, multiétnico, semifeudal y autocrático. El campesinado ruso, constituía una inmensa masa de desposeídos de tierra, cuyos periódicos levantamientos eran promovidos por los social-revolucionarios, que combinaban la organización política, con la agitación y el terrorismo contra los representantes de la autocracia. Junto a ellos, se encontraba un segmento de propietarios, los kulaks, que en general no tenían grandes posesiones ni alta productividad, pero a los que podía considerarse como expresión de un incipiente capitalismo agrario. Desde 1613, la Rusia imperial estaba gobernada por la dinastía Romanov, cuyo último representante, Nicolás II, fue depuesto en febrero de 1917, en lo que constituyó el anticipo de la revolución de octubre.   La tardía modernización de la Rusia zarista En 1861 se abrió una fisura en la autocracia feudal, cuando el zar Alejandro II abolió la servidumbre. La emancipación de los siervos fue un requerimiento del capital industrial que se expandía hasta los confines de Europa y que demandaba mano de obra. El hecho de que la mayoría de los emprendimientos industriales estuviera en manos de extranjeros y el carácter brutal de los cambios (que no fueron bien recibidos por los campesinos) contribuyó a acrecentar las tensiones. El propio Alejandro II fue asesinado por la organización Naródnia Volina (Voluntad del Pueblo), una escisión de Tierra y Libertad (Zemlyá i Volyarra), al cabo de cinco atentados contra su vida. Esas tensiones terminaron por estallar de manera explosiva en 1905. Hay que agregar a esto que el campesinado ruso no era un aglutinamiento caótico, sino que mantenía formas de organización comunal ancestrales, materializadas en el llamado ‘artel’, una modalidad de aglutinamiento colectivo, que fue desestimada por Carlos Marx en su período de auge intelectual, hasta que, en los últimos años de su vida, volviendo sobre sus pasos, lo reivindicó en carta a Vera Zasúlich, activista populista rusa con quién mantenía correspondencia, expresando: “Me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia” La abolición de la servidumbre, la consiguiente reconversión de parte de los campesinos en obreros industriales y su traslado a las ciudades, la alfabetización de quienes se incorporarían a la nueva modalidad de producción (que además, los hizo permeables a la difusión de las ideas socialistas), fue el punto de partida de un acelerado proceso de modernización económica, que pese a no pasar de ser una mancha en un país predominantemente arcaico, comenzaba a marcar una contradicción entre el incipiente desarrollo de las fuerzas productivas y el atraso ancestral de las instituciones políticas, culturales y sociales de la Rusia zarista.   El Domingo Sangriento En ese contexto, de acelerada industrialización y secular atraso, se produce la revolución de 1905. El detonante fue la sorpresiva derrota de Rusia ante Japón en la guerra desencadenada por el dominio de los puertos de Manchuria y Corea (1904-1905). La catástrofe del ejército zarista, que duplicaba en número al japonés, fue un signo más de la decadencia de un régimen decrépito y corrupto. Era la primera vez en la historia contemporánea que un ejército caucásico era vencido por enemigos de otro origen. En 1905, tuvo lugar la primera de lo que se conoce como “las tres revoluciones rusas”, pocos días después de la toma por parte de Japón de Porth Arthur. El 9 de enero, se convocó una manifestación en Petrogrado, (hoy San Petersburgo) para exigir reformas al zar Nicolás II, siendo esta duramente reprimida, en lo que se conoce como el Domingo Sangriento. La brutal represión, que costó miles de vidas, fue ejecutada sobre una multitud –organizada por el pope Gapón e instigada por la burguesía– que portaba íconos religiosos y llegaba a las puertas del Palacio de Invierno llevando una petición de tímidas reformas al ‘padrecito zar’. Pese a la moderación de los reclamos, el contexto había cambiado. En una situación de miseria y desabastecimiento extremos, había aparecido un nuevo protagonista. El año anterior (1904), los obreros petroleros de Bakú se habían movilizado no sólo por la culminación de la guerra, sino por la convocatoria a una Asamblea Constituyente, por la jornada de ocho horas, libertad de prensa y de asambleas obreras, organizando una huelga que culminó en la firma del primer convenio colectivo de la historia rusa. El 3 de enero marchaban a la huelga los obreros de la fábrica Putilov, gigantesca concentración obrera de Petrogrado, reducto por excelencia del bolchevismo con más de 35 mil operarios. El 8 de enero comenzaba la gran huelga general de Petrogrado. El movimiento, con intermitencias, se prolongaría hasta el 19 de diciembre, trasladándose a Moscú, donde los bolcheviques forzaron una huelga general. Ante la situación, el zar envió tropas que combatieron calle por calle con los insurgentes –usando incluso la artillería para reducirlos– hasta su capitulación final el 18 de diciembre. El saldo fue de miles de víctimas y barrios obreros enteramente destruidos.   El padrecito zar y las barricadas Pese a ser derrotado, el movimiento fue una lección general que resumió Vladímir Lenin en su libro El ‘padrecito zar’ y las barricadas. Allí expresaba que la sangrienta represión “reveló la agonía de la fe secular del campesinado en ‘el padrecito zar’ y el nacimiento de un pueblo revolucionario encarnado en el proletariado urbano. (…) La última década del movimiento obrero produjo miles de proletarios socialdemócratas de vanguardia que rompieron con esa fe, plenamente conscientes de lo que hacían. Educó a decenas de miles de obreros en quienes el instinto de clase, fortalecido en la lucha huelguística y en la agitación política, minó todos los fundamentos de semejante fe”. En sintonía con Lenin, León Trotsky expresaría a posteriori: “La Revolución de 1905 no fue sólo el ensayo general de 1917, sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso”. Por primera vez también los soldados se incorporaron a las luchas populares. Los marinos del Acorazado Potëmkin se insubordinaron contra la oficialidad, en solidaridad con obreros y campesinos e intervinieron activamente en el conflicto a partir de junio de 1905. Y por primera vez también se crean los sóviets como órganos de poder obrero, lo que sería decisivo a la hora del asalto al poder en octubre de 1917.   La primera Duma A diferencia de otros levantamientos en Rusia, la revolución de 1905 fue predominante y casi exclusivamente urbana. Más aún, estuvo centrada en Petrogrado (San Petersburgo). Más allá de la formidable proyección histórica de la revolución de Octubre de 1917 –que eclipsa los fenómenos que la precedieron y la posibilitaron– tuvo efectos fundamentales, en la medida que marcó la emergencia de un grado de conciencia hasta entonces desconocido, que resquebrajó definitivamente el poder autocrático del zar, que abrió el camino a formas de democracia y representatividad política, como la institución de la Duma, que marcó la decadencia ideológica de la Iglesia Ortodoxa sobre el imaginario popular y que, fundamentalmente, incorporó a la actividad política a un nuevo protagonista: el proletariado, que creó su propia organización de clase, los sóviets o Consejos obreros, que más tarde se extenderían entre soldados y campesinos. Ante la conmoción, la autocracia zarista comprendió que debía hacer alguna concesión, particularmente a la burguesía, que fue la que realmente promovió los sucesos que culminaron en el Domingo Sangriento. Por lo mismo, convocó a la elección de lo que posteriormente llevó el nombre de ‘la Primera Duma’ (ver recuadro). Para establecer un paralelismo con las instituciones occidentales, se la podría comparar a una Cámara Baja. La misma comenzó sus sesiones entre abril y junio de 1906, y estuvo conformada por un grupo importante de socialistas moderados y de los dos partidos liberales que demandaban más reformas, a saber, el Partido Democrático Constitucional (kadetes) y el Partido Laborista (trudovikes). Sin embargo, pronto quedó claro que las concesiones no eran más que formales y la asamblea fue disuelta luego de diez semanas de funcionamiento.   El “Manifiesto de Octubre” y las “Leyes fundamentales” En realidad, todo fue un montaje de la autocracia, que intentó desamortizar la conmoción realizando concesiones (que pronto se sabría que no eran tales), incrementando al mismo tiempo la represión sobre el movimiento popular. El 14 de octubre, en plena efervescencia social, el zar había recibido el “Manifiesto de Octubre”, que contenía la mayor parte de las demandas El 14 de octubre se entregó al zar el Manifiesto de Octubre. En él se indicaba la mayoría de las demandas aprobadas en el I Congreso Zemstvo (forma de organización local, instituida a partir de las reformas de Nicolás II), realizado en setiembre. Entre ellas figuraba el otorgamiento de derechos civiles, la legalización de los partidos políticos, el sufragio universal y la convocatoria de la Duma como órgano legislativo. El 17 de octubre, el zar accedió al petitorio, para ganar tiempo y por la carencia de fuerzas militares disponibles para la represión interna, por el empantanamiento y las periódicas rebeliones de las mismas en el frente oriental, pero luego que pudo sofocar el levantamiento, dijo haber sido obligado a firmar bajo coacción y se desdijo de su propósito de dejar el camino libre a las reformas. La apertura anunciada –y luego desmentida– por la autocracia, trajo como resultado su victoria, al dividir y desconcertar al frente opositor. Pero se trató de una victoria pírrica, que terminó de deslegitimar a la autocracia ante la burguesía, el campesinado y la clase obrera. Cuando Nicolás II aceptó los términos del manifiesto, las huelgas fueron desconvocadas o carecieron de respaldo. Una explosión de júbilo colectivo se tradujo en movilizaciones espontáneas en las grandes ciudades, respaldando las reivindicaciones del manifiesto y exigiendo la amnistía de los presos políticos. Buscando reconducir la agitación hacia enemigos internos, se alentaron y multiplicaron los pogroms (acciones de linchamiento contra la población judía) a lo largo de toda Rusia. Al denegar el zar todas las peticiones del Manifiesto de Octubre, el Partido Democrático Constitucional (kadete) intentó hacerle volver atrás mediante lo que se llamó la ‘Petición de Vyborg’. La respuesta de Nicolás II fue el inmediato envío de los peticionantes a prisión y su inhabilitación para participar en lo que sería la II Duma, convocada para 1907. Si alguna duda quedaba acerca de las verdaderas intenciones de la autocracia, éstas se disiparían el 23 de abril de 1906, el día antes de la apertura de la I Duma, cuando el zar promulgó la Constitución o, también llamada ‘Leyes Fundamentales’. Basta mencionar algunos de sus capítulos principales, como el I, en el que definía la autocracia del Imperio ruso y se consagraba la supremacía del zar sobre la ley, la iglesia, y la Duma. El artículo IV afirma que: “El poder supremo autocrático se establece en la figura del Emperador de Toda Rusia. Es un mandato Divino que su autoridad sea respetada y cumplida no sólo por miedo sino por un motivo de conciencia”. Y se estipulaba que: “El Emperador Soberano aprueba las leyes, y sin su aprobación ninguna ley puede entrar en vigor”. En otras palabras, quedaba establecido que el poder de la Duma no pasaba del de ser un órgano puramente deliberativo, sin incidencia alguna en las decisiones del zar.   Las enseñanzas de la revolución de 1905 Si, cómo expresara Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa, la revolución de 1905 fue un “laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso”, el concepto es válido para todos los protagonistas de la misma. En apariencia, la autocracia fue la gran triunfadora al cabo de los eventos, ya que no resignó ninguna de sus prerrogativas a manos del bloque revolucionario. Por añadidura, recogió enseñanzas que aplicaría de forma sistemática y cruel en los años venideros. Aprendió a distinguir a sus enemigos. Pese al deterioro de sus relaciones con todas las fracciones de la burguesía liberal, tenía claro que ésta era incapaz por sí misma de poner en entredicho su poder. Avizoró el carácter irreconciliable de su enfrentamiento con social-revolucionarios y bolcheviques (en particular con estos últimos) e incrementó el poder y la tecnificación de la Ojrana (designación peyorativa del Departamento de Seguridad), la policía secreta del zarismo creada en 1861. En materia política, manejó a la Duma y a la integración de los distintos partidos de manera acorde a sus intereses, convocándola, disolviéndola, proscribiendo grupos políticos o habilitando su ingreso discrecionalmente. Para la burguesía, también 1905 fue un acontecimiento que arrojó enseñanzas. Sin dejar de oponerse formalmente a la autocracia, tomó previsiones para reclutar a los nuevos obreros de la industria entre los sectores agrarios más atrasados, refractarios a las ideas socialistas, y de la mano de la policía política, contribuyó a vigilar, infiltrar, perseguir y reprimir a los agitadores socialdemócratas. Por otra parte, incrementó el volumen y escala de su operativa, lo que se hizo visible durante la I Guerra Mundial, que si bien implicó padecimientos terribles para la enorme masa de obreros y campesinos rusos, significó un pingüe negocio para los grandes industriales. Durante el conflicto, se disparó la actividad comercial, la inversión privada y estatal, la actividad financiera y fundamentalmente, la producción de material bélico. El gran desarrollo económico desencadenado por la guerra mundial aumentó notablemente el comercio, la inversión privada y gubernamental, la actividad bancaria y, la producción de material bélico. Ello traía aparejada una selección rigurosa del reclutamiento de los trabajadores fabriles, una mayor explotación y abaratamiento de costos, asegurado por la expurgación de toda actividad de tipo reivindicativo. Concomitantemente, la modernización de la sociedad rusa y la densidad poblacional de los centros urbanos, avanzaron con una celeridad mayor a la de cualquier otra economía de Europa. Durante la guerra, según cifras confiables de 1917, el número de obreros fabriles aumentó en un millón; los ferrocarriles duplicaron su dotación de personal, lo propio pasó en la minería, en la industria petrolera, mientras la construcción se incrementaba en un 50 %. Para el movimiento obrero y las fracciones políticas vinculadas al mismo, las enseñanzas serían más cruentas. Luego de 1905, los agitadores deberían desarrollar su trabajo en condiciones de estricta clandestinidad, afrontar agudas disensiones internas y dotar de atonía a un movimiento obrero que recién comenzó a manifestarse con pleno vigor a partir de 1912. Para los socialdemócratas el panorama era doblemente complejo, ya que el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (Posdr) fue el único entre sus pares europeos (con excepción del Partido Socialista del Reino de Serbia) que en 1914 se negó a votar al gobierno los créditos de guerra. En el ambiente chauvinista que se suscitó, eso los dejaba particularmente expuestos. Si la guerra ruso-japonesa fue el detonante de la revolución de 1905, la Gran Guerra, o Primera Guerra Mundial, tendría el mismo efecto, pero de manera amplificada, en lo que se conoce como la ‘segunda revolución rusa’, que estallaría en febrero de 1917.   Febrero de 1917: la Segunda Revolución Rusa Si bien la Guerra incrementó el poderío de la burguesía e hizo intolerable el desfasaje entre el fortísimo crecimiento de la economía y la arcaica estructura política impuesta por la autocracia, aquella careció de capacidad para consumar su propia revolución. A lo sumo, en 1916, se multiplicaron las conspiraciones de ‘kadetes’, ‘octubristas’, ‘progresistas’, e incluso de integrantes de la aristocracia, para desplazar al zarismo. Éstas no fueron mucho más allá del atentado exitoso contra Rasputín (monje al que se atribuían poderes místicos e influencia sobre la zarina Alejandra), perpetrado por el príncipe Félix Yusupov. El gran protagonista de la revolución de febrero fue el pueblo ruso, que se levantó espontánea y desesperadamente reclamando contra las infames condiciones de vida provocadas por la guerra. También contribuyó al estallido, la intransigencia de Nicolás II, que rechazó cualquier tipo de concesión ni siquiera de parte de sus más íntimos allegados. A comienzos de 1917, en el curso de un invierno particularmente frío, los habitantes de Petrogrado padecían los efectos combinados de las bajas temperaturas y de la falta de alimentos. La inflación se había disparado, los acaparadores agudizaban los efectos del desabastecimiento y se incrementaba el número de protestas que ya no eran meramente reivindicativas, sino políticas. A todo esto, el gobierno multiplicaba los agobios y las restricciones a la población. Como por ejemplo, la prohibición de cambiar de empleo, la proscripción de los sindicatos y la penalización del derecho de reunión. Todo esto con el trasfondo de una guerra para la que ya habían sido movilizados quince millones de personas, con un sistema ferroviario colapsado, que impedía la llegada de alimentos a las grandes ciudades, con el arribo de cientos de miles de inmigrantes de las zonas rurales, con la continua incorporación de trabajadores a las fábricas, que trabajaban a pleno para abastecer a los frentes de guerra, y con mujeres que no sólo habían sido incorporadas a la industria, sino que tenían que atender en solitario a la alimentación y crianza de sus hijos. A ello se sumaban las noticias desfavorables que llegaban desde el frente de guerra, donde los ejércitos rusos contabilizaban sus bajas por millones. El 9 de enero de 1917, los operarios de la fábrica Putilov volvieron a convocar la revuelta y concentraron 150 mil trabajadores en Petrogrado, en el aniversario del Domingo Sangriento de 1905. Esto significaba el 40 % de la fuerza de trabajo de la capital. Algunas fábricas que paralizaron su actividad, lo hacían por primera vez después de 1905 y al encontrarse las columnas de trabajadores con los soldados a cargo de la represión, se multiplicaban los saludos por ambas partes. Esto no sólo se explica por los terribles padecimientos de la población, sino también por los cambios en la composición de los cuerpos represivos. Aquellos de mayor confianza de la autocracia habían sido enviados al frente, siendo sustituidos por cuadros mucho menos afines al sistema. Algo análogo sucedía con la oficialidad, que pese a no manifestar afinidades con el pueblo movilizado, carecía de la pericia y el entrenamiento de aquellos que habían sido desafectados de la represión interna. El 24 de enero, representantes de los comités de obreros de la industria bélica, advirtiendo el peligro que representaban los bolcheviques y los SR internacionalistas, instaron a los trabajadores a marchar a la Duma Imperial de Rusia para exigirles que destituyeran al zar. Dos días después fueron hechos prisioneros por conspirar para implantar una república democrática. El 14 de febrero, en ocasión de la primera reunión anual de la Duma, 84 mil obreros de 60 fábricas declaraban una huelga política, que pese a sus dimensiones y su fervor constituyó un fracaso, al igual que lo había sido, cuatro días antes, otra movilización significativa convocada por los bolcheviques. El 15 de febrero, el comandante de la guarnición militar de Petrogrado imponía la cartilla de racionamiento. Las reservas de harina de la ciudad alcanzaban para diez días. La medida disparó el acaparamiento, las colas frente a los locales de distribución y los disturbios se generalizaron, al tiempo que el termómetro marcaba -20º C.   La abdicación del zar En febrero, estaban dadas todas las condiciones para la revuelta. El zarismo se resistía a instrumentar cualquier cambio; el invierno, el hambre y la oposición a la guerra eran unánimes. Se había llegado al límite de la resistencia. La ocasión llegó el 23 de febrero (8 de marzo en el calendario gregoriano), Día Internacional de la Mujer. Si en las jornadas de 1905, el protagonismo le había correspondido al movimiento obrero, esta vez serían las mujeres las que lo recuperarían. Las hilanderas de Vyborg y mujeres de toda condición, colmaron las calles de Petrogrado en reclamo de pan. El reclamo de las mujeres revitalizó a las huelgas obreras que languidecían. Marcharon junto a ellas y pese a que hubo algunos enfrentamientos, no se registraron víctimas. El movimiento huelguístico se revitalizó y las consignas se transformaron en políticas, exigiendo el fin de la guerra y de la autocracia. Los días siguientes hubo enfrentamientos entre los manifestantes y la policía y hubo bajas en ambos bandos. Los obreros comenzaron a asaltar comisarías para armarse y luego de tres días de caos y combates desfocalizados, el zar ordenó la movilización de la guarnición militar de la capital para aplastar la revuelta. Al principio, las órdenes fueron cumplidas y los soldados dispararon cobrando muchas vidas entre los manifestantes. Sin embargo, durante la noche, parte de una guarnición se pasó al bando rebelde y contribuyó a reforzar su armamento. Comenzó a constatarse otra característica de la situación que la transformaba en una crisis sin salida, a saber, la necesidad de reprimir y la imposibilidad de hacerlo. Consciente de su aislamiento, Nicolás II huyó hacia adelante, ordenando disolver la Duma y nombrando un comité interino que se hiciera cargo de la situación. Fue un punto de inflexión que daría por tierra con la dinastía Romanov, ya que al día siguiente todos los regimientos de Petrogrado se pasaron al bando rebelde, forzando la abdicación de Nicolás II, que delegó el poder a su hermano, Miguel Aleksándrovich, que rechazó el convite. En los días siguientes se convocaron las primeras elecciones del sóviet de Petrogrado, luego de diez días de movilización multitudinaria y alzamientos que provocaron más de un centenar de víctimas. Un costo relativamente bajo para conseguir una victoria histórica. Pero a nadie se le escapaba que se estaba ante una tarea inconclusa, que los motivos que provocaron la revolución habían sido sólo parcialmente cumplidos y que restaba por dilucidar la crucial cuestión del poder. Entre febrero y octubre de 1917 Rusia vivió una situación paradojal. El júbilo y la confusión se contraponían y entremezclaban. La revolución debía atender necesidades perentorias de la población sin los puntos de referencia de un Estado opresivo que de la noche a la mañana había dejado de existir (al menos en su conformación jerárquica y estructurada) con la abdicación de Nicolás II.   La dualidad de poder La fuerza de los hechos hacía que la población se politizara rápidamente. Ninguna de las tragedias que habían provocado la revolución estaba resuelta. Antes bien, el abismo se hacía más hondo. La guerra continuaba y los ejércitos se empantanaban y aniquilaban en una matanza carente de sentido. Con una economía colapsada, aislada en el extremo oriental de Europa, Rusia estaba librada a sus solas fuerzas. El envío de suministros al frente era prioritario, pero eso incrementaba el hambre de la población y los disturbios. Además, la guerra, para los ejércitos rusos adentrados en Prusia Oriental, había tomado un perfil catastrófico y la tropa cotidianamente se amotinaba exigiendo el fin de la misma. Ante esos desafíos, surgía una dualidad de poderes entre los sóviets, órganos de poder popular emergidos por primera vez en 1905 y generalizados en febrero de 1917, y la Duma, que asumía las funciones dejadas vacantes tras la abdicación del zar, en la forma de un Gobierno Provisional. No es cierto que la Duma careciera de representatividad. La tenía y en ella participaban todos los partidos. Los sóviets eran la materialización de la democracia directa de obreros, campesinos y soldados. Entre 1916 y 1917 habían sido fundamentales para crear redes de abastecimiento, coordinación y solidaridad en una sociedad famélica. Sin embargo, no se atrevían a contradecir al Gobierno Provisional, pese a que éste iba naufragando en sus propias contradicciones y se mostró irresoluto para definir el reclamo central de la población: la retirada de Rusia de la guerra. Esto se debía en buena medida al temor de la burguesía de denunciar los acuerdos con la Triple Entente y simultáneamente renunciar a las ganancias y la expansión que le generaba la conflagración. Pese al sufrimiento de los trabajadores, los sóviets aún no eran una opción de poder. Pero también los bolcheviques dudaban al respecto. La mayoría de la dirección permanecía atada al concepto de que la revolución socialista debía de ir precedida de una revolución democrático-burguesa, que creara las bases materiales para el tránsito al socialismo, cuya materialización debía ser asumida por la burguesía liberal rusa. Eran momentos en que Pravda, órgano oficial del bolchevismo, dirigido por Stalin y Mólotov, instaba a los trabajadores a cesar las huelgas, retornar al trabajo y volver a la normalidad. Simultáneamente, la influencia de los bolcheviques crecía en el sóviet de Petrogrado, conformado por representantes de obreros y soldados, llegando a ser mayoría absoluta en su seno a comienzos de junio. El retorno de Lenin cambiaría radicalmente la situación en la interna de su partido, sobre todo a partir de la enunciación de las llamadas “Tesis de abril”.   Las Tesis de abril El 3 de abril, Lenin regresaba de su exilio en Ginebra y al día siguiente leyó sus Tesis, primero en una reunión de bolcheviques, y luego en el Palacio Táuride, en la Conferencia de los Sóviets, en la que participaban delegados bolcheviques y mencheviques, en nombre de los diputados obreros, soldados y campesinos de toda Rusia. Las Tesis significaban una radicalización y radical ruptura con las ideas dominantes en el bolchevismo hasta ese momento. Afirmaban que no se debía cooperar con el Gobierno provisional; reafirmaban la idea de que Rusia debía retirarse de la Gran Guerra, el establecimiento del control obrero sobre la producción, añadía que las tareas de la revolución incluían la abolición de la policía, el ejército y la burocracia estatal, que eran auxiliares del dominio de la burguesía rusa. Luego argumentó contra las democracias parlamentarias, abogando por el control del Estado por parte de los trabajadores a través de los sóviets. Las Tesis de Abril causaron un fortísimo impacto en un Partido que estaba orientado en otra dirección. Stalin, Kámenev y Mólotov, que también regresaban del exilio, no habían participado en los acontecimientos de febrero, ni valoraban en toda su dimensión el formidable potencial desplegado allí por el pueblo de Petrogrado y los sóviets. No es casual que figuras como Shliapnikov y Lunacharski, que habían participado en los mismos, se alinearon de inmediato junto a Lenin. Otros, como Trotski (que volvería del exilio un mes después) tuvieron desde la distancia la misma percepción. Hasta ese momento, la línea oficial del bolchevismo no planteaba decididamente el retiro de la Guerra y defendía la cooperación con los liberales. El prestigio de Lenin y dentro del bolchevismo, sumados a la percepción de la importancia de las jornadas de febrero, a la persistencia de los reclamos de los trabajadores y a la impopularidad de la guerra, terminaron por inclinar el fiel de la balanza. Las primeras medidas tomadas por el Gobierno Provisional no hicieron más que refrendar los reclamos y el clima de libertad que se había instaurado tras la abdicación del zar. Fue abolida la pena de muerte. Se ordenó la apertura de las prisiones y se habilitó el retorno de los exiliados. Al mismo tiempo se proclamaron las libertades fundamentales ya adquiridas de hecho tras la revolución de febrero, como la de prensa, reunión, petición y conciencia. La iglesia, que funcionaba bajo la tutela del Estado, fue separada del mismo, lo que llevó al restablecimiento del Patriarcado de Moscú. Desapareció el antisemitismo como política de Estado y se sancionó la Orden Nº 1 del Sóviet de Petrogrado, que prohibía el acoso humillante a los soldados por parte de los oficiales.   Contradicciones irreconciliables No obstante, el problema que seguía planteado era el de la dualidad de poder, entre el Gobierno Provisional y los Sóviets. A partir del 15 de marzo, el mismo fue encabezado por el kadete Gueorgui Lvov. Más allá del consenso que existía entre el Gobierno Provisional y los sóviets sobre el restablecimiento de libertades y derechos ciudadanos, los reclamos fundamentales realizados por el Sóviet de Petrogrado no eran de recibo para la burguesía liberal. En primer lugar, no manifestaban ninguna intención de dar fin a la guerra, ni de implantar la jornada de ocho horas, ni de proceder al reparto de tierras entre los campesinos. El principal argumento esgrimido por el gobierno (así como por una parte de los sóviets) era que esas medidas sólo las podía tomar la futura Asamblea Constituyente, elegida por sufragio general. Pero el hecho de que las elecciones no pudieran realizarse sin contar con los millones de rusos destacados en el frente de guerra, difería para un futuro indeterminado a las mismas. Pero el tema central era de voluntad política y en definitiva de clases. La proclamación de la República, por ejemplo, recién fue efectuada, luego de múltiples dilatorias, en el mes de setiembre. Luego de la revolución de febrero, los sóviets estaban dominados por socialistas, mencheviques y ‘eseristas’. En ellos los bolcheviques eran minoría y los sóviets (incluido el de Petrogrado) manifestaban un apoyo moderado al Gobierno Provisional, dejando paulatinamente de lado el reclamo de reformas más radicales (que sí eran demandadas por los trabajadores). Esa sintonía entre ambos poderes (que sensu strictu, aún no constituían una dualidad) se cristalizó en la figura de Aleksandr Kérenski, socialrevolucionario, vicepresidente del Sóviet de Petrogrado y ministro de Justicia y Guerra.   El doble discurso del Gobierno Provisional En abril, el malestar entre los soldados y los trabajadores se exacerbó luego de la publicación de una nota secreta del Gobierno a los Aliados asegurando la continuidad de los tratados firmados por el zar, por lo que la participación rusa en la guerra continuaría sin alteraciones. A raíz de esa revelación se sucedieron las manifestaciones, tanto a favor como en contra del Gobierno Provisional, generándose enfrentamientos armados que provocaron la renuncia del ministro de Relaciones Exteriores, el kadete Pável Miliukov. La crisis de abril coincidió con el retorno de Lenin y el lanzamiento de sus Tesis. Los hechos parecían confirmar lo que allí planteaba, a saber, la etapa de descomposición en que se encontraba el capitalismo, ya la burguesía no era capaz de asumir el papel revolucionario que desempeñó en el pasado, por lo que las tareas que debía cumplir debían ser realizadas por los trabajadores. Entre ellas, el retiro de Rusia de la guerra. De allí a la consigna de “Todo el poder a los sóviets” no había más que un paso. Sólo había que esperar el momento propicio. Por el momento, se impuso la posición de Lenin, de que no había que exigir inmediatamente ese traspaso, ni el retiro del Gobierno Provisional, sino que había que atacarlo por su flanco derecho, de tal modo que la consigna inmediata debía ser: “Abajo los diez ministros capitalistas”. Entre febrero y julio se generó un cambio en la atmósfera en torno a la guerra que no le pasó inadvertido a Lenin. Hasta ese momento, el retiro de Rusia de la guerra era visto con reticencias, incluso por parte de los propios bolcheviques. Se apostaba a una paz negociada. Por otra parte, tanto la autocracia como el zarismo habían maniobrado hábilmente clavando una cuña entre los soldados que se encontraban en el frente y los trabajadores, en particular los afectados a la industria bélica, para que mutuamente se acusaran de ser privilegiados.   El fracaso de la ofensiva de Galitzia El pacifismo (y ni que hablar del ‘derrotismo revolucionario’ que preconizaba Lenin) no representaban el sentir general. Pero a partir de febrero y con más intensidad luego de julio, el fin de la guerra comenzó a transformarse en un imperativo en la conciencia popular. Especulando con la relativa impopularidad que tenía el pacifismo, que contrastaba con la popularidad de Kerenski, excelente orador y figura carismática, el Gobierno Provisional instrumentó la ‘ofensiva de Galitzia’, en la zona de los Cárpatos, con la que contaban obtener una victoria resonante y apresurar el fin de la guerra. La misma tenía por objetivo dificultar el traslado de las tropas prusianas hacia el oeste, donde se realizaban los preparativos para la entrada de Estados Unidos en la guerra. Pese a la superioridad numérica de las tropas rusas, la ofensiva resultó un fracaso. Ello se debió fundamentalmente a la falta de moral combativa de la tropa, influida por la revolución de febrero y las demandas de cese de las hostilidades que llegaba desde la retaguardia. Las deserciones y motines se multiplicaron, los soldados se negaban a marchar a la primera línea y pronto los ejércitos rusos debieron replegarse en completo desorden. Entre el 3 y el 4 de julio se conoció el fracaso de la ofensiva y los soldados acuartelados en Petrogrado se negaron a volver al frente. Unificados con los obreros de la capital, se manifestaron para exigir al Sóviet de Petrogrado la toma del poder. Desbordados por la situación, los bolcheviques se negaron a apoyar un levantamiento que consideraban prematuro. Partían de la consideración de que esa posición sólo era mayoritaria en Petrogrado y Moscú, en tanto los socialistas moderados eran influyentes en el resto del país. Preferían dejar que el gobierno se siguiera desgastando, demostrando su incapacidad para tomar las medidas que el pueblo le exigía, hasta que maduraran las condiciones para derrocarlo.   El resurgimiento de la contrarrevolución No obstante, no todo era tan sencillo. La respuesta del gobierno fue la represión. Trotsky fue encarcelado, Lenin debió refugiarse en Finlandia y fue cerrado el periódico bolchevique Obrero y Soldado. El Gobierno Provisional disolvió los regimientos de Artillería que habían apoyado la Revolución de Febrero, siendo enviados al frente en pequeños destacamentos. Por su parte, los obreros fueron desarmados y 90 mil personas tuvieron que huir de Petrogrado. Para dejar las manos libres a los mandos, fue dejada sin efecto la Órden N° 1, facultando al general Kornilov a utilizar ametralladoras y artillería contra los soldados que abandonaran el frente. En las regiones rurales, la reacción se activó y se reavivaron los pogroms contra la población judía. Progresivamente, el Gobierno Provisional se hundía en el desprestigio. La última carta que le quedaba al gobierno era recurrir a la represión generalizada. Lavr Kornílov fue nombrado comandante en jefe por Kerenski que impuso una disciplina férrea y terrorista entre la tropa, ejecutó y expuso los cadáveres de los desertores en las carreteras y reprimió a los campesinos que se habían apropiado de los dominios señoriales. En la retaguardia se leyeron claramente las señales contrarrevolucionarias que se estaban emitiendo y en los sindicatos en dónde los bolcheviques constituían la mayoría se marchó a la huelga, que pese a ser duramente reprimida pronto se tornó masiva. La situación se polarizaba y la Unión de oficiales del Ejército y la Marina, financiada por el empresariado, pidió oficialmente el establecimiento de una dictadura militar. Pero la reacción tenía claro que la represión generalizada en toda Rusia no tendría efecto generalizado si no se aplastaba la cabeza de la serpiente, es decir, el movimiento obrero de Petrogrado. Así, en agosto de 1917, Kornílov organizó un levantamiento armado enviando por ferrocarril tres regimientos de caballería para aniquilar a los sóviets y las organizaciones obreras y garantizar la continuidad de la empresa bélica. Impotente ante el levantamiento (que por otra parte no veía de mal grado), el Gobierno Provisional se paralizó y los bolcheviques organizaron la defensa de la capital, cavando trincheras mientras los ferroviarios desviaban a los trenes hacia vías sin salida, lo que provocó la disolución del contingente golpista. Tras el fracaso de la ‘korniloveada’ la situación se revirtió. Los trabajadores se rearmaron, los bolcheviques salieron de la clandestinidad y en julio, los presos políticos –incluido Trotski– fueron liberados por los marinos de Kronstadt. El frustrado golpe de Kornílov marcó también el eclipse definitivo de la figura de Kérenski, que por su inacción perdió tanto el apoyo de la derecha como de la izquierda.   La hegemonía bolchevique y la cuestión agraria Luego del fallido golpe de Estado, el Gobierno Provisional de hecho –aunque no de Derecho– dejó de existir. Su carta de defunción fue la transferencia de la defensa de Petrogrado a los bolcheviques, ante su impotencia para hacerse cargo de la situación. La exitosa defensa de Petrogrado bajo la conducción de los bolcheviques incrementó su representatividad y prestigio. A partir del 31 de agosto, el Sóviet de Petrogrado pasó a ser mayoritariamente bolchevique. En las elecciones para la conformación de los sóviets, realizadas entre junio y setiembre, los eseristas pasaron de 375 mil votos a 54 mil; los mencheviques de 76 mil a 16 mil; los kadetes de 109 mil a 101 mil, al tiempo que los bolcheviques pasaban de tener 75 mil votos a los 198 mil. Junto al crecimiento de los bolcheviques se masificó su consigna de ‘Todo el poder a los Sóviets’, que incluso fue adoptada por los social-revolucionarios y los mencheviques. El 31 de agosto, 127 sóviets (encabezados por el de Petrogrado) votaron una resolución a favor del poder soviético. El 30 de setiembre, León Trotski fue designado presidente del Consejo de los Sóviets. En tanto, la revolución se profundizaba sin pedir permiso a nadie. En el verano de 1917 comenzó, de manera ininterrumpida, el asalto a las fincas señoriales, sin esperar que la reforma agraria tuviera formulación legal. Se regresaba a la tradición de levantamientos espontáneos que marcaron la historia del movimiento campesino ruso durante siglos. Enterados de que el Reparto Negro (o reparto igualitario de la tierra), que habían prometido los naródnik (populistas) se estaba efectuando en sus pueblos de origen, los soldados comenzaron a desertar en masa para participar en la distribución de la tierra. Este hecho, determinó que los soldados, de origen mayoritariamente campesino, comenzaran a desertar en masa con el fin de poder participar a tiempo en la nueva distribución de las tierras. La acción de la propaganda pacifista y el fracaso de la última ofensiva del verano hicieron el resto. Simplemente, las trincheras quedaron vacías.   Todo el poder a los sóviets En octubre de 1917, Lenin y Trotski acordaron que era tiempo de terminar con la situación de doble poder. Pero para ello les esperaba un arduo debate en la interna partidaria. Alineada en torno a Kámenev y Zinóviev, una parte del Comité Central (CC) bolchevique consideraba que era preciso esperar, porque el partido, si bien controlaba la mayoría de los sóviets, se encontraba aislado en el extremo oriental de Europa. Por lo tanto, si tomaba el poder sin formar parte de una coalición de partidos revolucionarios, estaba destinado al fracaso. Sin embargo, Lenin y Trotsky lograron imponer su posición y el CC se dispuso a organizar la insurrección, cuya fecha fue fijada en la víspera del II Congreso de los Sóviets, que se reuniría el 25 de octubre. Para instrumentar la insurrección, fue formado un Comité Militar Revolucionario en el Sóviet de Petrogrado, dirigido por Trotski, que ya era presidente del mismo. El destacamento se componía de obreros armados, soldados y marineros. Se sabía que la guarnición militar de la ciudad se plegaría a las acciones o a lo sumo, mantendría la neutralidad. El Comité, además, dispuso el control de todos los puntos estratégicos de Petrogrado. De hecho, la preparación del golpe de mano se hizo públicamente, e incluso Kámenev y Zinoviev, principales impugnadores del mismo, lo denunciaron en la prensa, hecho por el que Lenin posteriormente los designaría como “esquiroles de la revolución”, pidiendo su expulsión del Partido, extremo que finalmente no se concretaría. La insurrección comenzaría en la noche del 24 al 25 de octubre (6 y 7 de noviembre según el calendario gregoriano) y sería el acorazado Aurora el que con una salva de artillería daría la señal para el comienzo de la operación. Ante la magnitud del cambio universal que significó la operación, parece una ironía su carácter incruento. El Comité Militar tomó sin resistencia el control de los puentes, de las estaciones, del Banco Central y de las centrales telefónicas y de correos, como preliminares al asalto final al Palacio de Invierno. Las previsiones de que las tropas acuarteladas en Petrogrado guardarían neutralidad resultaron acertadas. Solamente algunos batallones de junkers (cadetes) apoyaron al Gobierno Provisional ofreciendo una débil resistencia. El saldo de la misma fue de cinco muertos. Por lo demás, la vida de Petrogrado no se alteró. De manera poco verosímil, uno de los acontecimientos más grandes del siglo XX (si no el más grande), se desarrolló de manera casi incruenta, pasando su ejecución desapercibida para la mayoría de la población de Petrogrado. Dando legitimidad a lo ya consumado en el plano militar, al día siguiente, Trotski anunciaba el hecho oficialmente, en la apertura del II Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados de Obreros y Campesinos, con la presencia de 562 delegados. De los mismos, 382 eran bolcheviques, y 70 del Partido Social Revolucionario de Izquierda. Cerca de 50 delegados abandonaron el Congreso. Casi todos ellos eran eseristas de derecha y mencheviques. Consideraban que los bolcheviques habían tomado el poder de manera ilegal. Al día siguiente crearon un Comité de Salvación de la Patria y la Revolución. La réplica a la retirada de la minoría fue una resolución presentada en el mismo momento por Trotski, la que expresaba que: “El II Congreso debe ver que la salida de los mencheviques y de los socialrevolucionarios es un intento criminal y sin esperanza de romper la representatividad de la asamblea cuando las masas intentan defender la revolución de los ataques de la contrarrevolución”. Al día siguiente, los sóviets aprobaron la creación del Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnakorm), compuesto en su totalidad por bolcheviques. El Consejo será el fundamento provisional del nuevo gobierno, en tanto el mismo no fuera legitimado por una Asamblea Constituyente.   El cielo por asalto En las horas siguientes, Lenin anunciaría las primeras medidas del nuevo gobierno, entre las que se cuentan: la abolición de la diplomacia secreta y la propuesta a todas las partes confrontadas en la Gran Guerra, para entablar conjuntamente el diálogo “con miras a una paz justa y democrática, inmediata, sin anexiones y sin indemnizaciones”. A continuación, se aprobó el Decreto sobre la Tierra, por el cual “las grandes propiedades territoriales quedaron abolidas inmediatamente, y sin indemnización alguna”. A su vez se otorgaba a los sóviets de campesinos la libertad de hacer lo que consideraran, ya fuera socializar la tierra o repartirla entre los campesinos pobres”, lo que de hecho no hacía más que convalidar y dar estatuto orgánico a una situación de hecho producida en el verano de 1917. La medida tenía puntería estratégica, ya que a través de ella se conseguiría la neutralidad de los campesinos hasta la primavera de 1918, cuando las contradicciones entre éstos y el gobierno central estallarían hasta el extremo de la guerra civil.   Las 33 medidas del poder de los sóviets Por último, el Sovnarkom aplicó un conjunto de 33 medidas concernientes a las libertades civiles, entre las que cabe destacar: la abolición de la pena de muerte (medida resistida por Lenin), la nacionalización de la banca (que se concretaría el 14 de diciembre), la creación de una milicia obrera, el control obrero sobre la producción, la soberanía e igualdad de todos los pueblos de Rusia, su derecho a la autodeterminación (que incluía el derecho a la separación y la creación de un Estado nacional independiente), además de la supresión de cualquier tipo de privilegio de carácter nacional o religioso. Al cabo de un siglo de la revolución de octubre, es preciso tener en cuenta que Lenin y los bolcheviques no consideraban el poder en Rusia como la herramienta para la construcción del socialismo. Sí como la revolución imprescindible para comenzar su construcción. Pero en todo momento consideraron esa revolución como un eslabón (el “eslabón más débil”) para difundir el poder de los trabajadores al mundo, considerando en todo momento al socialismo como un fenómeno internacional, una esperanza que se vería truncada luego del aplastamiento de la revolución y la recomposición de la burguesía en los países centrales del mundo capitalista. En particular, en la Alemania de la época. Los acontecimientos y las penalidades que sobrevendrían a continuación no hacen más que dar fe a las afirmaciones de Lenin referidas a las expectativas que los bolcheviques tenían sobre el triunfo de la revolución en Alemania: “Para Rosa Luxemburgo y los suyos será difícil llegar al poder, pero será infinitamente más fácil proseguir. Para nosotros, no será tan problemático llegar al poder, pero será muy duro el camino para seguir”. La historia confirmaría el pronóstico del gran ideólogo de la Revolución de Octubre.

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