Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME

Siguen las masacres (y los accidentes)

Por Rafael Bayce.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

Como hemos pronosticado desde numerosas columnas publicadas en Caras y Caretas en los últimos años, los comienzos de 2018 han documentado un aumento, tanto de las masacres (terroristas o no) en Estados Unidos como de los accidentes (o tasa de siniestralidad) en Uruguay. No fue difícil hacerlo porque en ninguno de los países se ha actuado contra las verdaderas causas profundas e influyentes en las respectivas tendencias. En nuestro país se ha actuado y argumentado públicamente, sobre todo por Unasev, contra factores que influyen en la posible disminución de las consecuencias (muertos, heridos, daños), pero no contra las causas de la siniestralidad misma. Por lo tanto, aunque disminuyan muertos, heridos y daños en cada siniestro (objetivo indiscutiblemente válido), si estos aumentan, terminará aumentando el número y la calidad de los muertos, heridos y daños aunque disminuyan relativamente en cada siniestro. Lo que más debería importar es la tasa de siniestralidad, que se debe a factores sobre los cuales no se actúa ni se mencionan; con el agravante de que las medidas tomadas no reducen los problemas, distorsionan la vida laboral y social de la población con la tolerancia cero y sus temibles consecuencias, pero sin mejoras de la situación y generando recaudación fiscal extra sin resultados a cambio. Es un claro ejemplo de política pública teórica y prácticamente equivocada. Mucho peor es el caso de Estados Unidos, donde tanto los ataques terroristas como los ataques contra colectivos en lugares públicos se mantienen y hasta crecen, sin que nadie se anime siquiera a empezar a pelar la ‘cebolla causal’ que permita entender y prevenir tales actos. Empecemos, pues, a pelar la cebolla de las causas de las masacres masivas en Estados Unidos. No es tarea fácil, debido a que son objeto de negación psicológica. Es muy entendible que los estadounidenses ni siquiera quieran pensar y menos aun mencionar las posibles causas profundas del problema. Veamos, primero, las causas coyunturales, pasibles de ser interpretadas como superficiales y prácticas. En segundo lugar, las más complejas, como el acceso ciudadano a armas de poder letal e incluso bélico. Y en tercer lugar, las más profundas, relativas a la motivación de los sujetos victimarios, que llevan a cuestionar la propia organización económico-socio-cultural de Estados Unidos como una fuente estructural y fábrica masiva de lobos solitarios de salud mental cuestionable. En palabras tan bien expresadas por Erich Fromm hace ya 70 años: “[…] una fábrica normal y estructural de ‘anormales’, que explotan catastróficamente en un porcentaje mínimo pero progresivamente tangible”.   El acceso a las armas No nos detendremos en factores coyunturales tales como el número y velocidad de acción de las fuerzas públicas o el funcionamiento y prontitud de las alarmas, que son sí influyentes en el número y calidad de víctimas, pero no influyen ni en la motivación de los ataques ni en los medios usados para producir número y calidad de víctimas, en definitiva, los asuntos más importantes a analizar. Obviamos una lista de los argumentos en favor de la limitación o eliminación del acceso, en especial a armas de ataque bélico de alto potencial letal en un tiempo mínimo, tales como las accionadas por los últimos victimarios masivos en la plaza de Las Vegas y en el establecimiento escolar en Parkland. Porque lo principal es razonar, en primer lugar, sobre la inmensa diversidad de las armas que se permitieron en el siglo XVIII, cuando se aprobó la Segunda Enmienda constitucional respecto del potencial letal de las disponibles en el siglo XXI. Las armas que autorizaba a usar la enmienda dieciochesca eran individuales y de defensa personal, en una situación de inseguridad cotidiana amenazada por invasiones de ejércitos y facciones guerreras durante la Guerra de Secesión del Norte contra el Sur; no eran ametralladoras y rifles de asalto aplicadas a una situación no bélica. La justificación de entonces y la actual es la de la defensa individual, familiar y eventualmente colectiva. Un ligero análisis de las situaciones de todas las masacres, en especial las de Las Vegas y Parkland, muestran que ninguna defensa fue posible, aun con gente fuertemente armada y autorizada y formada para disparar. Las investigaciones en todo el mundo han mostrado que no sirven como medios de defensa, ya que no llegan a ser usadas como tales dada la iniciativa de los victimarios y una situación desfavorable a su uso defensivo. Además, su acceso para hacerlas usables las hace, más probablemente, herramientas de suicidios, accidentes de manipulación y tentación de uso excesivo de ellas. Lo mejor es el análisis de la permisividad muy estrictamente reglada de armas de fuego en Islandia, país de solo 330.000 habitantes. Se calcula que hay unas 90.000 (una cada cuatro personas). Sin embargo, registra 0%, o sea ninguna muerte por arma de fuego, mientras en Estados Unidos los porcentajes oscilan alrededor de 60% de las muertes. Entonces, el problema no es sólo el acceso a las armas. El asunto podría estar entonces en otro lado. Analicemos.   El caso islandés ¿Cómo se accede en Islandia a un arma de fuego? No se deben tener antecedentes penales y pasar un análisis de salud mental. Se deben comprar y leer dos libros sobre seguridad y manejo de las armas; hacer un curso de tres días; pasar con 75% de acierto un examen sobre seguridad, manejo de armas y animales cazables; pasar un examen práctico de manejo y disparo; disponer de dos cajas fuertes donde guardar, separadas, las armas y la munición. El sociólogo islandés informante asegura que el régimen legal de tenencia y acceso no es lo principal, sino la motivación sociocultural diversa para usarlas y el entorno de desigualdad socioeconómica que se viva. Al respecto, dice que los islandeses no consideran a las armas como un instrumento de defensa, sino sólo de diversión y caza limitada; muy civilizadamente dice que los islandeses creen que para la defensa cotidiana civil está la Policía; y que la baja distancia social entre ricos y pobres elimina fuentes de agresividad y miedo. Estas son precisamente algunas diferencias cruciales entre Islandia y Estados Unidos, y que deben ser subrayadas: la falta de motivación de defensa para el uso de las armas y la falta de desigualdades y asperezas canalizables por armas letales accesibles.   Las armas no resuelven desigualdades Estados Unidos es una fábrica de victimarios atacantes con armas altamente letales. Esto no sucede en Islandia, donde las armas son casi lúdicas y no son pensadas ni como defensa ni como ataque sublimador de instancias estructurales productoras de odio, envidia, resentimiento y frustración. Entonces, no es tanto el acceso o no a armas el gran problema, o el régimen legal de acceso, sino las motivaciones para su uso y las perversiones estructurales que canalizan. Son absolutamente disímiles en los dos países. Entonces, la explicación, en este caso, no es tampoco monocausal y dependiente sólo del acceso o no, o del modo de acceso a armas de fuego, aunque pueda ser un factor claramente influyente. Hay otros dos factores derivados de la estructura social y del funcionamiento societal: la utopía del sueño americano, generadora de un gran monto de frustración por su inaccesibilidad real; y la feroz competitividad que contamina un cotidiano utópico en que la desigualdad y la discriminación son simultáneamente alimentadas aunque retóricamente rechazadas (salvo por visibles minorías radicales). El resultado es una cotidianidad absolutamente reñida con la utopía y la retórica: desigual, discriminatoria e inaccesible, fuertemente productora de odio, envidia, resentimiento y frustración. Todo esto, con acceso a armas de ataque bélico, produjo, produce y producirá montos crecientes de victimarios y de víctimas que sean catarsis, revancha o venganza para los anteriores productos psicosociales. El ya citado Erich Fromm, en El miedo a la libertad, hizo el diagnóstico más duro de las diferencias y similitudes entre los sentimientos generados por los autoritarismos políticos y los generados por las democracias; acertó plenamente con el sadomasoquismo constituyente de la constitución psicosocial de las masas formadas en democracia. Es uno de los libros más terribles de la historia de las ciencias sociales; terrible por el espanto progresivo que entrevé y no se calla. Anímese a leerlo; está en español hace mucho y es muy fácil de encontrar, en bibliotecas universitarias y en librerías, en especial de usados.  

Dejá tu comentario