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El fastidio de los inocentes

Cada vez que una mujer habla de violencia, aparece un hombre dispuesto a aclarar que él no la ejerció. No todos los hombres, responde ofendido.

Por Marianella Morena

La mujer habla de miedo, el hombre responde con su reputación. La mujer señala una estructura, el hombre exhibe su biografía. Dice que nunca golpeó a una mujer. Que quiere a su madre. Que respeta a sus compañeras. Que tiene hijas. Que ayuda en su casa. Que no conoce a ningún abusador. Se presenta como prueba viviente de que el problema ha sido exagerado.

Nadie le preguntó si era una buena persona. Pero necesita declararse inocente porque ha confundido una denuncia social con una acusación individual. Escucha “violencia masculina” y traduce: “Me están llamando violento”. Escucha “privilegios” y entiende: “Quieren quitarme algo”. Escucha a una mujer hablar con firmeza y siente que está siendo atacado.

El fastidio masculino nace, muchas veces, de esa confusión: creer que perder centralidad es sufrir una agresión.

Durante siglos, los hombres ocuparon el centro de la conversación, de la política, del conocimiento, de las instituciones y de las familias. Sus voces fueron consideradas universales. Ellos no hablaban como varones: hablaban como seres humanos. Las mujeres, en cambio, hablábamos desde una categoría particular, secundaria, sospechosa.

Ahora las mujeres nombramos aquello que permaneció oculto. Contamos lo que sucedía en las casas, en los lugares de trabajo, en los partidos políticos, en las aulas, en los teatros, en las camas y en las calles. Y algunos hombres sienten que ese relato los amenaza.

Los amenaza nuestra memoria, que recordemos.

Los amenaza que relacionemos los hechos.

Los amenaza que dejemos de considerar excepcionales conductas que se repiten.

Por eso dicen que no todos los hombres son malos. Como si las mujeres hubiéramos afirmado que cada varón es un monstruo. Como si el problema necesitara que todos fueran culpables para existir. Como si una estructura de poder sólo pudiera ser denunciada cuando cada uno de sus integrantes cometiera exactamente el mismo delito.

No todos los hombres golpean. No todos acosan. No todos violan. No todos amenazan.

Pero demasiadas mujeres han sido golpeadas, acosadas, violadas o amenazadas por hombres. Y demasiados de los que nunca lo hicieron permanecieron callados, dudaron de las víctimas, relativizaron una denuncia, protegieron a un amigo, se rieron de un comentario, recomendaron prudencia o se preocuparon más por la carrera del acusado que por la vida de quien denunció.

No es necesario ejercer directamente la violencia para colaborar con el silencio que la protege.

La discusión no debería consistir en determinar cuántos hombres son buenos y cuántos son malos. Esa división infantil sólo sirve para que cada uno corra a ubicarse en el grupo de los buenos y dé por terminado el problema.

El desafío es otro: preguntarse qué hacemos cuando la violencia ocurre cerca.

¿A quién creemos? ¿A quién defendemos? ¿A quién le pedimos pruebas?

¿A quién le exigimos paciencia?

El hombre que se siente amenazado por el avance de las mujeres suele decir que ahora no puede hablar, que cualquier gesto puede ser malinterpretado, que ya no sabe cómo acercarse, que existe una persecución contra los varones.

Resulta revelador que confunda la existencia de límites con la pérdida de libertad.

Durante mucho tiempo, las mujeres tuvimos que aprender a interpretar silencios, anticipar reacciones, rechazar sin enfurecer, sonreír para reducir el peligro, calcular la ropa, el horario, el recorrido, la distancia, el tono de voz y la manera de decir que no. Esa vigilancia permanente fue considerada normal.

Ahora que algunos hombres deben pensar antes de actuar, lo llaman censura.

Ahora que deben preguntarse si existe consentimiento, lo llaman confusión.

Ahora que pueden enfrentar consecuencias, lo llaman amenaza.

No están aterrados porque las mujeres posean más poder. Están incómodos porque ya no poseen la misma impunidad.

Ningún movimiento emancipador está exento de contradicciones. Pero utilizar la posibilidad de una denuncia falsa para desacreditar anticipadamente todas las denuncias es otra forma de protección corporativa.

La excepción se invoca para silenciar la repetición.

También dicen que el feminismo genera odio. Les molesta la rabia de las mujeres, pero rara vez se preguntan qué historia la produjo. Quieren una denuncia amable. Una revolución pedagógica. Una víctima serena, precisa, agradecida y capaz de narrar su dolor sin incomodar a nadie.

La violencia puede ser brutal. La respuesta de las mujeres debe ser educada.

Nos piden que expliquemos una vez más. Que no generalicemos. Que cuidemos las palabras. Que diferenciemos cuidadosamente al agresor del resto de los hombres. Que garanticemos la tranquilidad emocional de quienes escuchan.

Incluso cuando hablamos de nuestra propia violencia, debemos ocuparnos de que ellos no se sientan heridos.

“No todos los hombres” puede ser una afirmación verdadera. Pero dentro de esta conversación funciona como una maniobra. Desplaza el centro desde la experiencia de las mujeres hacia la sensibilidad masculina. Interrumpe la denuncia para abrir un juicio imaginario en el que cada varón exige un certificado personal de inocencia.

El problema no es que un hombre diga que él no es violento.

El problema es que crea que con eso alcanza.

Es necesario intervenir cuando otro hombre violenta. Escuchar sin convertir inmediatamente la palabra de una mujer en un interrogatorio. Revisar los pactos de amistad, los chistes, las complicidades, los privilegios y las formas cotidianas de ejercer autoridad. Renunciar a la comodidad de sentirse ajeno.

Porque la transformación no depende de que los hombres demuestren que son buenos. Depende de que estén dispuestos a perder algo: centralidad, impunidad, comodidad.

Tal vez eso sea lo que algunos llaman sentirse amenazados.

No temen que las mujeres hagan con ellos lo que durante siglos se hizo con nosotras. Temen que ya no aceptemos ocupar el lugar que nos asignaron.

No todos los hombres son violentos. Pero todos los hombres viven en una sociedad que durante siglos naturalizó la violencia contra las mujeres.

La pregunta no es si se consideran inocentes. La pregunta es qué están haciendo con aquello que ahora ya no pueden decir que no ven.

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