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Talvi, el increíble candidato del poder

Por Alberto Grille.

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La verdad es que yo creo que ni el Partido Colorado se merece esto. Los lectores saben bien lo que escribí sobre el Partido de los Rivera, Santos, Latorre, Gabriel Terra y Juan María Bordaberry; pero que es también el de José Batlle y Ordóñez (el fundador del Uruguay moderno), Luis Batlle Berres y hombres como Luis Faroppa y Alejandro Atchugarry entre muchos notables ciudadanos batllistas. Estamos ante un ejemplo casi inconcebible de «fake political leader», de travestismo político e ideológico llevado a un grado de exasperación casi bochornosa. El 14 de agosto el economista Ernesto Talvi se presentó como precandidato presidencial por el Partido Colorado bajo el lema de «Ciudadanos», invocando el augurio y la impronta de Jorge Batlle, el hombre al que abandonó a su suerte cuando lo fue a buscar a su casa para nombrarlo ministro de Economía en lo peor de la crisis de 2002 (mientras además se estaba desarrollando un intento de golpe de Estado encabezado por Ramón Díaz, como surge de los libros «Con los días contados» de Claudio Paolillo y «Batlle/El profeta liberal» de Bernardo Wolloch), autodefiniéndose como «progresista y liberal», y convocando a «construir un Estado de Bienestar moderno para el siglo XXI». Difícil juntar tanta contradicción con la realidad en un sólo acto. Lo hizo en el modesto Club Larre Borges del popular barrio de la Unión, cuando su residencia particular está en un barrio residencial, y su actividad desde 1997 ha sido dirigir el exclusivo think tank empresarial Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES), amparado por El Observador, Búsqueda, El País, el Opus Dei y las mayores empresas del país. A Talvi, de 60 años, no se le conoce militancia antidictatorial, y a lo largo de toda su trayectoria conocida ha apoyado todas y cada una de las causas y gobiernos reaccionarios que conoció el país, por lo menos desde 1985 a 2005. Es economista egresado de la UdelaR, y tiene un doctorado en Economía por la Universidad de Chicago, la de Milton Friedman (el «liberal» que asesoró a Pinochet, Videla y la dictadura uruguaya); fue funcionario de confianza del pope neoliberal Dr. Ramón Díaz (que lo ingresó por la ventana en el Banco Central en un altísimo cargo) en el gobierno de Lacalle Herrera, y desde el CERES preconizó posiciones neoliberales y darwinistas en todas sus manifestaciones públicas desde 1997 hasta hace unos tres años, en que comenzó a recorrer el país, haciendo una velada campaña antifrentista y proponiendo medidas a favor del bien y contra del mal, como fundar 138 liceos «para resolver el problema de la Educación». Durante su período abiertamente neoliberal, Ernesto Talvi, hombre que siempre sostuvo posturas erróneas (como las ideas y gobiernos que llevaron a la Crisis de 2002, para luego afirmar que esta se debió a «causas exógenas») montaba grandes shows sicodélicos presuntamente académicos, pero siempre muy cerrados para no contestar preguntas, adornados con luces y micrófonos dignos de Las Vegas o Miami, luego cultivó un perfil más bajo desde su célebre gaffe de vaticinar estancamiento en 2010, año en que Uruguay creció 8,9%, y anunció siempre desastres de supuesta responsabilidad frenteamplista, sin reconocer que el Uruguay ha vivido en estos 14 años su mayor período de crecimiento económico con inclusión social de la Historia, y ostenta los mejores indicadores sociales de la región según el FMI, el Banco Mundial, el BID y la CEPAL. En aquel dilatado período sus recomendaciones fueron siempre las mismas: reducir los incentivos económicos, rebajar salarios y vender empresas y bancos públicos, además de privatizar la educación. Lo que Paul Krugman llama “ideas zombies”. “La idea zombie clásica en el discurso político de EEUU es que los recortes de impuestos a los ricos se pagan a sí mismos”, pretexto obvio para rebajarlos, y que el peso fiscal pase a las clases medias, trabajadores y jubilados. Otros ejemplos de ideas zombie son “el ajuste automático de los mercados”; “la mano invisible del mercado”; “la necesidad de reducir el Estado”, “la libertad de entrada y salida de los mercados laborales para los trabajadores”, la “igualdad de todos los agentes ante la información económica”, y muchas otras falacias intencionadas que se desplomaron para siempre con la Gran Recesión 2007 – 2010, cuando el gobierno de los Estados Unidos –en buena hora- los dinamitó uno por uno para salvar a su nación. En ese sentido, la terrible experiencia (como nuestra Crisis de 2002, donde los que hoy despotrican contra el Estado, como las 5 Cámaras del famoso Documento, salieron todos a pedir que el BROU los salvara con sus créditos) derribó todos los paradigmas clásicos y neoliberales. En nuestro país el más acérrimo difusor de “ideas zombies” fue siempre Ernesto Talvi, que apoyó sistemáticamente todas las ideas económicas erróneas (sobrevaloración de la moneda nacional, privilegio del sistema financiero privado por sobre el sector productivo, entrada irrestricta de la inversión extranjera, eliminación de los Consejos de Salarios, disminución de las retribuciones al trabajo y las jubilaciones, etc.), desarrolladas en los gobiernos que van de 1985 a 2004, y que, en plena Crisis del 2002 –provocada por esas ideas- mientras la gente se suicidaba o emigraba en masa y los niños comían pasto, declaró solemnemente que “estos no son tiempos de Keynes”, justo antes de que el economista inglés y sus seguidores volvieran como salvadores de la Gran Recesión 2007 – 2010, que se inició en 2001 con la “Crisis de las punto.com” en EEUU y Europa, provocada por la voracidad financiera que siempre impulsaron los neoliberales. Cuando Talvi comprendió que debía mimetizarse en «progresista y liberal» y hablar del «Estado de Bienestar» (expresión que remite a Keynes, José Batlle y Ordóñez, Franklin D. Roosevelt, a quienes los neoliberales abominan), el blanco preferido de Talvi pasó a ser “la calidad de la educación”, pasión que comparte con el también neoliberal Pablo Da Silveira, seguidores ambos de la teoría de los “bonos de educación” (como si un chiquilín del barrio “40 semanas” con dichos bonos pudiera hacer fácilmente su carrera en nuestras selectas universidades privadas), y de experiencias como el Liceo Jubilar. Lo que buscan es la privatización de la enseñanza, eliminar el modelo vareliano que ha sido en nuestro país el gran elemento igualador y democratizador. El más lapidario con Talvi fue el presidente José Mujica, quien en su momento, interrogado sobre declaraciones del economista contestó cancheramente: “Critica desde la tribuna. Estos economistas critican pero no bajan a la cancha. Mire, cuando Jorge Batlle, en plena Crisis del 2002, necesitó un economista para el Ministerio de economía, se rajaron todos, los catedráticos se fueron al mazo, y tuvo que agarrar el flaco Alejandro Atchugarry, que no es economista, que es abogado de profesión (…) Así no, papá –remató el primer mandatario- me gustan los jugadores que se comprometen, no sólo los que critican. Me gustaría que estuviera en la concreta, tirando de las varas”. Reiteramos, detrás de las palabras «progresistas» de Ernesto Talvi, late el gran proyecto de la derecha uruguaya, diseñado por Ramón Díaz: privatizar las empresas, bancos y educación pública, rebajar las retribuciones al trabajo presente y pasado (trabajadores activos y jubilados), y aumentar las exoneraciones fiscales a los más privilegiados, para que elijan el destino del dinero que tienen que destinar al pago de impuestos. Que nadie, ningún frentista, ningún ciudadano, festeje los fracasos pasados y dislates presentes de Ernesto Talvi. Es un vocero que reviste el mayor peligro porque viene arropado por todos los centros de poder real en Uruguay (las cámaras empresariales, el Opus Dei, El Observador, Búsqueda, El País, radios y canales y los principales dirigentes colorados), y maneja argumentos con engañosa solvencia (ha logrado engañar nada menos que a la Brookings Institution, el gran think tank demócrata de los EEUU que le armará la campaña electoral, según declaró a El País), no como Pompita, cuyo fracaso es medido por las encuestadoras y por sus compañeros que lo señalan como «el mejor candidato para salir segundos» del Frente Amplio. ¡A redoblar!

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