SEGUNDA PARTE

Terra y Herrera

Por Leonardo Borges.

¿Quiénes eran Gabriel Terra y Luis Alberto de Herrera? ¿Quiénes eran por los años 30 y 40 en aquel conflictivo contexto? Analizar tiempos lejanos no debe ser en ningún caso un juicio ni un escarnio, sino un intento de comprensión de otro tiempo y otras circunstancias. ¿Quién era aquel Herrera conservador y tildado de derechista (muchas veces de forma anacrónica), pero que defendía la soberanía latinoamericana y que se carteaba con los referentes del peronismo y el antiimperialismo de aquellos tiempos? ¿Era aquel hombre un fascista criollo? Era un hombre capaz de decir sin cortapisas ante la Cámara de Senadores: “Pensar, señor presidente, que se arrancó la cruz que estaba al frente de los camposantos; algo bárbaro, que nunca nadie concibiera, digno de los desbordes bestiales de la Comuna: que la cruz no se niega, no sólo se quitó de los hospitales, a título de respetar el sentimiento de todos -cuando la cruz es universal, sino que también se la persiguió en las tumbas, y nuestros pobrecitos muertos fueron despojados del manto de piedad, de respeto y de cariño encarnado en el símbolo de la civilización cristiana”. Ese fue el resultado del batllismo según el caudillo blanco, que claramente pretende volver al pasado en estos menesteres. La sociedad ordenada como lo supo estar, la que tantas veces añoró. Así lo plantea con énfasis Eduardo Víctor Haedo, colaborador directo de Herrera: “[…] esa democracia a la que siempre pertenecemos fieles, democracia con noción de jerarquías, con respeto de las condiciones superiores, erguida no brutalmente, para permitir el gobierno de los más sino desenvuelta dentro del orden, para obtener la dirección de los más capaces”. Fue a Herrera justamente a quien le adosaron las versiones malintencionadas que lo acercaban al fascismo (aquella “embestida baguala”) y al nazismo por dos razones; una estratégica (en aquel ambiente político), debía ser a él y no a otro; la otra es que Herrera en aquel ambiente se acercaba a los nacionalismos europeos más de lo que lo haría hoy. Es interesante que en 1933, en medio de la crisis desatada por la institucionalidad de Uruguay, Herrera proyectó y publicitó una “Marcha hacia Montevideo”. La meta era derribar el colegiado desde todos los rincones del país. Se pretendía marchar hacia la ciudad “egoísta”, “con armas o sin ellas”, con hombres de todos los partidos, “soldados y civiles”. Si bien Herrera lo asoció con la marcha que llevó a Getulio Vargas al poder y que comenzó en Livramento (lo cual es para analizar), es claro que algún ciudadano medianamente informado, en aquellos tiempos, podría asociarlo con la “Marcha hacia Roma” que realizó Benito Mussolini. No decimos con esto que fuera ideológicamente nazi ni fascista, sino que hay que comprender las sensaciones térmicas de las épocas y luego comenzar con los hechos. No por casualidad Eric Hobsbawm menciona que en los años de entreguerras agitar una bandera generaba cierta legitimidad. Comprender el corrimiento hacia la derecha de la política internacional, bajo banderas nacionalistas, militaristas, y cómo aquel Uruguay no estaba ajeno a estos movimientos. Por último, el tan conocido problema de las bases militares estadounidenses que se pretendía instalar en territorio nacional. La neutralidad, planteada por Herrera, en un mundo de extremos, significa una ofensa a unos y otros. A Estados Unidos (y los sectores políticos uruguayos proestadounidenses ) y a la URSS (y a los sectores prosoviéticos). El Directorio del Partido Nacional nos sintetiza su pensamiento: “1). Que sin perjuicio de reconocer ampliamente a todos los afiliados el derecho a simpatizar con cualquiera de los actuales beligerantes, reitera su adhesión a la política de estricta neutralidad y señala su radical discrepancia con toda actitud que pueda conducirnos a la guerra”. No hay que esforzarse mucho para intentar entender cómo este documento puede haber caído en los simpatizantes del bando aliado. Libertad de elegir; ¿elegir entre libertad y autoritarismo? Haedo planteaba en aquella sesión, sin ser refutado, que “en nuestro país cada uno tiene la idea que quiere, participa en los sentimientos, con respecto a uno u otro de los beligerantes con absoluta libertad”. Todavía en 1944, un 16 de julio, Herrera declaraba: “[…] queremos seguir siendo dueños absolutos de nuestro destino y estar libres de presiones extrañas […]”. En 1944, con la guerra casi a término, Herrera continuaba con su postura. De ahí que los sectores proaliados,creyeran desde su perspectiva que el caudillo blanco podría estar involucrado con el eje, o por lo menos se hacía más fácil el intento de acercarlo. El otro tema -sobre las bases militares- también generó un gran debate a la interna del escenario político. Inmediatamente después de que Estados Unidos esbozó un intento de colocar bases en el Río de la Plata en la preparación de la Conferencia de la Habana, en julio de 1940, Herrera se despachó: “Se insinúa para dorar la píldora que ‘las bases’ serían panamericanas, o sea, de todos para todos. Pero ¿qué clase de conventillo internacional sería ese?, ¿quiénes administrarían esas peligrosas fortalezas? […] Bases extranjeras en Uruguay o bases propias levantadas con el oro extranjero serían, eso sí, bases de nuestra inconmovible y futura esclavitud. Bases en Uruguay será de hoy en adelante una mala palabra que no podemos ni debemos pronunciar. A otro perro con ese hueso y líbrenos Dios de nuestros ‘amigos’, que de nuestros enemigos nosotros nos sabremos librar”. Un estilo coloquial que a los uruguayos de este milenio se nos hace familiar. El nacionalismo herrerista podía ser visto como cercano a los fascismos, simplemente porque desde el punto de vista de aquellos tiempos, para algunos protagonistas, lo estaba. Primero (y esto lo comparte con terristas), la importancia que le da a la patria, a la nación, a través de algunas prácticas concretas. Haedo planteó, en aquella sesión de julio del 40, la falla fundamental de los “demagogos” con respecto a la historia nacional, pilar fundamental del amor a la patria. (Cuando culminó con este tema, la versión transcribe “Muy bien”). No es algo nuevo el utilizar la historia nacional como instrumento de amor a la nación y una forma de generar “hombres de patria”  comprometiéndolos en ella. Y no es un exceso -siempre mencionando que hablamos de época de extremos- que los manuales nazis toman la historia nacional como pilar fundamental: “Su tarea no es transmitir solamente conocimientos teóricos, sino aumentar el amor de cada hombre sobre su país natal”. Ese amor a ultranza a la nación, y la certeza de que a través de su historia se lograría el amor deseado, es una idea que subyace en esta época, en estos tiempos. Tiempos, que como bien dice Hobsbawm, son de supremacía de las derechas con respecto a las concepciones de las izquierdas. En segundo lugar, se debe analizar un concepto complejo y que fue planteado por un correligionario de Herrera -Haedo-: el espíritu nacional. En este “espíritu” se basa para desprestigiar al batllismo, porque, según él, fue este quien lo destruyó y cree (sin refutación alguna en el Senado) que la Revolución de Marzo (el golpe de Terra) lo está reconstruyendo. El tenor nacionalista del concepto no es discutible. Estas concepciones, que son al parecer de consenso(la versión taquigráfica de la sesión transcribe, luego de las palabras de Haedo sobre el espíritu nacional y Terra, “Muy bien”), nacen de ideologías derechistas. “Es misión esencial del Estado, mediante una disciplina rigurosa de la educación, conseguir un espíritu nacional fuerte y unido e instalar en el alma de las futuras generaciones la alegría y el orgullo de la patria”. Este es uno de los 26 puntos de la Norma Programática del Movimiento, de la Falange, según José Antonio Primo de Rivera. No se pretende la asociación directa y simplista que nos llevaría a la conclusión fácil y errónea, sino que los conceptos, en un mundo de extremos, se asemejan, y muchas veces, buscando otros horizontes, se utilizan iguales carriles. Es interesante que para la Falange la forma de encontrar ese espíritu nacional es a través justamente de la formación militar: “Todos los hombres recibirán una educación premilitar que los prepare para el honor de incorporarse al Ejército Nacional y Popular de España” . Bajo esta realidad de extremos un ciudadano imparcial podía interpretar esa ley o los conceptos de los legisladores como fascistas. Más si conocía el programa político del movimiento fascista italiano, que planteaba como punto fundamental: “a) Creación de una milicia nacional, con breves períodos de instrucción y fines exclusivamente defensivos”. Y estos conceptos de nacionalismo y espíritu nacional eran piedras fundamentales de los movimientos de derecha, tanto como el ejército y la militarización de la población, a través de la instrucción o el servicio militar (ley que vio la luz en julio de 1940). No es que de hecho fueran fascistas, ni Haedo ni su caudillo Herrera, sino que en aquella situación ese tipo de nacionalismo se acercaba a la ideología del eje. Desde la defensa de la elección de bando, la no condena de Alemania ni Italia, la declaración de neutralidad, hasta el no querer las bases del principal país aliado (por razones de soberanía), son prueba de que el herrerismo tiene en sus cimientos, dentro de la lógica de la que hablamos, un cariz nacionalista en exceso. Y ese nacionalismo le valió grandes problemas durante la guerra. En 1940 se crearon leyes en contra de actividades antinacionales, o sea, nazis o fascistas. Se armó una junta en la que fueron excluidos los herreristas, amén de su actitud con respecto a la guerra. Una extraña alianza (tácita) entre baldomiristas y comunistas jugó un papel importante en la lucha antiherrerista. Ya para 1941 Baldomir pide la renuncia de los ministros blancos, lo que vislumbra ya el golpe de 1942, en el que Baldomir se separa de aquella vieja coalición entre terristas y herreristas. Pero resulta cristalino que la posición de Herrera y los herreristas con respecto a la guerra, a la neutralidad, a la libre elección de bando, al papel del ejército, denotan un inusual pensamiento nacionalista. No quiere decir esto que lo fueran, sino que en aquel contexto las relaciones parecían naturales. Queda por baranda analizar al líder del Partido Colorado por aquellas estaciones: Gabriel Terra.  

Compartir: