Tiempo de ocasiones

Por Celsa Puente.

Aunque el carnaval nos regale sus sonidos y colores y el verano -que  este año está tan remolón y no termina de asentarse-  esté aún en pleno desarrollo, es bueno recordar que estamos apenas a un mes de iniciar las clases. En educación media, ese inicio está precedido del mes de febrero -período de exámenes-, a mi juicio, un tiempo de oportunidades sobre el que reflexionar. Cada año lectivo puede y debe configurarse como una nueva ocasión, y  el propio mes de febrero, como período de exámenes, lo es o debería ser percibido como un mes de ocasiones valiosas. Más allá de que el examen como mecanismo es obsoleto -de este tema ya he hecho planteos en otras columnas-, es la única herramienta vigente que tenemos hoy para acreditar y es, por lo tanto, de mucha importancia. Quizás el lector crea que hablo de hechos banales, un examen o a lo sumo del fallo de un año lectivo, pero a mi me gustaría poner en la mesa  la importancia que para un adolescente puede tener esta situación. Para muchos estudiantes es el punto de inflexión entre quedarse dentro del sistema educativo formándose o instalar su destino en otro lado, muchas veces, y sin dramatismos, en la calle. En muchas oportunidades, los estudiantes se dejan ganar por el desánimo, no rinden sus exámenes o los rinden sin preparación y los pierden y no quieren volver más al liceo.

La pedagoga argentina Graciela Frigerio suele hablarnos del insoportable dolor frente a lo injusto. En este sentido, nos plantea una distinción entre el dolor individual, el que corresponde a la biografía personal, ese dolor que se aloja en los “vericuetos del alma” del sufriente, y el dolor de carácter político, aquel que surge por ausencia de políticas subjetivantes o, mejor dicho, el que surge de la vivencia de políticas des-subjetivantes. Es una interpelación para ver si podemos hacer otra “cosa” con lo cotidiano, salir de la resignación aceptando que algunos lo tienen todo en términos de oportunidades y a otros no les toca casi nada, poder “suspender los automatismos”, usando las palabras de la autora, y crear otras experiencias habilitantes.

¿Podríamos gestar en la vida cotidiana otra suerte de experiencias, encuentros con los otros que devengan en oportunidades, en instancias habilitantes? La autora nos moviliza con una definición de la educación que apunta a distribuir la herencia designando a todo el colectivo como heredero y llevar a cabo ese reparto con el desafío de habilitar a todos y todas a decidir acerca de la interpretación y modificación de esa herencia.

Entonces, el desafío es que el encuentro con cada joven o adolescente devenga en oportunidad y esto es fundamental mirado desde los centros educativos a lo largo de todo el año, pero en este momento, en febrero, especialmente. Es necesario que todos los adultos estemos dispuestos a buscar ese vínculo para que nuestros jóvenes no se pierdan. La desilusión, vestida a veces de desinterés, puede mover a que muchos chiquilines no se acerquen al liceo, no vengan a dar sus exámenes pendientes y finalmente terminen desvinculados del sistema educativo con el consiguiente deterioro del proyecto de vida. Ya sabemos que hoy, para tener en el mundo un mínimo de posibilidades de desempeño laboral en condiciones de aceptabilidad, es necesario contar con al menos 14 años de desarrollo educativo. Es decir, lo que antes se conseguía con la cursada de la escuela primaria hoy se consigue con 14 años de desempeño. Y también sabemos que cursar esos 14 años no es un antídoto salvador, no nos asegura eficientemente el éxito en la vida futura, pero lo que sí sabemos es que no cursarlos es un pasaporte seguro al fracaso. Así que en estas líneas estoy haciendo un llamado a la conciencia de los adultos para que acompañemos a nuestros jóvenes en la decisión de acercarse al liceo, ir a las clases de apoyo y rendir sus exámenes.

Graciela Frigerio dice que hay tres verbos que son esenciales en estas instancias: resistir, interrumpir e inaugurar. Resistir para combatir “la aplicación automática de reglas acerca de las cuales no nos cuestionamos su sentido”. Resistirnos a pensar que es natural y esperable que en este mundo algunos tienen de suyo destinos resueltos en buenas condiciones y otros no tendrán nada. Resistir a formar parte de la perpetuación de la injusticia. Resistir a aceptar anestesiadamente un mundo que nos clasifica y por tanto nos etiqueta desde siempre y construye la profecía autocumplida de fracaso. Por eso es necesario interrumpir la “repetición que no porta elaboración”; es interponerse para que no se cumplan las profecías de fracaso a los jóvenes de los sectores populares. En consecuencia, es necesario inaugurar, abrir un nuevo tiempo, hacer que algo devenga posible cuando todo parece indicar lo contrario. Proponer una nueva organización del mundo para modificar posibilidades y generar un trabajo de pensamiento, elaboración y simbolización inéditos.

Febrero nos espera con ansias de un año lectivo con posibilidades. Es tiempo que los adultos trabajemos para que los jóvenes puedan superar sus dificultades y exploren las posibilidades latentes que tienen para reconfigurar sus vidas. Estimulémoslos para seguir estudiando, para dar sus exámenes, para superar el temor y enfrentar la adversidad. Ellos nos necesitan.

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