Por Lucía Masci
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Retomando la estrategia de Goebbels, solo que esta vez con alcance planetario, los medios del mundo se lanzaron a repetir unas “mentiras que (pronto) se convirtieron en verdades”, pero no solo por su repetición, sino porque se encarnaron rápidamente en una acción humana muy verdadera que, al “actuarlas”, las verificó.
Así, en pleno festival de tapabocas, protocolos sanitarios, tecnologías de rastreo y fichaje, confinamiento a base de represión, y ahora certificados digitales y pasaportes de inmunidad obligatorios, la pandemoníaca operación viene ejecutándose a nivel mundial con vertiginosa aceleración gracias a la colaboración de los gobiernos de la mayoría de los países del mundo, y de sus poblaciones sometidas a la vieja táctica del miedo, por el momento al virus.
Cabe recordar, en este sentido, que la estrategia del miedo tiene varias aristas y que no se trata solo de inducirlo, sino también de direccionarlo hacia un identificable y común “adversario”, en este caso el virus, pero también el potencial “apestado”, la “suciedad”, los “malos hábitos”, el propio “contacto humano”, entre tantos nuevos proliferantes “enemigos” a ser “combatidos” por ese “nosotros” que se construye y refuerza mediáticamente, aunque se sepa desde el inicio que nosotros, los humanos, transformados como adelantaba Baudrillard en ese “sucio y pequeño virus”, no somos más que los rehenes y el botín de esta guerra.
Porque siempre que hay “nosotros”, hay “los otros”, y en este caso son quienes no pueden cumplir las repentinas directivas porque sufren hacinamiento, hambre que se resuelve saliendo a trabajar, o falta ya no de alcohol en gel, sino de agua potable, entre otros recursos materiales y circunstancias vitales que los nuevos protocolos y moralidades exigen a los “nuevos normales”.
Así los pobres -multiplicados por los despidos masivos y otros efectos de la crisis que los pone definitivamente contra las cuerdas- nutren las filas de esa “otredad”, hoy específicamente identificada. Y así mientras la solidaridad acude y resurgen las ollas populares, resurgen también los abusos policiales y se disminuyen los derechos y garantías, en el marco de sociedades que ya venían desarrollando tendencias discursivas habilitadoras del recrudecimiento de los mecanismos de represión y el fortalecimiento de los aparatos coercitivos que hoy vemos desplegados, y a la caza de nuevos mártires. En el caso de Uruguay, la precipitada imposición de la LUC es una muestra de este impulso.
Así, la pandemia aterriza sobre sociedades ya divididas, confundidas, infantilizadas, adictas al frame de las noticias policiales, protofascistas, y que no dudan en apoyar los arsenales de medidas represivas que todos los países vienen adoptando y recrudeciendo con la coartada de la pandemia, pero que venían ya siendo instigadas por un discurso mediático funcional a los intereses de las élites que detentan esos medios, esos discursos, esos oportunos “miedos”.
Porque queda claro a esta altura de la pandemia, que el objetivo principal de la operación es, como lo venimos adelantando, el desmantelamiento de esas “democracias liberales” que, a la luz de la transparencia aparecen hoy (como el rey en Hamlet) vestidas con “harapos y remiendos”, por no decir directamente desnudas.
Es el fin de la hegemonía de un modelo, está claro. Solo que esta mutación es impulsada por el propio sistema capitalista, mediante lo que puede leerse como una crisis sistémica (y no del sistema), es decir, como una profundización (o nueva fase) del modelo.
Así el capitalismo, que ya se encontraba en esa fase virtualizada y “simbólica” en la medida en que el tractor de la economía se ubicaba ya en el intercambio de símbolos entre humanos conectados, se encuentra hoy en una nueva etapa que exige conectividad total y migración (traducción) de lo humano a una sociabilidad virtual administrada por una inteligencia artificial totalizante, y cuyos mecanismos permanecen (como en Matrix) ocultos tras los inocentes “macaquitos” que hacen amigable y lúdico el tránsito por las redes que hoy configuramos y nos configuran.
Se trata de un mundo tecno-científico hecho a base de “expertos” financiados, y a la medida de los sueños eugenistas de las élites, hoy concretados en los desarrollos de las industrias que se presentan como prioritarias por las empresas que las detentan y poseen, incluida la industria farmacéutica y las investigaciones asociadas al control del elemento humano (o a la necesaria “despoblación”, como se sospecha desde la publicación del “Plan 1, 3, 30” de Bill Gates y la Fundación Rockefeller para Estados Unidos), mientras colapsan los sistemas de salud, los sistemas educativos, el mundo del trabajo, las relaciones sociales y familiares y las economías de la mayoría de los países del globo.
Espectadores emancipados
Pero “la política” -dice el filósofo y politólogo argentino cuya reveladora lectura de Hamlet venimos acompañando- “se define exactamente en esa tensión, en ese punto de cruce entre las instituciones formales y las prácticas sociales […] entre la “instituciones políticas” y las “acciones políticas”, entre los poderes constituidos de los Estados y el “poder constituyente” de la multitud, entre las “instituciones” y los “acontecimientos”, entre la autoridad y la novedad”.
De modo que incluso en las dos acepciones de su “terminalidad”, lo humano es siempre capaz de volver a disputar los sentidos y a retomar la aparentemente adormecida “batalla de ideas”, es decir, de reideologizar los conflictos, de desclientelizarlos, desburocratizarlos, descorporativizarlos, desmercantilizarlos, y de reencauzarlos hacia su más productiva y liberadora potencia.
Una flor en el éter
Así, en este contexto de explotación, control y exclusión, se dispersa en el éter una flor incompleta. Una flor silente que persiste. Flor uruguaya pluriversionada, símbolo que viaja junto con cientos de retratos de los detenidos-desaparecidos de la última dictadura.
Señala la ausencia de los cuerpos de los muertos, pero también la ausencia de justicia, de verdad, de juicio y de castigo a los responsables de esas desapariciones forzadas.
Los rostros -que son fotografías de una vieja fotografía pegada a un cartel- son refotografiados bajo esa forma “acartelada” que vive y revive, año tras año, en los brazos de quienes portan a sus muertos; en los brazos de esos familiares que “somos todos”.
Producto del confinamiento, pero también de las provocaciones de quienes hoy reivindican, incluso desde posiciones de gobierno, el terrorismo de Estado perpetrado durante la última dictadura cívico-militar, la 25ª edición de la Marcha del Silencio fue una de las más masivas y convocantes de los últimos tiempos.
Multiplicada en participantes, generaciones y formas expresivas que poblaron las redes con las más diversas campañas de visibilización de la importante causa en medio del intento de distracción masiva, sorprendió el alcance de la que fue convocada como una “marcha virtual”.
El sinnúmero de creaciones -incluidas las de muchos artistas- demostró no solo la magnitud del reclamo, sino la necesidad de revisar el estatuto del arte en este nuevo contexto que lo requiere no como “mercancía”, sino como forma del pensamiento y mecanismo de defensa, como resistencia de eso que no se pierde en el inducido olvido, porque se asocia a la memoria humana, a una ritualidad y a un sentido, como es el del reclamo de verdad y justicia, pero también el de la defensa de las ideas -claramente no perimidas- que llevaron a esos uruguayos a esa muerte.
Y es que si en ese momento el proyecto de las élites no admitía -como no admite hoy- oposiciones, la acción apuntó a destruir “de raíz” (eso repetían los militares) cualquier idea distinta de las que imponían esos terrorismos de Estado implantados, como se sabe, por Estados Unidos en los distintos países latinoamericanos que “conquistaron” de ese modo, por la fuerza, y con la complicidad de parte de los aparatos represivos (ejércitos) locales, pero también de los aparatos ideológicos (medios, educación), y de las poblaciones civiles (de allí lo de “cívico-militar”).
Y es que además de perseguir, aterrorizar, torturar, violar, secuestrar, asesinar y “desaparecer” a cientos de hombres y mujeres, jóvenes y niños, la operación benefició a varios uruguayos que aún gozan de los privilegios económicos y políticos obtenidos por su “colaboración” (complicidad) con esa masacre que marcó para siempre a todas las generaciones uruguayas, y sobre todo a esas familias que hoy no se reducen a la imagen de un descendiente abrazando una foto, sino que se encarnan en una multitud dispersa pero “presente”, que devolvió a los muertos (y también a los vivos) al espacio público y a la expresión colectiva de un dolor y de una rabia cuya potencia se tradujo en ese rugido: “¡Presente!”, que se escuchó tras la lectura de cada uno de los nombres de las víctimas, estremeciendo la plaza y las redes.
Porque el grito vino de las calles, de los balcones, de las ventanas de edificios y de casas, pero también de las pantallas en las que se multiplicó, en un homenaje extendido a todo el país y que adquirió también dimensión global, gracias al trabajo de la asociación “¿Dónde están?” y al impactante video -realizado por el cineasta Gonzalo Arijón- que convocó a “la marcha” a 350 personas de 27 países.
Toda esta simbología éter-izada, producida y actuada en su forma cefalópoda pero marchante, dejó muy en claro que no existe ni olvido ni perdón, y que ese “¡Nunca más!” ha de ser más fuerte que nunca en este contexto en el que tanto a nivel mundial como local, resurgen los discursos de quienes reivindican y alientan (incluso desde el gobierno) esa forma tan aberrante, tan inaceptable, de lo humano.
Porque tal como lo mostró Pavlovsky en su emblemática pieza Potestad, y como lo demostró Hannah Arendt en su conceptualización de “la banalidad del mal”, importa recordar (para que el miedo a lo “monstruoso” no paralice) que se trata siempre (aún) de lo humano.
Tragedia de la acción
Se sabe, de todos modos, que la magnitud del reclamo es proporcional a la magnitud de la omisión de aquellos a quienes el reclamo se dirige, es decir, a esa clase política que hoy sabemos inexorablemente atada o “al servicio” de las corporaciones que gobiernan de hecho (es decir, “de facto”) el mundo.
De tal modo, la “representación” (en ambos sentidos) resulta brechtiana por el “distanciamiento” o más bien por la “transparencia” de sus mecanismos, y atrapada entonces (durante el ejercicio de esa “representación”) al interior de un sistema que es estructuralmente antidemocrático, corrupto, antihumano y procapital, como es el capitalismo en su versión “globalitaria” (M. Santos), esa clase política no puede hoy sino obedecer, también, a los dictados del nuevo orden que se impone.
Trágicamente, por cierto, ya que el tiempo de las izquierdas latinoamericanas no alcanzó (como no alcanzó el propio Hamlet) a oponerse a esas fuerzas, sino que -como el atormentado príncipe- dudó, procrastinó, y se limitó así a administrar, a ordenar, a engordar el botín que no dejó nunca de pertenecer a esas élites que ahora vuelven “por lo suyo”, apoyadas como siempre en sus esbirros y brazos ejecutores: las derechas políticas, los medios cómplices y los aparatos represivos.
Peras al hombre
En este contexto, algunos buscan sumar causas justas a la noción expandida de “oportunidad”, y una (nueva) carta de condonación de la deuda externa de América Latina es redactada en marzo por varios políticos latinoamericanos reunidos en el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).
El mecanismo retórico recuerda a la canción “Demarcaçao Já!” que entonaron reconocidos músicos brasileños en un esfuerzo (siempre retórico, siempre sabidamente “inútil” en última instancia) por detener la matanza, destrucción y bestial arrasamiento de las culturas indígenas del Amazonas.
“Ya que desde hace más de cinco siglos, y de ene ciclos de etnogenocidio…” comienza argumentando esta canción que se dirige a unos poderes que seguirán, como sabemos, ensañados y arrasando, definitivamente sordos a esas voces que desoyen intencionalmente, desde siempre.
En cuanto a la carta (y de allí la semejanza retórica), plantea: “Ahora que el mundo ha asumido un tono más humano y cooperativo en lo económico ante la pandemia del Covid-19 […] solicitamos la condonación de la deuda externa soberana de los países de América Latina por parte de FMI y de otros organismos multilaterales (BID, BM, CAF)”.
Innegable la justicia de los pedidos, y “probar” (en ambos sentidos) “no cuesta nada”. Pero es preciso saber que no estamos en un mundo justo, sino en un mundo en descomposición, donde todo indica que tanto los reclamos de la canción como los de la carta seguirán el mismo desafortunado curso.
No obstante, ambas flotarán “izadas en el éter” como la flor incompleta, con la esperanza acaso de (re)encontrar un eco de lo humano, porque “así como no hay cultura allí donde los hombres no piensan en el futuro y en sus hijos, tampoco hay cultura allí donde los hombres no piensan en el pasado y en sus muertos”.
De allí que las relaciones entre arte, política y comunicación adquieran hoy un lugar central en las problemáticas de nuestro tiempo, tanto como los aportes críticos de la disciplina que, aunque desatendidos en el nivel local de la misma, resultan no obstante imprescindibles para producir pensamiento propio acerca de este mundo que comienza a manifestar, bajo nuevas formas, sus peores, viejos y conocidos rasgos.