MÉXICO AL FRENTE DE LA CELAC:

¿Un reinicio de la integración regional?

Desde que México asumió la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), las expectativas de diversos países están signadas en los cambios que pueda promover este país en el bloque conformado por 33 naciones de América Latina y el Caribe.

Ahora bien, dadas las actuales circunstancias en las que se encuentra la región, cuya integración en los últimos años por los cambios de gobierno y la agenda violenta de los Estados Unidos, que se ha visto afectada, resulta un reto para los mexicanos promover los cambios esperados durante el lapso que le corresponde presidir el organismo multilateral.

Creación y estancamiento de la Celac

Según el politólogo chileno Francisco Rojas Aravena, en su ensayo La Celac y la integración latinoamericana y caribeña: principales claves y desafíos expone que el organismo representa un esfuerzo de integración política superior en América Latina y el Caribe, que surgió impulsado por el liderazgo de las dos potencias regionales, México y Brasil.

Si bien hay que reconocer a estas potencias como grandes influyentes en materia económica, social y cultural, también es necesario subrayar la importancia capital en términos de liderazgo regional que tuvo el presidente Hugo Chávez en la creación del organismo multilateral.

La Celac fue creada el martes 23 de febrero de 2010 en sesión de la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, en Playa del Carmen (México), y se consolida en la Cumbre de Caracas, realizada los días 2 y 3 de diciembre de 2011. A pesar de las diferencias políticas existentes en ese entonces, la consolidación del bloque representó un reto para la integración regional sin los países anglosajones: Estados Unidos y Canadá.

También es justo resaltar que los primeros signos de integración en el continente se realizaron en Sudamérica. Antecedentes evidentes como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) fueron los primeros pasos para consolidar una integración a partir de una identidad regional. Esto fue posible gracias a los liderazgos que emergieron luego de la llegada de la Revolución Bolivariana.

Ya en los primeros años de la Celac, cuando hubo voluntad política para consolidar la integración, resultó difícil llegar a un consenso debido a las diferencias marcadas, a pesar de que el bloque se planteaba presentarse como un actor importante en el gran escenario de las decisiones en el contexto global.

En los últimos años, han sucedido cambios en la geopolítica regional que fueron erosionando la integración regional. Actualmente, con una participación más frontal de Estados Unidos y con el bloque fragmentado, se presenta un gran reto para la diplomacia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que busca retomar el camino de la integración.

Retos propios

El gobierno de López Obrador enfrenta retos regionales y locales. Estos últimos tal vez sean los más complejos, en tanto que tiene que lidiar con las estructuras históricas que dejaron los gobiernos neoliberales que lo antecedieron. Por otra parte, la relación simbiótica con Estados Unidos se presenta como un reto mayor debido a las relaciones comerciales, políticas y demás inercias establecidas, que marcan una relación de dependencia.

A pesar de esto, es reconocible que el actual gobierno mexicano tiene la voluntad de relanzar sus relaciones diplomáticas en el continente.

Hay varios elementos que tal vez pudieron centrar la mirada sobre México como el nuevo “salvador” en la región. En primer lugar, el quiebre de la lógica de gobiernos de derecha con el triunfo arrollador de AMLO, en 2018, fue un momento clave por el impacto que causó.

Esto se debe a que en mucho tiempo la izquierda mexicana no había podido derribar el andamiaje bipartidista (PA-PRI). En el caso del actual mandatario, después de tres intentos y comicios fraudulentos, llegó al poder con 30 puntos por encima de su rival más cercano, lo que representó un triunfo histórico.

Después de tanto tiempo con una postura servil a los Estados Unidos, sorprendió que el gobierno de AMLO reafirmara su política de no intervención en los asuntos políticos de otras naciones. “Nosotros estamos por la solución pacífica de las controversias y por la cooperación para el desarrollo”, dijo luego de su investidura como presidente.

Esta decisión fue evidente por su distanciamiento del Grupo de Lima y su disposición de mediar en la crisis política de Venezuela. Sin duda alguna, estas acciones contrastan con la política injerencista del gobierno anterior liderado por Enrique Peña Nieto, que incluyó, entre otras cosas, la retención de alimentos destinados al programa estatal Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP).

Que el nuevo presidente mexicano invitara al presidente Nicolás Maduro a su investidura en el cargo pudo constituir un acto simbólico de “rebeldía” frente a la política exterior estadounidense. Esto se debe a que Venezuela ha sido acorralada por Estados Unidos, su tributaria Organización de Estados Americanos (OEA) y gobiernos satélites congregados en el Grupo de Lima como un elemento negativo en la región.

Otro elemento alentador para muchos fue la actuación de México durante el golpe de Estado en Bolivia contra Evo Morales. Para salvar la vida del líder indígena, el gobierno mexicano, a través de su canciller Marcelo Ebrand, dispuso de las herramientas diplomáticas necesarias y un avión de la Fuerza Aérea Mexicana para trasladar a Morales a un sitio seguro. El itinerario de vuelo con escala en Paraguay resultó aparatoso en tanto que algunos países se negaron a prestar su espacio aéreo.

Ciertamente, esta nueva posición de México en el plano geopolítico es un refrescamiento ante la influencia de ejerce Estados Unidos en la región y su apuesta a la desintegración. Sin embargo, cabe preguntarse si ante la fragmentación del continente y las dos grandes aceras políticas no se le está entregando una responsabilidad demasiado grande.

También tiene relevancia el rol que ha jugado México protegiendo a exfuncionarios del gobierno de Rafael Correa en Ecuador y que les han solicitado asilo político, luego de permanecer refugiados en la embajada mexicana en Quito por persecución del gobierno de Lenín Moreno.

Si bien el gobierno de AMLO tiene la voluntad de generar los cambios necesarios y con las acciones recientes ha jugado a ser contrapeso ante la derecha regional, en los últimos años han ocurrido cambios sustanciales en el tablero geopolítico.

Por ejemplo, los gobiernos de Brasil, Bolivia y Ecuador, que durante los primeros años de la Celac tuvieron una postura entusiasta respecto a la creación del organismo, actualmente tienen una posición contraria. Bien sea por golpe de Estado, viraje inesperado o agotamiento en la política interna, estas naciones tributan al otro bando: a la política exterior de los Estados Unidos.

Ante este panorama y pese a las circunstancias propias que enfrenta el país azteca, hay que reconocer que su actual posición política resulta un alivio para los países históricamente de izquierda como Nicaragua, Venezuela y Cuba, que jugaron a la resistencia ante la arremetida y el cerco estadounidenses.

¿Un plan de trabajo ambicioso?

El 8 de enero, cuando México asumió la presidencia pro tempore de la Celac, el secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard, dijo que “se quiere hacer de la comunidad el instrumento más poderoso de cooperación de Latinoamérica y el Caribe”.

Para este fin, Ebrand presentó una agenda con 14 desafíos integracionistas al tiempo que sentenció que durante el mandato de su país en la organización “no se van a discutir los mismos temas que se discuten en otros foros”, que se refieren exclusivamente al tema político tocado en otras instancias multilaterales como la ONU, la OEA o el Grupo de Lima.

Con esto, la diplomacia mexicana pasa tangencialmente a posibles confrontaciones con la política exterior de los Estados Unidos para la región. Una dimensión real que contrasta con la responsabilidad que se le quiere entregar a México para que funja como muro de contención ante el avance de la política imperial. Lejos de “politizar” el ente, los mexicanos van en la vía contraria.

Contrario a esto, la agenda apunta a un desarrollo sustentable, usando como base el impulso de la ciencia, la tecnología, la prevención de desastres y el combate a la corrupción. Por otra parte, el jefe de la diplomacia mexicana se refirió a la pobreza como un elemento ante el cual hay que unir esfuerzos para combatir, esto a propósito de una de las propuestas que contempla el desarrollo del turismo común entre las naciones del bloque.

En este caso en particular, tampoco se mencionan las políticas neoliberales como causas de dicha tragedia, más la agenda estadounidense que ha causado estragos en Venezuela.

Apelando a la realidad política regional y frente a las propias contradicciones de la política mexicana y su gobierno de “izquierda moderada”, la posición de los mexicanos frente a la Celac, probablemente, va a contrastar con muchas expectativas, como aquellas que refieren a México como un nuevo factor de liderazgo para “restaurar” un auge de la izquierda y el rol contrahegemónico que tuvo la Celac al ser instalada en Caracas.

Sin embargo, esa posibilidad no resta mérito a la gestión presidida por López Obrador en la Celac; por el contrario, hay que reconocer su papel actual en el intento por tratar de mantener la estabilidad política en la región a través de una diplomacia de paz.

No busca una confrontación con otros actores geopolíticos del continente. Bien sea porque son los principios establecidos desde los inicios de su gestión, que apelan a la no injerencia en asuntos de otros países, o por las relaciones contradictorias vistas desde afuera con su vecino del norte, país con el que deben hilar relaciones mediante mucho tacto.

No obstante, se debe ver a México en su justa dimensión histórica y hacer una valoración real de su rol actual. Para ello, es indispensable renunciar a todo triunfalismo y pretender ver resuelto el escenario geopolítico en la región con el triunfo de López Obrador y su constructiva actuación en las actuales circunstancias regionales.

Frente a las gravitaciones impuestas por la política exterior, agresiva, temperamental y errática de Estados Unidos en el continente, resulta difícil determinar los escenarios por venir. Lo cierto es que, por ahora, con algunos cambios de gobierno, forzados o no, y con una ecuación regional en plena efervescencia, corresponde esperar el papel que jugará la institucionalidad mexicana en la Celac en el tablero geopolítico.

Quizá como pocas veces en eras recientes, la política regional había sido tan binaria. Los países de la región están definidos por el grado de autonomía o servilismo a la política de Washington, y pocos países están tan cerca de Estados Unidos, en sentido literal y figurado, como lo ha estado México.

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