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La necesidad de fundar Montevideo

Una ciudad entre la lucha de imperios

Por Leonardo Borgez.

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Caras y Caretas Diario

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La historia de Uruguay es la historia de las incertidumbres: todos los hechos más importantes y los no tan importantes de nuestra historia tienen un punto en el que los historiadores no se terminan de poner de acuerdo. Desde nuestro discutido héroe patrio (José Artigas), los principales caudillos, los hechos más importantes y hasta la misma creación del Estado uruguayo, todo ha sido minuciosamente revisado por la historiografía una y otra vez, pero siempre aparece un escollo, una fecha, un discurso que hace que los historiadores hagan correr ríos de tinta en discusiones. Montevideo no es una excepción y la discusión que se ha repetido una y otra vez a lo largo de nuestra historia es la fecha exacta en que se fundó la ciudad (la discusión por el significado y origen de ese nombre ya aterrizarán en estas páginas). El problema principal que se le planteó al historiador radicó en la ausencia real de un acta de fundación de la ciudad. Tenemos entonces un grupo de historiadores que se inclinan por colocar la fundación de Montevideo en 1724, mientras que otros afirman que fue en 1726; no faltan tampoco los que la fijan en 1730. La más conciliatoria quizás sea la que plantea el hecho como un proceso fundacional, que va desde 1724 hasta 1730, que comienza como un caserío militarizado y culmina con un caserío militarizado con Cabildo. Fue quizás la llegada de un decidido Bruno Mauricio de Zavala un 19 de enero de 1724 para expulsar a los portugueses, o fue la llegada de los primeros pobladores desde las Islas Canarias y el repartimiento de los solares en 1726 o la creación del Cabildo y la elección de los funcionarios por el año de 1730. “Es copia del diario de cuando se poblaron los portugueses en Montevideo el año 1723, de a donde se les obligó a retirarse precipitadamente el día 19 de Enero de 1724, por las disposiciones de mi padre, Teniente General de los Reales Ejércitos don Bruno Mauricio de Zavala; lo que ejecutó por la orden que tenía de la Real Instrucción 12 fecha en buen retiro el 12 de octubre de 1716. y en virtud de esta misma instrucción, desde luego pobló y fortificó la ciudad de Montevideo y este diario lo encontré entre los papeles de mi padre […] Nota. En 19 de Enero del año próx.° de 1780 tiene Montevideo cincuenta y seis años de población […]”. Son palabras estas del hijo de don Bruno Mauricio de Zavala, Francisco Bruno de Zavala, que se encuentran en el libro diario del gobernador de Montevideo don Bruno Mauricio de Zavala. Son notas que el hijo acota de puño y letra y que, en la búsqueda de una fecha exacta, nos llevarían a un 19 de enero de 1724. Pero gastaríamos litros de tinta en debatir por la fecha exacta de la fundación cuando ni en 1724 o 1730, ni siquiera en 1757, Montevideo llegaba a ser una urbe ni nada que se le parezca. Pensemos que en el mismo año de 1757, el procurador general, don Nicolás Herrera, plantea, según el padrón de ese año, que Montevideo tenía 173 casas y 1.667 almas, y el crecimiento de esta será muy lento a lo largo del siglo XVIII. Dejando atrás estas discusiones, pasemos ahora a presentar los hechos que llevaron a la corona española a mandar instrucción a Zavala, el 13 de noviembre de 1717, para que fortificara los puestos de Montevideo y Maldonado, colocándolos en “buen estado de defensa”. La costa oriental del Río de la Plata en el siglo XVIII era terreno hostil. Portugueses y españoles desde la misma conquista luchaban por su soberanía, aunque durante los siglos XVI y XVII ninguna de estas naciones se afianzó en este territorio. De esta manera, la única riqueza de estas tierras, el ganado, iba a parar a Río Grande o a los vecinos de Buenos Aires. Las luchas no sólo se libran en el campo de batalla. Por ejemplo, en 1673, los bonaerenses se enteran de que en el peñón del cerro de Montevideo se encuentra esculpido el escudo de armas de Portugal. Por orden real del 20 de julio de 1679 se encomienda a Andrés de Robles (gobernador y capitán general) que lo quitara. Pero lo más interesante, y lo menciona Luis Azarola Gil, es que le ordenan que lo haga “con todo secreto”. La gran confrontación comienza cuando el 1° de enero de 1680 don Manuel Lobo (jefe y maestre de campo portugués) fundó la ciudad de Nova Santísima Colonia do Sacramento. La colocó en estado de defensa, con artillería, y como si fuera poco, se trajeron familias, se repartieron solares y se construyeron viviendas. Automáticamente, el gobernador de Buenos Aires, José de Garro, dio plazo a la retirada de los portugueses. Al no ser acatado, resolvió desalojarlos por la fuerza. Con un ejército de 1.300 hombres asaltó la ciudad exitosamente, tomando prisioneros a su paso. Las noticias llegaron rápidamente a Portugal y este –apoyado por la corona francesa– intimó al rey de España. Estos países firmaron un tratado el 7 de mayo de 1681 en el que se le devuelve a Portugal la Colonia del Sacramento y se censura al gobernador Garro. El siguiente episodio de esta historia será en 1704, con una serie de ataques del ejército español, que culminan con la rendición de los portugueses. La devolución de Colonia a los mismos se efectuará en 1716, acordada en la Paz de Utrecht. Desde este momento se hará cada vez más importante la presencia lusitana en el Río de la Plata, lo que hará movilizar a los españoles que ahora veían en estas costas mucho más que simple tierra sin ningún provecho. La presencia portuguesa no era sólo una falta de respeto a la soberanía hispana, sino que también acarreaba una serie de problemas económicos para la corona. Por un lado, el ganado se había convertido en un bien preciado, además, Colonia se convertirá en un centro comercial que competirá con Buenos Aires. España va a intentar de muchas maneras evitar el dominio portugués en el Río de la Plata. Para estos menesteres es enviado como gobernador de Buenos Aires el brigadier don Bruno Mauricio de Zavala. Sus instrucciones: “Por lo que mira a fortificar los puestos de Maldonado y Montevideo os encargo a sí mismo deis la providencia que juzguéis pueda ser más efectiva a su logro, para que ni los Portugueses ni otra nación alguna se apodere ni fortifique en esos parajes, y que solicitéis poblarlos vos en la forma y con la brevedad que pudieres, dándome quenta de lo que sobre esto obrareis”. Zavala era consciente del peligro que acarreaban extranjeros merodeando en estas tierras. No solo lusitanos, sino también corsarios franceses, así como el conocido Etienne Moureau, quien alrededor de 1720 se estableció cerca de Castillos y luego fue desalojado por la fuerza. Pero también es verdad que Zavala encontró una serie de escollos importantes para la fundación de la ciudad. Entre ellos encontramos la falta de dinero, armas, personal, y un factor sumamente importante y vital: pobladores. ¿Quién en 1717 se animaría a apersonarse en estas hostiles tierras del sur? ¿Quién pensaría en traer a su familia a este rincón minado de indios bravos? Aquellos indios que se habían “comido” a Solís hacía dos siglos. ¿Quién intentaría crear una ciudad de la nada, levantar los cimientos de una sociedad, comenzar de cero? Recordemos que las órdenes a Zavala no traían consigo recursos para llevar a cabo la fundación. Las misivas se repiten y en 1718 se le insta otra vez al gobernador resguardar los parajes de Montevideo y Maldonado. Esta vez se debería intentar traer pobladores de las provincias de Tucumán y auxiliarse con el virrey del Perú en caso de alguna necesidad. Algunos autores han recriminado a Zavala el desinterés para con la fundación de Montevideo, argumentando que Buenos Aires perdería su sitial de honor en el comercio rioplatense. Mas no entraremos en estas discusiones, pero es más que probable que los recursos eran algo fundamental que no se hacía presente en las misivas y tampoco el factor vital que hace a las ciudades, y que ni desde Tucumán ni de Perú se hicieron presentes para la fundación: el factor poblacional, que no podía ser persuadido de ir a aquella bahía desnuda llamada Montevideo. Al no ser ejecutadas dichas órdenes reales, el Consejo de Indias instó al rey nuevamente para que mandara a fortificar los parajes antedichos. Es así que en 1723 se le ordena a Zavala la fundación, basándose en el peligro portugués que acechaba Montevideo. “[…] Y os ordeno y encargo muy particularmente que si en el punto último de fortificar y asegurar los dos puestos expresados (Montevideo y Maldonado) no hubieres ya dado principio a construir las fortalezas mandadas hazer en ellos, las hagais ejecutar prontamente (pues de su dilatación se da tiempo y lugar a los portugueses a que ocupen el sitio y terreno, y se fortifiquen, haziendo más dificultoso el empeño y trabajo para desalojarlos con la fuerza) y que para ejecutarlas según más convenga, representeis y pidais todo lo necesario al Virrey del Perú, a quien doy la orden conveniente para que haziendo los esfuerzos posibles para perfeccionar esta disposición tan de mi Real servicio […]”.  Esta orden no sólo presagiaba el futuro e instaba a Zavala a cumplirla de inmediato, sino que lo colocaba en un lugar incómodo y de sumo peligro. Pensemos que la advertencia que le formula seguidamente el rey lo coloca en un difícil predicamento: “[…] que en el caso de no estar ejecutadas ya las ordenes anteriores mías sobre la construcción de las referidas fortalezas, o no hallarse principiadas estas, paseis desde luego sin malograr tiempo alguno a ejecutarlas y perfeccionarlas según os tengo mandado, en inteligencia que de lo contrario me daré por deservido de vos; y se os hará gravísimo cargo […]”. Variadas cartas enviadas por Zavala a Madrid plantean la imposibilidad de crear una fortificación en dichos parajes; comunicaciones del 10 de setiembre de 1717, 5 de abril y 4 de julio de 1718, 28 de octubre, 4 y 10 de noviembre de 1719, 3 de julio y 4 de setiembre de 1720. Durante estos años algunos proyectos pulularon entre Buenos Aires y Madrid para la fundación de la ciudad de Montevideo, como el de don José García Inclán o el del cabildante bonaerense Lucas Manuel Velorado. Lo que realmente movilizó el espíritu de Zavala fue la noticia de que los portugueses habían fondeado en la bahía de Montevideo. Aquella misiva recibida tiempo atrás se convertía en realidad, y la advertencia del rey, hecha meses antes, tomaba ribetes trágicos. La llegada se dio un 22 de noviembre de 1723; la espantosa noticia llegó a oídos de Zavala el 1° de diciembre de boca del práctico del Río de la Plata don Pedro Gronardo. Su diario, el testigo: “[…] el día primero de diciembre del año 1723 me dio noticia el Capitán Pedro Gronardo Práctico del Río de la Plata, de que habiendo llegado a la ensenada de Montevideo con motivo de conducir un Navío del Asiento de Negros que volvía a Inglaterra, había hallado en ellas uno de Guerra de 50 cañones Portugués, con otros tres más chicos, mandados por D. Manuel de Noroña, y en tierra diez y ocho toldos hasta 300 hombres, que se fortificaban y que le habían dicho venían á apoderarse, y establecerse en aquel puerto […]”. Zavala se preparó para lo peor, se colocó al mando del ejército, hizo su testamento, enlistó cuanta nave había en Buenos Aires y se embarcó decidido a desalojar a los portugueses y –ahora más que nunca– cumplir las órdenes del rey. Hasta un navío del asiento de negros fue preparado para la batalla. Ya para el 2 de diciembre el capitán Alonso de la Vega marchó hacia Montevideo con un destacamento de caballería, comenzando con las hostilidades. Es recordada por Zavala en su diario la acción decidida de De la Vega, quitando 450 caballos y “porción de vacas” a los portugueses. Pero el 19 de enero de 1724 los portugueses se retiraron antes de que se desatara cualquier tipo de batalla. Preparado Zavala el 22 de enero, recibe carta de Manuel de Freitas fechada el 19 de ese mes, expresando que “á vista de los Aparatos con que intentaba atacarle se retiraba abandonando el puesto […]”. Un día después llega Alonso de la Vega y se instala en Montevideo. Ha comenzado la fundación de San Felipe y Santiago de Montevideo. El día 24 de febrero llegó a la bahía un barco portugués, bautizado como Santa Catalina, con 32 cañones y 130 hombres. Llegaba –ignorando la huida lusitana– a engrosar la guarnición portuguesa. Breve fue la contienda y extraña la reconciliación. Después del apresamiento de cinco soldados portugueses, estos fueron liberados ante un oficial lusitano que obsequió a Zavala tarros de dulce, a su vez este entregó comestibles al oficial. En marzo ya llegaban 1.000 indios tapes acompañados por los jesuitas. Comenzaban así las obras de fortificación de la nueva plaza. La planta urbana se encontraría, según órdenes del ingeniero Domingo Petrarca, dentro de la fortificación. De esta manera nace, entre las luchas de supremacía imperial, por la necesidad de que no la pueblen los lusitanos, la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo. Patronos estos de la nueva plaza del Plata.

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