Una mujer, dos ranchos, cinco perros

Por Marcia Collazo.

Por estos días finales de mis vacaciones, que aproveché para hacer excursiones por las sierras de Minas y de Maldonado, me vienen rondando la cabeza unas cuantas ideas. Una es la deuda que tengo con José Martí, nacido un 28 de enero de 1853 en La Habana, o sea hace 166 años. Otra es la necesidad de vincular su pensamiento con situaciones actuales, reales y tangibles. Otras son las experiencias que me depararon las mentadas excursiones. En esas marchas, que hice en compañía de mi familia, tuve ocasión de conocer muchos tipos humanos con los que nosotros, los anestesiados habitantes de las urbes, no solemos cruzarnos.

Un domingo, después de seguir un camino que se angostaba sospechosamente, hasta convertirse en un trillo que moría en la portera de una propiedad privada, nos decidimos a preguntar dónde quedaban los famosos Pozos Azules, que veníamos buscando en vano. A lo lejos divisamos a una mujer rodeada de cinco perros, que nos hizo ademán de que entráramos. Vivía alejada de todo, literalmente. Su propiedad se componía de un galponcito desvencijado y dos ranchos endebles ahogados por la vegetación. Poseía el típico semblante del habitante de los campos, castigado por el sol y el viento, surcado de arrugas prematuras. Las manos eran nudosas y tenía las uñas negras y gruesas. Le calculé una edad indefinida, entre 40 y 60 años. Por todos lados, en derredor de ella, había cueros de ovejas, huesos desperdigados, neumáticos partidos al medio que servían de bebedero para los perros, chilcas, carros de dos ruedas, alambrados flojos. Se presentó a sí misma y declaró que vivía sola, que trabajaba para una conocida estancia de la zona y que justo ese domingo le había tocado descanso, y se sonrió con una mueca triste que, en un cartel publicitario de una empresa dental, habría resultado por lo menos atroz.

Nos dio las señas necesarias para seguir nuestro camino y se quedó en la portera mirándonos partir, mientras el viento de la sierra le despeinaba el pelo ceniciento y la soledad se espesaba a su espalda, materializada en esa casa de muros negros y ventanas diminutas por las que de seguro nunca se asomaba nadie. Yo me pregunté qué universos de ideas, pensamientos, deseos y potencialidades para cambiar el mundo se esconderían detrás de ese rostro sufrido. Me pregunté también cuánto tiempo y de qué manera lograríamos sobrevivir nosotros, turistas más o menos alegres y más o menos frívolos, si estuviéramos en el lugar de esa trabajadora rural.

Los secretos de su conocimiento del mundo, de su tierra, de su particular enclave existencial, nos eran completamente inaccesibles. Allí, en medio de las sierras, la poderosa era ella. ¿Cuántas cosas sabría de las que nosotros, los turistas ufanos, éramos completamente ignorantes? Me pareció por un momento, ahí entre las sierras, que la fundadora del mundo era ella, y nosotros tan solo un grupo de seres ciertamente vulnerables, por no decir inútiles, muertos de antemano si se nos privaba de las tarjetas electrónicas y las góndolas de congelados del supermercado.

No tuve dudas de que esa paisana pertenecía, en muchos sentidos, a la categoría de “hombre natural” de la que habla José Martí, aunque para la mayor parte de los turistas que se aventuraran a pasar por allí, ella no pasaría de ser una fiel representante de la barbarie, más digna de compasión que de admiración o respeto. Para el pensador cubano, sin embargo, no existe y no existió nunca esa cosa denominada “civilización-barbarie” -concepto acuñado ya por los griegos para distinguirse de todos los no griegos-, sino la “falsa erudición-naturaleza”.

En América, desde la conquista española hasta la actualidad, se ha hecho uso y abuso de la idea de barbarie para designar a todos esos seres considerados, al menos en algún grado, salvajes e inferiores, burdos, analfabetos, alienados. Primero el indio, más tarde el negro, y luego cualquier ser humano nacido en América, todos caían y continúan cayendo en esa bolsa que no parece tener fondo. Éramos y somos, no solamente para los de afuera, sino también a nuestros propios ojos, sujetos incompletos a los que había que civilizar.

Esta tarea se cumplió, por lo menos durante 300 años, mediante instrumentos tales como la imposición de la fe cristiana -que incluía la guerra “santa”- y la reducción a trabajos forzados en el caso del indio y esclavitud en el caso del negro, rápidamente importado a tierra americana desde que Fray Bartolomé de las Casas sugirió utilizarlo para aliviar la brutal carga que pesaba sobre los indígenas. El arquetipo de la civilización incluía además el culto a lo europeo, es decir la obligada admiración al arquetipo del conquistador. Y se imponía, finalmente, una ética o un sentido de la moral y de la justicia que venía a justificar y a avalar en toda su extensión el fenómeno de la dominación y del abuso.

Después de la revolución hispanoamericana, dicho abuso cambió de signo y pasó a manos de los nuevos imperialismos de Europa y Estados Unidos, que también echaron mano de complejas justificaciones de su poderío. Pero José Martí decidió cambiar el concepto. Para referirse a la civilización acuñó el término de “falsa erudición” y en lugar de barbarie habló de naturaleza. El hombre natural es, en palabras del filósofo argentino Arturo Roig, “un sujeto de derecho enfrentado a un derecho que goza de la fuerza institucional de la letra escrita”.

Martí no solamente puso de relieve a este hombre y esta mujer natural, sino que fundamentó su teoría. Encontró en ellos un poder radical de cambio o de transformación que es el germen de todo proceso de auténtica humanización, y creo que en ello radica su principal aporte. “Viene el hombre natural indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada en los libros”. Estos libros son el símbolo, no de la cultura como tal, sino de una ética opresiva. Por eso, cuando el hombre natural se indigna y derriba dicha ética, lo que está haciendo es enarbolar una concepción de justicia diferente, que “desde su ser natural propone […] un despliegue de la libertad humana” (Roig).

Falta, sin embargo, indagar en un aspecto crucial. ¿En dónde radica la importancia y la fuerza de este hombre y de esta mujer natural? En primer lugar, en su condición misma de indio, de negro, de campesino y finalmente de latinoamericano; o sea, en su conocimiento de lo propio, de la tierra, de sus posibilidades y “de los factores del país en que se vive” (Martí), esenciales por supuesto para emprender cualquier acción en cualquier ámbito. En segundo lugar, en su reconocimiento como sujeto de la realidad, puestos sobre la tierra para dar fe de que la tierra existe. En tercer término, en su poder de emancipación, que no por latente, ahogado o amordazado deja de existir.

Yo no sé de qué manera podrían enlazarse estas tres dimensiones con la trabajadora rural que, allá en sus ranchos medio sepultados por las chilcas, nos indicó el camino. Pero me consta que, mientras continuemos mirando a nuestros hombres y mujeres naturales como seres incompletos, vagamente inhumanos, destinados al yugo, a la obediencia ciega, a la sumisión casi absoluta; mientras sigamos considerando que no vale la pena realizar verdaderos esfuerzos como sociedad para dotarlos de una vida digna, que incluya entre otras cosas acceso real a la educación, a la salud y a la totalidad de sus derechos; mientras tales cosas ocurran, estaremos reproduciendo las condiciones para que se verifique un choque cultural contradictorio, doloroso e inevitable. El conocimiento que poseen el hombre y la mujer natural es y será siempre la clave. Parece obvio: para transformar la realidad es necesario, como paso previo, conocerla. Conocer para resolver, resolver para transformar, transformar para redimir.

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