Una sensación de vacío

Por Eduardo Platero.

Con un partido de lujo se terminó el Mundial de Rusia. El pequeño matagigantes que trabajosamente había llegado luego de sucesivos alargues y definiciones por penales fue derrotado incuestionablemente por Francia, que suma de esta manera su segundo título mundial. ¡Justo el 14 de julio! Cuatro a dos, en la época en que yo jugaba al fútbol (siempre fui terrible pata dura y me colocaban de back derecho; fuera del área y que el delantero no pasara), era un tanteador digno. Mostraba la superioridad del ganador y el honor y la tenacidad del derrotado. Todo bien, se terminó el Mundial y ahora tendremos que encarar el vivir sin sentirse parte de una grande y noble empresa nacional. A lo largo de meses fue creciendo ese sentimiento que nos mancomunaba, fuimos escalando hasta clasificar directamente y, ya como abanderados de toda la nación, despedimos a nuestra selección llenos de orgullo y esperanza. No nos defraudaron, y pese a estar afuera, continuamos viviendo la magia del Mundial. Como resumen, podríamos decir que vivimos la felicidad de sentirnos parte de un sueño. Teníamos y tenemos tanta necesidad de sentirnos parte de algo noble y grande, que el fútbol nos capturó con su magia. De ahí esa sensación de vacío que nos ha quedado. Se terminó el sueño. Ahora hay que vivir la cotidiana, que más bien tira al gris. A un opaco gris de truco pobre. Salvo el tanto y me voy a baraja. Cobro, pago y tiro hasta el próximo cobro con lo que me quedó. Pelearemos en el Parlamento por las chauchas y palitos que podamos rebañar de algún rubro. “Ya no da criollos el tiempo”, traducido, este tiempo que estamos viviendo deja poco lugar para los sueños. “Una patria libre y justa” por supuesto que todos la queremos, pero sentimos el sabor a fierro del freno que tenemos en la boca. ¿Cómo? ¿Cuál es el margen de soberanía real que tenemos? Un filósofo americano -que creo que terminó por suicidarse- definió la gran tragedia que vivimos: lo peor de los sueños fracasados es que terminan por convencernos de que no hay sueño posible. Que este es el mundo y no hay vuelta que darle. ¡Joder, que es duro! No sólo tengo que medrar como puedo en este mundo, sino que, además, me tengo que resignar a que este es el único posible. Una especie de Panglos pesimista. Porque ese estúpido conformista se consolaba pensando que vivía el mejor de los mundos posibles. En tanto nosotros, los del común, creemos que es un mundo horrible y todavía tenemos que convencernos de que no hay sueño posible de mejorarlo. Esto dejando de lado que, con nuestra pequeña estrechez, formamos parte de la mitad más favorecida de la humanidad. De los casi 8.000 millones de seres humanos, nosotros, los uruguayos que batallamos todos los días por llegar a fin de mes, estamos en la mitad más favorecida. La inmensa mayoría de nosotros comemos, dormimos en camas que están en habitaciones. Tenemos luz, agua, letrina, vacunas y una atención médica más que aceptable. La enseñanza será todo lo criticable e inadecuada que podamos decir, pero existe y tenemos la posibilidad de acceder a ella gratuitamente. Paro por aquí, no es necesaria la enumeración para compararnos con las oleadas que invaden las fronteras del mundo confortable tratando de llegar a cualquier precio. Para encontrar un lugarcito pobre y despreciado en donde vivir con cierta seguridad, sobrevivir y hasta perpetuarnos con descendencia. Ya nosotros también empezamos a sentir los prejuicios del exclusivismo. Que estos emigrantes vienen a quitarnos trabajo. Que viven del auxilio del Estado. Que no sirven para nada y son un peligro. ¡Debería darnos vergüenza! En este país, todos, absolutamente todos, somos descendientes de emigrantes. Hasta los que portamos un poco de sangre indígena. Fue la escuela vareliana la que nos transformó en “uruguayos” y serán la escuela y las instituciones del Estado y sindicales quienes integren a los recién venidos en una sociedad que también incluirá su aporte. Así que ¡chito boca! Que nosotros también hemos tenido períodos de gran desparramo por el mundo. En los años 60 era muy raro encontrar un jefe de familia con los cuatro abuelos uruguayos. Hoy en día, es más raro aun encontrar un uruguayo que no tenga parientes en el extranjero. ¡Bienvenidos los que vengan! ¡Mucha suerte a los que se van! ¡Y a otra cosa! A falta de nobles sueños de un mundo mejor, dediquémonos al deporte nacional, que no es el fútbol, sino la especulación política. Los colorados dejan poco margen; será Talvi el candidato de Sanguinetti y nuestro presidente emérito no tendrá más remedio que encabezar la lista al Senado para marcar cuál es la oficial. Lo único que cabe es preguntarse si Fernando Amado podrá sobrevivir dentro de ese Partido Colorado que de batllista no tiene nada. Son pocos los votos y serán pocos el día de la elección. ¡Ni que pongan a San Cono de candidato! Los blancos elevan la bandera de “somos los únicos que podemos” y ocultan que para ganarle al Frente tendrán que gobernar en una inestable alianza. Por ahora, son los dos de siempre, pero puede surgir una tercera postulación. No para ganar, pero sí para marcar el poderío autónomo de los intendentes y negociar después. No me cabe en la cabeza que se junten dos minorías para dejar fuera al que ganó, pero el que gane tendrá que pagar precio. Vivimos 50 años de ese chalaneo, el que ganaba luego tenía que repartir tanto que, al final, era el que menos cargos llevaba. Lo mismo nos puede pasar a nosotros, Frente Amplio: son tantos los “a lo mejor, precandidatos”, que puede suceder que los perdedores, unidos, resulten mayoría. No lo creo y me llenaría de vergüenza e indignación que pasase algo así. En mi opinión, que no vale nada, pero la digo, deberían correr todos los que aspiran. Deberían darnos la oportunidad de elegir a nosotros. Pero con un compromiso de honor. No juntar perdedores para escamotearle la punta al que la ganó. Es una opinión que expreso porque tengo recelos a los pactos y las negociaciones. Sean públicas o sean discretas. Me duele que Ernesto Murro se vea encerrado en una situación que no se merece. No sé si puede, constitucionalmente, ser candidato o no. Sería un lujo, pero lo que menos necesitamos es un candidato cuestionado por cuestiones constitucionales. Estamos viviendo un período en el que las derechas no se detienen en barras para reconquistar el poder. Voltearan a Dilma y encarcelaron a Lula. Temería por su vida si estuviese en libertad. Voltearon a Lugo. Persiguen judicialmente a Correa y a Cristina. Mataron candidatos por centenares en México, donde no sólo la presidencia estaba en juego. El poder local está detrás de esta violencia. Parece que el presidente es omnipotente en México, pero, en realidad, por debajo de su poder están los mandones locales. Acosan a Venezuela. Acosan a Nicaragua y de lo que allí sucede únicamente nos informa CNN. Tratan de cerrarle el paso a Evo Morales y están dispuestos a lo que sea. Es ahora, con Trump y en medio de una recesión, el momento en que pueden hacerse con el poder y por eso no quisiera que un tema constitucional opinable nos deje con la legitimidad cuestionada. Nunca me gustaron los abogados que te la pintaban fácil, los que te decían: “Está clarísimo, presentamos un escrito y problema solucionado”. Siempre preferí los que te decían: “Dejámelo ver, no es sencillo”. Lo lamento por la persona de Murro, derecho como tabla de dos pulgadas, pero quisiera que el tema quede aclarado a satisfacción de todos. Y que todos los que se sientan con ánimo se anoten y corran, con el compromiso de que el que gana ¡gana! ¿Nos entendemos?  

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