A la educación suelen asignársele todas las responsabilidades. De cada falencia social que se descubre, surge como comentario natural la necesidad de crear una asignatura que lo aborde. Es que además de asignarle todas las responsabilidades de este mundo por todo lo que no funciona, todo lo que no se sabe, todas las vulnerabilidades, todo se asignaturiza. Estamos acostumbrados a colocar todo en cajoncitos, en parcelar la realidad y colocarla en estantes diversos con la fantasía de que será mucho mejor comprendida y aprehendida por los integrantes de la especie. Así es que cuando se detectan muchos accidentes de tránsito, se recurre a sugerir la apertura de una asignatura que verse sobre la educación vial; si aumenta la tasa de homicidios, se recomienda la apertura de una asignatura que asegure que cada uno tramitará su violencia del modo más correcto, y si queremos hablar de inclusión, pensamos que lo mejor es que haya una asignatura que enseñe la lengua de señas. Hay algo de un pensamiento mágico que se instala en estas aseveraciones: la educación podrá con todo y, en el caso de la educación media, podrá hacerlo a través de las asignaturas. Más allá de la discusión que con respecto a la organización de los planes de estudio pueda abrirse, a la necesaria revisión del asignaturismo como base organizacional de la educación formal y de la -por lo menos para mí- inexcusable e impostergable adopción de modalidades de trabajo que aseguren la interdisciplinariedad, tenemos que discutir a niveles más profundos cómo constituirnos en una sociedad educadora. Los humanos no tenemos una programación genética que nos asegure el desarrollo como especie. Somos seres gregarios, nos vamos construyendo en vínculo con los otros porque en esa convivencia nos humanizamos. Es clave tener esto claro para entender por qué hay que dejar de hablar de asignaturas y construir la fantasía de que todo se resolverá en la medida en que el plan de estudios incorpore esa parcela del saber, por cierto bien “parcelada”, y pensar en condiciones educativas humanizantes como responsabilidad de todos. No importa si tenemos o no hijos, sobrinos, nietos; somos los adultos de esta especie, que en este contexto témporo espacial tenemos el deber de hacer la “pasada” del legado que fuimos acumulando como humanos. Y con esto no estoy desvirtuando o desconociendo el valor inmenso que las instituciones de la educación formal llevan adelante en relación a este principio de trabajo intergeneracional, pero creo que no puede quedar recortado a ellas y que, en parte, muchos de los problemas que tenemos en la sociedad actual se explican por la presencia de adultos que han desalojado la tarea de ser tales y que no cumplen con este mandato que le da hilván a la vida: enseñar a los recién llegados el acumulado de saber y los valores que la sociedad ha generado para que se los apropien y los transformen, para que los hagan suyos, pero estén estimulados a reeditarlos con sello propio. Una sociedad educadora es aquella que cuenta con miembros responsables que saben verse a sí mismos como distribuidores del capital cultural que se ha ido atesorando. Es, por tanto, también una sociedad de aprendizaje porque va generando instancias constantes de crecimiento y transformación para todos sus miembros, enseñándoles a adaptarse a los cambios que son lo único permanente que tenemos en el mundo desde hace mucho tiempo. Nuestro principal problema no son los jóvenes, a quienes estamos acostumbrados a condenar en forma constante. Nuestro principal problema somos los adultos y este nuevo modo de no serlo que se ha ido generalizando. El proceso humanizante lleva tiempo y no alcanza sólo con “estar con”; es ayudar al otro a encontrar un ámbito de pertenencia afectiva, un tejido de sostén desde donde ensayar ser humano con todo lo que configura en la adquisición de hábitos, el conocimiento y la creación, la capacidad de soñar. De alguna manera es ayudarlo a ingresar a la oferta de este mundo, pero con la generosidad de sentir que es posible que este recién llegado lo transforme. Por eso es tan importante que los adultos estemos presentes siempre, los de casa y los de las instituciones educativas, escenarios donde se tramitará otro modo de vivir diferente al que ofreció la familia hasta ese momento. Pero para eso debe haber familia, entendida como la existencia de referentes afectivos adultos disponibles que pueden con su propia vida y ayudan a las nuevas generaciones a adentrarse en ella, más allá de la consanguinidad, y también debe haber instituciones educativas con vocación subjetivante. ¿Será que hemos perdido la pasión por vivir la ansiada aventura de educar, entusiasmo por la transmisión intergeneracional y la alegría expectante por descubrir qué traerá a este mundo cada uno de los nuevos? Es imprescindible enamorarnos de la posibilidad del lugar de ser adultos, de pasar el legado, de sorprendernos con los hallazgos y transformaciones de las nuevas generaciones de humanos para dejar de quejarnos, de estar ausentes y de culpabilizar. Para ser anfitriones y hospedar en el mundo.
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