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Violencia de género: mucha indiferencia y poca plata

He leído por estos días dos publicaciones bien diferentes en espíritu y época. Una es la revista argentina Leoplán, famosa en los años 40, publicada por la editorial Sopena. La leía mi abuela en edades pretéritas, y en verdad contenía algunas páginas literarias interesantes. La otra es un artículo recién aparecido en el blog del cantautor Silvio Rodríguez, escrito por una entrañable amiga cubana, la escritora Laidi (Adelaida) Fernández de Juan, cuya historia de vida es apasionante como un reguero de fuego.

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Los textos de Laidi son ágiles y sorprendentes y suelen estar dotados de un humor burbujeante, que redime y salva, porque a través de la risa, y por qué no de la autocrítica, sabe deslizar dos o tres reflexiones cargadas de peso filosófico. Hija de uno de los mayores poetas y filósofos cubanos contemporáneos, Roberto Fernández Retamar, y de una eximia profesora de Historia del Arte, vino a integrar la primera generación de cubanos nacidos al filo de la revolución. Le tocó asistir a momentos gloriosos y dramáticos, épicos y tremendos, duros como no podemos imaginar, y tan llenos de vida como tampoco podemos imaginar desde la grisura de nuestro rinconcito austral. Ella, que ama a Uruguay, y yo, que amo a Cuba, hemos logrado forjar una amistad singular que permanece lúcida y entusiasta a pesar de la distancia física. La revista Leoplán, que llegué a hojear en mi infancia, me horrorizó cuando la abrí, ahora, décadas después, y casi, casi me hizo llorar de sólo pensar en lo que tuvieron que padecer mi abuela y mi madre, y con ellas, miles y miles de mujeres más. La última publicación de Laidi tiene algo que ver con eso. Refiere a la violencia contra la mujer en Cuba, país en que no hay una ley de violencia de género. Después de referirse a las diversas formas de lo que califica como “terror antifemenino”, en el que están presentes la “violación, tortura, abuso sexual, golpizas físicas y emocionales, mutilación genital, operaciones ginecológicas innecesarias, heterosexualidad forzada, esterilización involuntaria”, señala que, cuando estas formas de terrorismo resultan en muerte, se producen los femicidios, término que diferencia del homicidio, en cuanto reconoce y visibiliza la discriminación, la desigualdad y la violencia sistemática contra la mujer. Mi madre y mi abuela no fueron, que yo sepa, víctimas de violencia doméstica, pero cuando uno abre la revista Leoplán, no lo puede creer. Todos los chistes, sin excepción, podrían catalogarse de machistas y abusivos. Toda o casi toda la publicidad, también. En el mundo de Leoplán hubiera sido imposible, no ya regular la violencia de género, sino siquiera hablar de ella. En el artículo de Laidi se señala que en Cuba existe el aborto libre, gratuito y seguro, y que la violencia contra la mujer no tiene en la isla “los visos dramáticos que sufren sociedades como la española, la mexicana y la argentina”, pero, según se encarga de precisar con honestidad y con claridad, “padecemos del mal, y ocultarlo no hace más que conferirle impunidad permisiva a la monstruosidad. El silencio actúa como resorte complaciente y ello estimula y agrava la situación, a la vez que minimiza el esfuerzo por alcanzar justicia a través de la ley”. En la revista Leoplán la mujer está diferenciada en dos tipos básicos. Por un lado, la bella, la joven, la deseada, objeto del cotidiano abuso callejero, desde el piropo más o menos grosero hasta la insinuación y el abordaje explícito. Por otro lado, están la fea, la casada o la vieja, que son también objeto de abusos y de burlas de variado calibre. Parece mentira que el mundo fuera así hasta hace poco. Esa es, sin duda, una reflexión saludable. Otra, igualmente buena, es considerar que los uruguayos sí contamos con una ley de violencia hacia las mujeres basada en género, la Nº 19.580, promulgada el 22 de diciembre de 2017 y publicada el 9 de enero de 2018. En su artículo primero, en el que se señalan su objeto y alcance, expresa que “esta ley tiene como objeto garantizar el efectivo goce del derecho de las mujeres a una vida libre de violencia basada en género […]. Se establecen mecanismos, medidas y políticas integrales de prevención, atención, protección, sanción y reparación”. El gran problema es que la ley está, pero falta la plata para hacerla andar. O sea que la cuestión sigue quedando en el puro palabrerío. Hemos avanzado mucho, es cierto, pero no lo bastante. El solo hecho de que falten los recursos necesarios para efectivizar el cumplimiento de esta ley es de por sí muy elocuente, porque la ausencia de fondos no se debe a casualidades, sino a elecciones y decisiones muy humanas. Una vez más, queda en evidencia la poca atención que merece la cuestión de la violencia de género. En la revista Leoplán sería asunto de risa. Entre nosotros es asunto de hipocresía y de silencio. En Cuba, aún sin una ley semejante, la idiosincrasia o el espíritu popular llevan a exteriorizar de otra manera cosas que aquí permanecen enterradas. A raíz de la publicación del libro Sombras nada más, primera antología cubana de la violencia contra la mujer, señala Laidi que “unos pocos hombres, como algunas mujeres, sintieron la necesidad de desahogarse”. La autora agrega: “En el caso de los hombres, uno me dijo que había sido un abusador, pero que la vida lo premiaba (sic) con tres hijas hembras, y que por ellas, arrepentido de sus actos (confieso que no tuve fuerzas para escucharle detalles), estudiaría los cuentos recogidos, como parte de su autocastigo. El otro arremetió contra la violencia de género de otros países, colocando la que sufren nuestras mujeres en un plano casi descartable”. Me quedo con esa reveladora frase: en un plano casi descartable es donde muchos de nuestros políticos, de nuestros pensadores y de nuestras instituciones están colocando el asunto de la violencia de género. Lo dicen las redes sociales, cuyos comentarios oscilan entre la gozosa impunidad, la agresión cobarde, respaldada en el anonimato y alguna sesuda reflexión que no puede ocultar, sin embargo, su mala intención y su falacia. Cualquier sistema de pensamiento, sea cual sea, se torna inútil si no procura alcanzar la verdad. Aquí la cuestión se dirime no entre el hombre y la mujer, lo masculino y lo femenino como tales, sino entre lo justo y lo injusto. La violencia contra la mujer, sea cual sea su causa final, antropológica, psicológica, cultural o como se quiera denominar, es una cuestión grave o gravísima en una sociedad que pretende autoproclamarse como un Estado de derecho y como una democracia. Ya es hora de que nos quitemos la careta de la hipocresía y seamos capaces de develar y abordar, entre todos, el problema de la violencia de género. Como en el caso del aborto, esto es también una dimensión de razón pública, y a la razón pública no se la construye individualmente, sino entre cada uno de los protagonistas del quehacer social. Respecto a la falta de presupuesto para implementar la citada ley, se ha señalado ante la comisión respectiva que se necesitan unos US$ 10 millones para que funcionen los servicios destinados a la atención de las víctimas, durante las 24 horas, todo el año y en todo el país. Hago mías las siguientes palabras de Laidi: “Cuba, que es ejemplo de resistencia a nivel mundial, tiene que disponer de una infraestructura capaz de garantizar el pleno derecho de la mujer, no exclusivamente a actividades laborales ni a reconocimiento social, sino, sobre todo, a la seguridad de su vida, de su existencia digna, sin el temor a ser agredidas, y en última instancia asesinadas, mientras el resto de la sociedad contempla impasible dichos atropellos, carentes de una ley que reprenda, desde sus instancias constitucionales, esos hechos repugnantes que ahora mismo se limitan a engrosar la lista de delitos comunes”. Uruguay ha sabido ser, también, ejemplo de dignidad y de resistencia. Ojalá que sepamos, ahora, estar a la altura de lo que exigen de nosotros los tiempos y las circunstancias y pasar del papel a la acción concreta y responsable.

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