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Vivir mejor y pensar peor

Por Leandro Grille.

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Hundido en la página 11 de la edición del diario El País del último jueves (y en la posición 34 de la edición digital), un artículo da cuenta de los resultados de una investigación realizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Facultad de Ciencias Económicas (FCEA) que se titula Progreso multidimensional en Uruguay: dinámica del bienestar de las clases sociales en los últimos años. En el semanario Búsqueda, el reporte retrocede a la página 22. La investigación, cuya autoría recae sobre los economistas Gonzalo Salas, Martín Leites y Marco Colafranceschi, certifica notables avances en la movilidad social de los uruguayos en el período comprendido entre 2004 y 2016, que surgen de un Estudio Longitudinal de Bienestar en Uruguay (ELBU) elaborado por el Instituto de Economía de la Universidad de la República. De acuerdo al informe, los hogares pobres se redujeron de 60% a 21%, sobre el total de hogares del país, y los hogares de clase media consolidada crecieron de 10% del total a 38%. El ascenso se verifica en los ingresos per cápita, cuyo aumento medio fue de 7,5% por año durante los 12 años considerados, pero también en otras dimensiones, como la disminución del hacinamiento y el incremento de los hogares que cuentan con auto propio. Globalmente, más de 56% de los hogares mejoraron su situación de forma sensible y menos de 6% manifestaron algún tipo de movilidad descendente. La cobertura de un informe de esta naturaleza postergada a página interiores profundas en los principales medios de comunicación no puede sorprender en tanto es evidente que estos periódicos siguen la agenda opositora y cumplen una función política permanente: horadar al gobierno. En ese contexto, una investigación que demuestra con datos incontestables los logros económicos y sociales de tres períodos de políticas progresistas no puede nunca escalar a tapa y ni siquiera a ubicaciones algo privilegiadas para su difusión pública. Las tapas están para otra cosa: para destacar la “fuerte caída de la venta de lácteos”, una supuesta “ola de robos de morrones”  o que se “tensa la relación con el agro” y vamos a camino a ser exportadores de marihuana. Sin embargo, el tratamiento periodístico del informe del PNUD en los medios citados no es tan desgraciado como el del diario El Observador, que lo llevó a tapa… ¡pero al revés! En cuerpo catástrofe, tituló en portada: ‘El 40% de los hogares uruguayos está en riesgo de caer en la pobreza’. Una utilización repugnante de un dato tomado de forma aislada para tergiversar un informe serio que recoge una realidad que no quieren reconocer: que la inmensa mayoría de los hogares uruguayos mejoró en estos años. En la bajada de tapa de El Observador, en un cuerpo de letra mucho más pequeño, se informa que “las familias en situación de pobreza pasaron de 60% a 21%. Repasemos. De acuerdo al trabajo, en el año 2004 60% de los hogares eran pobres. Ahora sólo son pobres 21% de los hogares. ¿Qué pasó con ese 40% de familias que ya no son pobres? Ascendieron a hogares de clase media en esta década larga. Pero, naturalmente, la mayoría de los hogares que ascendieron son hoy de clase media todavía vulnerable, es decir que corren riesgo de retroceder otra vez a la pobreza si se produjera una crisis económica seria o, en mi opinión, si a Uruguay lo agarra de nuevo un gobierno de derecha sin interés en promover políticas económicas distributivas y políticas de protección social. El dato aislado del porcentaje que representa la clase media vulnerable, sin historia de su movilidad y sin contexto alguno, es lo que nos ofrece como título principal el diario del Opus Dei. ¿Por qué detenerse en el abordaje periodístico de esta noticia? Porque mientras los datos duros de movilidad ascendente recogidos en la investigación del PNUD prueban el beneficio  social de las políticas aplicadas por la izquierda en sus tres períodos, aunque con una desaceleración significativa de los logros  en el último, hay otros datos en el trabajo que revelan el éxito de los medios opositores en el ocultamiento de los progresos y la manipulación de la opinión y los ánimos de la gente y, a su vez, el fracaso de la izquierda en el componente central de la política: hacer política. Resulta que en el mismo trabajo, los tres destacados investigadores indagaron en aspectos subjetivos del bienestar y consultaron a la gente sobre su conformidad con la vida, su situación económica y su posición con respecto a las políticas de redistribución. Mientras la gente reconoce su progreso, el apoyo a las políticas de redistribución cayó 80 puntos porcentuales entre 2004 y 2016. Esto significa que mientras que más de la mitad de la gente mejoró de forma notable su pasar, sus ingresos y la cantidad de bienes que posee en estos años, una mayoría abrumadora adquirió posiciones más conservadores y ahora se muestran reticentes a las políticas de distribución de la riqueza que permitieron ese progreso. En suma: la gente mejoró objetivamente, pero las cabezas se derechizaron, y mucho. Hagamos una proyección a mediano plazo de estas tendencias si es que tenemos el beneficio y la oportunidad de que estas se mantengan en el tiempo y no venga el derechazo restaurador que nos retrotraería al comienzo de la serie investigada. Si todo continuara como hasta ahora y la movilidad recuperara el vigor de la primera parte del período progresista, en unos años más Uruguay alcanzaría la eliminación de los hogares en situación de pobreza y el ensanchamiento máximo de la clase media, aunque todavía con una parte importante en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, en forma disonante con los supuestos ideológicos que permitirán semejante conquista histórica, la sociedad uruguaya habrá alcanzado un consenso nítidamente individualista. De este modo, la izquierda con señas de identidad socializante a cargo del gobierno habrá llevado a Uruguay a un estadio de prosperidad nunca antes alcanzado y la gente, en lugar de acompañarla y sentirse identificada con su orientación, hará ostentación de un pensamiento reaccionario validado en prejuicios y sostenido en décadas de ingeniería ideológica llevada a cabo por los dueños de la construcción de sentido y la manipulación de la información. Si tal cosa sucede, la izquierda habrá hecho casi todo bien, salvo el trabajo cultural. Nada menos. Todos viviremos mejor, pero seremos peores.  

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