ver más

Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .

{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}

{{m.shortDescription}}

{{m.title}} {{m.price}} mensual
{# {% endif %} {% endfor %} #} {# estos links no sé como se llenarian #}

La secuoya de Pepe

Dedicado a Pepe y Lucia en el Congreso del Frente Amplio que lleva el nombre de José Mujica.

Cuando Pepe me dijo que quería que sus cenizas quedaran debajo de aquel árbol flaco, llevábamos un buen rato hablando de caballos, de holgazanes, de revoluciones y de burócratas.

La muerte apareció sin anuncio, entre una observación sobre la tierra y una broma que lo dejaba a uno sin saber si decir algo o callar.

No era una premonición. Entre viejos, hablar de la vida y la muerte podía ser un exorcismo. Así lo tomé esa mañana.

Yo había llegado temprano a Rincón del Cerro, adelantándome al equipo que iba a entrevistarlo. Leandro vendría después.

Me había tocado llevar las luces, las cámaras, los trípodes y los trastos para el reportaje.

—Me dijo Pepe que lo esperes —me avisó el Turquito—. Anda por la chacra, en el tractor. En un rato viene.

El Turquito era secretario, hermano, asesor, chofer y custodia, según la necesidad.

Esperé más de media hora en el auto, escuchando la radio. Después traspasé la portera y seguí el surco reciente del tractor.

Lo vi regresar. A veinte pasos frenó, dejó el motor encendido y bajó trabajosamente, cuidando el equilibrio.

—Estoy desde las siete arrimando unos caños que se desconectaron. Estuvieron vomitando agua desde la madrugada. Una pena, con la sequía que hay.

—¿De dónde venía tanta agua?

—Del tajamar. Se salió un tubo. Los voluntarios que me ayudan no vinieron porque la radio anunció mal tiempo.

Le dije que tampoco yo le había avisado de mi visita porque el pronóstico anunciaba lluvia.

—Está todo bien, Grille. Después que te vayas voy a soldar esa rastra, tengo tiempo antes de la siesta. La tierra está tan seca que se le arrancó un colmillo entre los terrones.

—Mirá, Pepe, si te molesto, me voy y vuelvo mañana.

—No, quedate. Vamos arrimándonos, nos sentamos en el galpón y después junto las cosas. Cuando vengan los muchachos, recojo lo sembrado.

—También hay que enfardar ración para los caballos. Se venden todos los fardos.

—¿Hay algún haras por esta zona?

—¡Qué haras! La gente tiene caballos como mascotas.

—¿Como mascotas?

—Sí, como mascotas. El carnicero tiene uno y lo cuida como si fuera un perro.

—¿Y no lo monta?

—No. Te estoy diciendo que lo tiene de mascota.

Según sus cuentas, Uruguay venía después de Mongolia en caballos por habitante. Repartió los animales entre los uruguayos: al que no tenía gato o perro le tocaba un loro, un canario, un cardenal o un caballo.

—Por algo se dice que la patria se hizo a caballo —comenté.

Recordó una película sobre la guerra de 1904: gauchos enormes, quizá estancieros, comiendo alrededor del fuego, criados a carne gorda.

-Cuando vi la película que había remasterizado el Archivo de la Imagen pensé que quizás los gordos serían los estancieros de la época, todos caudillos 4XL.

—¿Y cómo se subían al caballo? —le pregunté.

—No sé. Tal vez les acercaban un banquito. Cuando tocaban a degüello y tenían que levantarse, algunos arrancaban gateando. Después venía otro más ágil y les daba una mano. Había un tordillo que se doblaba cuando sostenía a tremendo jinete.

Me reí. Según aquella película de los archivos del Sodre, algunos habían empezado la patria gateando.

En el galpón, Pepe se sentó en un tronco; yo, en el paragolpes de un tractor en reparación. El otro seguía en el campo, con el motor andando.

El calor se encerraba con nosotros. Me saqué la campera. Pepe decidió que los muchachos ya no vendrían.

—Los uruguayos no trabajamos al sol. El mediodía es para almorzar y dormir la siesta. Si llegás al Tala dentro de una hora, no encontrarás un alma en la calle. Los comercios estarán cerrados a cal y canto.

—A nadie le gusta trabajar al sol.

—Los alemanes son otra cosa —dijo Pepe.

Recordó haber visto en Berlín a los trabajadores municipales abriendo zanjas a esa hora. Eran, en su traducción doméstica, “los de ADEOM de allá”.

Recordó también una cuadrilla contra la pared del Mercado del Puerto, fumando y tomando agua mineral, mientras un hombre trabajaba en una zanja.

—Como los !Kung San que vos tanto admirás… —lo provoqué.

La broma le terminó la paciencia. Se enderezó y contestó malhumorado.

—No. Los !Kung San son cosa seria. No son ningunos boludos. A mí me joden con que los admiro, pero, en lugar de reírse, habría que estudiarlos más.

Hablaba de las comunidades san del África austral. Le interesaban la convivencia y el reparto de lo necesario, sin convertir cada relación en una competencia.

—Les gusta vivir —dijo—. Vivir para vivir. A mí me atribuyen una fascinación por el ocio, pero eso es una bobería. Lo que me interesa es la vida en comunidad, la libertad, la autogestión colectiva.

—Parece bastante fantástico.

—Sí, parece una utopía. Pero hay que sacarse de la cabeza que el tiempo libre es para la holgazanería. También es para leer, para el amor, para estudiar, para sentirse libre.

—¿Y no trabajan?

—Claro que trabajan. Para los !Kung San no es una utopía. Trabajan lo necesario para atender sus necesidades. Después les queda tiempo para estar juntos.

No estábamos haciendo un examen de antropología. Pepe encontraba en aquellas formas de vida una pregunta que le servía para mirar la nuestra: cuánto tiempo entregábamos a conseguir cosas y cuánto nos quedaba para disfrutarlas, para conversar, para querer a alguien. Podía discutirse la comparación; la pregunta seguía ahí.

Afuera, la tierra estaba seca y una cañería había perdido agua durante horas. Adentro, el hombre que había pasado la mañana trabajando me hablaba del derecho a disponer de la vida.

—Mañana, cuando venga a verme la doctora Panone, me va a rezongar por este panadizo que tengo en el dedo del medio.

—No lo toques —le dije, por las dudas.

La rastra y el enfardado esperaban.

—La crítica al consumismo te ha dado buena prensa —le dije.

—A la gente le gusta criticar el consumismo y seguir consumiendo. Se rompe el culo para conseguir cada vez más cosas. Se venden más autos eléctricos que celulares.

Le preocupaba que el mercado fijara el valor de todo, incluso de lo que no se podía comprar.

Habló de los recursos del planeta y del peligro de extender sin límite un modo de vida que gastaba más de lo que la Tierra podía reponer.

Pasamos al Congreso del Frente Amplio: la autocrítica, el alejamiento entre gobierno, partido y movimientos sociales, la falta de militancia y de sensibilidad ante los problemas cotidianos.

Yo tenía una calentura particular.

—Me jode que nadie hable de la burocracia que se arma alrededor del Gobierno. De los compañeros que se compran una casa en el balneario y terminan con la mujer y los hijos trabajando en el Estado.

Pepe apartó al gato que le arañaba la pierna y me miró con una sonrisa socarrona.

—Todos los gobiernos crean su burocracia. Salvo la Comuna de París.

Una pestaña del paragolpes me castigaba el traste: aquel tractor era mejor vehículo que sillón.

—¿Por qué la Comuna de París no?

—Pará, botija. Porque duró muy poco.

La Comuna había durado apenas setenta y dos días.

A Pepe le alcanzaba su brevedad para rematar la explicación: si le hubieran dado más tiempo, hasta el verdugo que cortaba cabezas en la guillotina habría terminado con un par de asesores de comunicación.

Me reí. Él se quedó callado, mirando un pájaro junto al aljibe.

—¿Qué estará haciendo una martineta por acá?

La política quedó suspendida por la martineta. Con Pepe, discutir los vicios del poder podía exigir una pausa para atender un asunto de pájaros.

Un muchacho pasó por el camino frente al galpón. Lo saludó.

—¿Tenés uno pa armar? —le preguntó Pepe.

El muchacho se acercó, le dio tabaco y unas hojillas y esperó mientras él armaba el cigarrillo.

—Dame fuego, botija.

Cuando vio a Lucía, escondió el cigarrillo detrás de la espalda, como quien todavía puede disimular una travesura.

Después se levantó.

—Vamos para adelante, que vas a estar más cómodo.

Acepté enseguida: el paragolpes había agotado sus virtudes hospitalarias.

Entre las gallinas llegamos al banco de chapitas de botellas. Allí habían sentado al rey de España, a la embajadora de Estados Unidos y a un ministro chino.

—Aquí todos vienen a escuchar al “monito”.

Los pacientes del Vilardebó se lo habían regalado. Recibía a todos con las mismas chapitas.

Pepe se instaló enfrente y señaló un árbol flaco, a la izquierda de la entrada.

—Ese arbolito que ves ahí es una secuoya.

—¿Una de esas que se hacen enormes y viven cientos de años?

—Sí. Esta se afincó en Rincón del Cerro.

—¿Y cómo la conseguiste?

—Si te cuento, no me vas a creer. Y nunca vas a saber si es verdad.

Hizo una pausa.

—Digamos que traje las semillas en el bolsillo de la campera, el día que en la Aduana le quitaron a Tabaré un jamón serrano que llevaba escondido debajo del sobretodo.

—No me jodas…

—Publicalo en la revista y nos vamos a reír. El Taba no lo podía creer y esperaba una intervención de la Jutep.

Me dejaba el jamón, las semillas y el problema de decidir dónde terminaba el recuerdo y empezaba la invención.

—¿Y la secuoya crece en este clima?

—Por ahora va creciendo. Va echando lomo.

Nos quedamos hablando de esos árboles enormes y longevos. De las secuoyas gigantes de California, que pueden superar los ochenta metros, y de las costeras, todavía más altas, capaces de pasar los cien. Algunos ejemplares viven más de dos mil años; entre las gigantes los hay que superan los tres mil. Pero una vida posible de milenios no garantiza la supervivencia de cada árbol: también pueden morir jóvenes por la sequía, por incendios severos o por otras condiciones adversas.

—Esta que planté no sé cuánto va a crecer —dijo—. No va a ser como las de la Sierra Nevada.

La miró un momento.

—La secuoya de la chacra de Pepe está peleando en un ambiente que no es el suyo.

Hablaba de sí mismo en tercera persona, como si evaluara el trabajo del dueño.

—¿Sabés lo que es pelear en un terreno ajeno? Es como cuando Danilo se puso a discutir con el rey de Qatar sobre si Nacional era el Decano o si lo era “el tradicional rival”.

El rey era manya porque se había hecho amigo del Flaco Fossati, que dirigía un equipo catarí. Lepra le dio manija a Danilo y Astori se enfrascó con el rey en un debate que duró toda la cena.

—Volviendo a la secuoya. Ella aquí no tiene el mismo clima ni el agua. Va a crecer hasta donde pueda. Al lado de sus hermanas, capaz que queda medio enana.

Costaba imaginar aquel arbolito con un tronco descomunal. Había prendido, pero la sequía amenazaba su futuro.

Entonces Pepe señaló la tierra al pie de la secuoya.

—Ahí está enterrada Manuela. Y cuando me muera y me arrimen el soplete, en una cajita me van a enterrar ahí también.

Lo dijo sin pestañear. Con el mismo tono con que había anunciado que iba a soldar la rastra.

—No hay que pensar en eso —le contesté—. Los malos presagios traen malas ondas.

Fue la respuesta que me salió. Me costaba acompañarlo hasta ese lugar.

—Vos también vas a tener que ir pensando en plantar una secuoya.

—Los años también a vos te están poniendo viejo. Por algo Leandro viene a hacerme un reportaje y te manda a vos una hora antes, a traer las luces, las cámaras y todos esos trastos.

—Es verdad —le dije—. Trabajo de “plomo”.

El árbol tenía ahora debajo a Manuela y un lugar reservado para él.

Mientras esperaba al entrevistador, Pepe me había llevado desde un caño roto hasta su despedida.

—¿Vos has pensado en la relación que hay entre la vida larguísima de estos árboles y las ganas que tenemos los hombres de ser inmortales? —le pregunté.

Pepe miró la secuoya. Yo miré a Pepe. Entre los dos y el árbol, el único que parecía no tener apuro era el árbol.

—No vamos a ser tan pesimistas como para estar siempre pensando en lo que queda inconcluso —contestó.

Tenía razón. Uno se pasa la vida dejando asuntos para mañana y, cuando descubre que los mañanas escasean, quisiera disponer de una prórroga. Puede ser una revolución, un libro sin terminar o la pavada de querer ver qué altura alcanzará un árbol. Siempre queda algo que nos retiene.

Le hablé de Matusalén, que según la Biblia vivió novecientos sesenta y nueve años, y de Noé, que llegó a los novecientos cincuenta. Casi diez siglos viendo repetirse los errores del prójimo debían exigir una paciencia extraordinaria.

Yo no soy religioso, pero… si las hay, las hay. Las cifras bíblicas pertenecen al relato religioso; el deseo se entiende sin creerlas: que la vida alcance para conocer más y querer mejor.

—Hace unos meses, cuando fuimos los dos a ver a López Mena en Buenos Aires, nos mostró ese barco eléctrico que quiere hacer. Recuerdo que te lo dije cuando salíamos con Lilián Alfaro: “El señor López es un viejo loco que no descansa y debe tener como noventa años”. Cada vez que lo ves tiene una idea loca diferente. No tiene la edad de Matusalén pero ahora quiere hacer el Arca de Noé.

Tiene como una docena de hijos, que todos los días se levantarán pensando en las deudas que les va a dejar el padre.

—También está el relato del ave fénix, que renacía de sus cenizas —intervine yo—. La humanidad había imaginado una criatura capaz de arreglar, después del incendio, lo que nosotros no sabíamos arreglar antes. Y estaba la resurrección de Cristo, una respuesta de la fe al escándalo de la muerte, sostenida durante dos mil años por generaciones de creyentes. Desde mi mirada ajena a esa fe, podía discutir sus fundamentos; no podía desconocer la fuerza colectiva de aquella esperanza.

Pepe escuchaba. Yo corría el riesgo de convertir el banco de chapitas en una cátedra de dislates. La secuoya no necesitaba mis explicaciones.

—La naturaleza tiene cosas que parecen acercarse a esas fantasías —dijo.

Imaginé una secuoya nacida antes de nuestra era, viendo pasar ciudades e imperios. Nuestra conversación sería para ella menos que un roce de viento.

Tampoco tenía asegurada la eternidad. La de enfrente dependía de aquella tierra, del agua y de los cuidados: su herencia de gigante no la salvaba de todo.

—Tenemos un cuerpo —continuó Pepe—. Nacemos, envejecemos, nos enfermamos. Pero ese cuerpo tiene que comer, descansar, abrigarse. Tiene que vivir en algún lado.

Hablaba con palabras sencillas de una cuestión que daba trabajo explicar incluso en los libros. No alcanzaba con saber de qué estaba hecho un organismo. Había que saber dónde dormía su dueño, cuánto trabajaba, qué comía y quién lo atendía cuando enfermaba.

—Claro —le dije—. No todos enfermamos ni morimos en las mismas condiciones. La pobreza llega al cuerpo de maneras muy concretas. Llega con la comida que falta, con la humedad de una pieza, con un trabajo que desgasta. También llega cuando alguien posterga una consulta porque faltar significa perder el jornal. Uno puede llamar sociales a esas privaciones, pero el dolor termina sintiéndose en la carne.

Se lo dije como pude. Que el pobre muera antes significa también que dispone de menos tiempo para ver crecer a sus hijos, para conocer a sus nietos, para hacer todo aquello que los demás postergamos con tanta confianza. Hay cumpleaños que no se celebran por razones que podrían haberse evitado.

—Ahí está, Grille. Pateaste el penal.

Habíamos empezado con Matusalén y terminábamos preguntándonos por qué a tanta gente no le alcanzaba la vida para llegar a vieja.

No había nada malo en investigar cómo vivir más, ni en querer hacerlo. El problema aparecía al preguntar quién podría pagar los años nuevos. Una medicina capaz de prolongar la existencia también podía ensanchar la distancia entre quienes tenían todo y quienes seguían esperando una consulta. Antes de repartir eternidades, había bastante por hacer con las vidas disponibles.

La conversación viajaba por los siglos; en el galpón seguía pendiente la rastra.

Me acordé de su defensa del tiempo libre y comprendí mejor lo que había querido decir. No hablaba desde la comodidad de quien nunca había tenido que trabajar. Aquella mañana llevaba horas peleando con una cañería. Le molestaba que el esfuerzo consumiera la vida entera y que, después de conseguir tantas cosas, a uno no le quedaran fuerzas para disfrutarlas.

Elegir necesitar poco podía ser una forma de libertad. No tener lo indispensable era otra cosa. El hambre no se volvía una virtud porque alguien la llamara austeridad. Para decidir cómo vivir había que disponer, primero, de un lugar seguro desde el cual tomar decisiones.

Debajo estaba Manuela. Aquel sitio reunía la duración de los árboles y el cariño por una perra. Pepe quería quedarse cerca de ella.

Había ocupado la Presidencia; ahora me mostraba dónde poner su cajita. A pocos metros, en la cocina, Lucía revolvía discretamente la olla, atenta y sin perder el control de lo que estaba pasando.

No me pareció que Pepe buscara hacerse inmortal. Quería quedarse ahí. Otros cuidarían la secuoya hasta donde la dejaran crecer el clima y la tierra.

Plantarla era trabajar para después. Su sombra podía llegar cuando él ya no estuviera, como los frutos de un hospital, un teatro o la escuela agraria de enfrente.

No hacen falta siglos para hacer algo que dure más que nosotros.

Las cenizas no devolvían al hombre. Su voz, sus rabietas y el cigarrillo escondido dependían de que alguien los recordara y contara. Ninguna raíz haría ese trabajo.

Los aparatos podían conservar una conversación para otros. Pero esta no se había filmado: Leandro aún no llegaba. Mi tarea de “plomo” empezaba a parecerme menos insignificante.

Yo había querido espantar la muerte con malas ondas. Él le asignaba un lugar y seguía conversando. Todavía viviría un par de años. Mientras hubiera una tarde, habría una rastra que soldar.

Cuando sus cenizas quedaron bajo la secuoya, junto a Manuela, volví a aquella mañana. Oí otra vez «soplete», con la familiaridad de una herramienta del galpón.

No sé cuánto vivirá ese árbol. Nunca más fui a la chacra, aunque hubiera querido sentirlo cerca.

La secuoya necesitará agua y cuidados. Y sus ideas, personas dispuestas a discutirlas, recoger sus banderas y procurar hacer realidad sus sueños.

Me quedó una idea más cercana que la inmortalidad: que a nadie le falte lo necesario para vivir los años que podría vivir. Que llegar a viejo no dependa tanto del bolsillo. Habíamos necesitado un árbol capaz de durar milenios para volver a una urgencia que se podía atender hoy.

Lo recuerdo bajando trabajosamente del tractor, preocupado por el agua perdida. Después, frente a la secuoya, señalando la tierra.

Entre ambas imágenes cabía la conversación. Un caño roto, la muerte esperando su turno, una rastra por soldar y el gato buscando una caricia o una pierna que arañar.

Temas

Más Leídas

Seguí Leyendo