Digger Rockwell es un magnate del petróleo que, literalmente, controla todo y a todos a su alrededor: sus empleados son casi súbditos que no se atreven a llevarle la contra, su gata sigue milagrosamente viva después de 30 años, su hermana intenta 'independizarse' a través de una empresa que igualmente es propiedad de él, se entera de todo lo que ocurre en el país antes que nadie y hasta el presidente decide hablar de las cosas serias en su casa antes que hacerlo ir a otro lugar. Es un hombre que se maneja con total impunidad, un hijo saludable del sueño americano. Sin embargo, las cosas se complican cuando un día se descubre que una de sus plantas perforadoras en Alaska causó un desprendimiento que podría impactar de lleno en Europa, creando una catástrofe de dimensiones desconocidas. Todas las miradas se ponen entonces en Digger, quien debe recurrir a toda su experiencia en el negocio para hacer lo que mejor sabe: derivar la responsabilidad a los otros y tratar de dejar a todos contentos y tranquilos.
Luego de volver a su Mexico natal para ajustar cuentas con sus detractores y sus propias miserias en Bardo – falsa crónica de unas cuantas verdades, Iñárritu vuelve a Estados Unidos para continuar su particular cruzada dentro del universo hollywoodense: funcionar como un elemento corrosivo desde el interior del sistema, diseccionando y burlándose de todas sus formas mientras recibe dinero del propio sistema para hacerlo. No siempre fue así: sus primeros films (Amores perros en Mexico, 21 gramos y Babel) podrían funcionar como una trilogía profundamente dramática sobre la falta de comunicación entre los seres humanos y las diferencias sociales que hacen aún más grande esa brecha; películas intensas pero de profundo carácter humanista que analizaban qué tan disociados estamos acerca del mundo que nos rodea y la gente con la que lo compartimos. Luego de un intento no tan exitoso de repetir ese estudio, Biutiful, Iñárritu sorprendió a todos en 2014 con Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), comedia satírica sobre el mundo del teatro que sorprendía por su acidez y crudeza sobre los excesos actorales y la autoimportancia que muchas veces sienten ciertos círculos culturales. Y la sorpresa mayor fue que Hollywood abrazó este brutal cachetazo y lo coronó con 4 Oscars, incluyendo Mejor película. Desde ese momento, Iñárritu continuó con películas de alto presupuesto y ambición: el western El renacido, que le dio un segundo Oscar como director, y la mencionada Bardo.
Digger regresa al estilo de comedia que presentó en Birdman, pero en esta oportunidad lo hace con una mayor ambición y también un par de objetivos más grandes: se trata de una compleja sátira a los magnates y su ambición desmedida, al poder que ostentan y a la idea, en el fondo profundamente desesperante, de que las decisiones y las arbitrariedades de unos pocos afectan profundamente al resto de la humanidad. Lo que hace ambiciosa a la cinta es que, más allá del propio protagonista y su forma de manipular la verdad gracias al poder de su discurso y dinero, en un momento particular la propia película toma un giro que devela otro plano narrativo (que es mejor no anticipar) para reforzar su idea principal, manteniendo que efectivamente la verdad (y el propio arte) son fácilmente manipulables por la misma gente que muchas veces es 'afectada' por ello. 'Podemos reírnos de todo', parece decir Iñárritu, 'pero siempre que esté de acuerdo con el discurso dominante; siempre que convenga al que está arriba, incluso si es una crítica hacia él'. Y esta crítica a las propias formas de entretenimiento y masividad de Estados Unidos se vale de una genial intervención de Cruise, uno de los actores más importantes de Norteamérica, quien cambia físicamente para convertirse ahora en un reflejo dañado de la sociedad, a lo Dorian Grey, aunque manteniendo siempre su mismo poder de magnetismo.