Siempre me repugnaron -y ahora, más que nunca- las reiteradas escenas de ciertas películas estadounidenses en las que los protagonistas tiran comida a la basura (comida que se encuentra en perfectas condiciones, dicho sea de paso) simplemente porque fulano o mengana no vinieron a cenar, y entonces arrojan el pollo, la pizza o incluso el pavo del Día de Acción de Gracias a una bolsa de plástico negra; o se ponen a jugar al tiro al blanco con latas de garbanzos, de salchichas y de espárragos, o con frascos de mermelada. Ni que decir de aquel lamentable video, ese sí muy real, en el que un conocido cantante latinoamericano toma la torta de cumpleaños que acaban de obsequiarle y la arroja contra sus amigos.
Esa práctica del derroche y de la destrucción gratuita de alimentos, que supone un rasgo cultural de estúpida y cruel ostentación de riqueza, me resultó siempre francamente obscena, pero en estos momentos me suena a imperdonable. Para Beck, en el marco de la nueva modernidad, el asunto central consiste en asumir y repartir los riesgos de manera civilizada, racional y pública. Si antes éramos bastante incapaces de avanzar en ese sentido, ahora lo somos en grado superlativo. La parálisis del miedo y de la ausencia de estrategias y previsiones nos domina. Si a ello se suma el inmoral aprovechamiento del caos, desde el punto de vista económico y político, para hacer prevalecer intereses particulares sobre el interés común, puede vislumbrarse la profundidad del precipicio.
Como señala la periodista española Cristina Casabon, estamos hundidos en una sociedad negacionista cuyo rasgo destacado es la estupidez. Ya Homero hace decir a Zeus en la Odisea: “¡Ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde”. El negacionismo presenta dos grandes características que en la pandemia se han evidenciado: por un lado, la creencia mágica en que todo está bien, abonada desde hace décadas por los discursos frívolos de la autoayuda, que han convertido a las filosofías orientales en una especie de cóctel o pastiche tan liviano como deformado; por el otro, y como consecuencia, la indiferencia sistemática hacia todo aquello que no encuadra en ese discurso.
El otro día alguien se quejaba en las redes de estar harto del frío. Varias personas escribieron en el muro de ese alguien ciertos comentarios vinculados a la pobreza, la situación de calle, la vulnerabilidad, el costo de la calefacción e ideas similares. Entonces el dueño del muro se sintió molesto, y proclamó (o advirtió) que su queja no pretendía ahondar en problemas sociales o económicos, sino que se trataba de una idea básica acerca del invierno. Frivolidad, negación, ligereza según la cual nos comportamos como si los males humanos no existiesen.
Ahí está, para muestra, la sonriente foto que se sacó el grupo del Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay, a la salida del Parlamento, después de haber sido citado a dar explicaciones ante la muerte por frío de un hombre de 31 años. ¿Muerte y sonrisas? En todo caso, la foto y la frase servirían mejor para una película de humor negro. En el fondo, el negacionismo es un escape, una resistencia a pensar, un bloqueo a futuro (y por qué no a presente y a pasado) de todo lo feo, difícil y angustiante que nos rodea.
El coronavirus nos ha instalado en el punto culminante de la negación y de la huida. No solamente se evita el contacto con el prójimo; se evita también el pensamiento sobre la suerte de ese prójimo y se disfrazan nuestros terrores con una capa de distracción que es en el fondo una incapacidad para asumir el destino, con todas sus consecuencias. Ahora, el coronavirus ha venido para enfrentarnos a ese problema que, aunque sea más viejo que el mundo, nos sigue interpelando.
Erasmo de Rotterdam, filósofo del siglo XV al que también me he referido en alguna ocasión, dijo, en Elogio de la locura (que viene a ser un elogio satírico sobre la necedad), que el mayor crimen de la humanidad ha sido siempre ir contra la verdad. Erasmo hace hablar a la necedad, que bien puede entenderse como estulticia o imbecilidad, y expresa que una de sus características es decir “cuanto se me viniera a la boca” y que su norte y guía es el placer como bien supremo. “¿Hay un solo día en la vida que no sea triste, monótono, insípido, aburrido y molesto si no se le adereza con el placer, es decir, con la salsa de la necedad?”, se pregunta. No. Porque la necedad es “la única cosa que detiene la fugacísima juventud y retarda la pesada vejez”. Como puede verse, Erasmo se adelantó en mucho a su tiempo.
Sin embargo, a pesar de la tendencia negacionista y frívola, me parece que el ser humano es cada día más consciente de la extrema fragilidad de su existencia y de todos sus sistemas sociales e institucionales. En tal sentido, el coronavirus ha llegado para sacudirnos a fondo, y se ha instalado como un “hecho social total”, según frase del sociólogo y antropólogo francés Marcel Mauss, quien se refiere con ello a un fenómeno que implica todas las dimensiones de la realidad humana. Del virus como hecho y como constatación científica, a la enfermedad, el aislamiento, la desocupación y la escasez, y del virus a la angustia, el miedo, la depresión y la incertidumbre, todas las piezas del tablero conforman el hecho social total que hace tambalear el conjunto de nuestras prácticas, instituciones y mentalidades.