Bajo el aguacero, la plaza resiste
De golpe, el cielo se cae a pedazos en un aguacero torrencial. El agua borra los contornos, pero no ahuyenta a nadie: la marea resiste bajo el diluvio, empapada de dignidad, mientras en el recinto de Diputados la sesión para bajar el DNU 70/23 y tratar la Emergencia en Discapacidad y Endeudamiento Familiar vuelve a caerse por falta de quorum. Antes de que las bombas de gas cortaran el aire, la plaza era una cátedra a cielo abierto, un territorio donde confluían todas las deudas de la patria.
“Demasiada atención hace que el burro se crea león”, advertía el cartel de cartón de una estudiante. “La patria no se vende. La ciudadanía tampoco”, se leía en otra pancarta hecha a mano con fibrón negro. “Las Malvinas son argentinas. La Patagonia también”, remataba otro cartel, resumiendo los hilos invisibles que unen la lucha universitaria con la soberanía nacional. La Quinta Marcha Federal ya era multitudinaria mucho antes de que en el Congreso se frustrara el intento de dar de baja el DNU. Gremios, orgas, movimientos sociales y, sobre todo, estudiantes coparon el barrio desde bien temprano. Ni la llovizna pertinaz ni el clima pesado frenaron el reclamo contra la extranjerización de la tierra y en defensa del presupuesto educativo.
Estudiantes, docentes y jubilados: las voces de la marcha
Florencia estudia en un secundario de San Miguel y bajó al centro para defender lo que todavía no tiene, pero siente propio. Se le iluminan los ojos cuando confiesa su sueño de cruzar la puerta de la universidad pública: “Tengo planeado estudiar Veterinaria o Relaciones Internacionales. Espero que Milei no las cierre”, dice la piba con un nudo en la garganta. “Estoy acá para proteger mi futuro y el de todos”. Frente a las vallas, agita su cartel dibujado a mano: “No hay cadenas más peligrosas que la ignorancia impuesta”. A unos pasitos, Victoria Carballo, estudiante de Educación Especial, comparte unos mates con sus compañeras del Rojas. “Estamos todos movilizados. Este gobierno ataca directamente a las personas con discapacidad. Mi vocación es ayudar, y lo que hacen ellos es estigmatizar al colectivo, desfinanciarlo y cerrarle las puertas. Pero no solo a ellos: a los pobres, a los docentes, a los jubilados, a cualquiera que piense distinto”. Victoria mira a los efectivos de la Federal que lustran sus escudos del otro lado del cordón metálico: “Leo mucho en el profesorado, pero sobre todo me gusta Mafalda. Ahí enfrente están los que aman el palito de abollar ideologías”. Su cartel concentra el reclamo en un himno de su corazón: “Sean eternos los derechos que supimos conseguir”.
Los jubilados combativos de Los 12 Apóstoles también dicen presente, ahora y siempre. En la primera línea, codo a codo con las pibas y los pibes, marcha Ricardo, de 72 años y el pelo canoso empapado por la lluvia: “Vengo por todos los compañeros y compañeras que padecen este drama nacional. Laburé toda la vida como colectivero y hoy no llego a fin de mes. Es un genocidio lo que hacen con los viejos: se nos mueren 150 compañeros por mes porque les sacaron los remedios, porque están deprimidos o directamente porque no comen. Decime qué otro nombre le podés poner a esta película de terror”. Ricardo, experimentado en las grandes tormentas del país, remata con la voz firme: “Pasé a Martínez de Hoz, a la híper de Alfonsín, a Menem, pero este ajuste es salvaje. Hay que frenarlos con la lucha y en las urnas; no damos más”.
La tierra, el futuro y el saldo de la represión
Melany Ticona camina a la par de sus profesores. Estudia Trabajo Social en la Universidad Nacional de La Matanza. Es la primera universitaria de su familia. “Un orgullo inmenso, pero me da mucha rabia y tristeza ver cómo la están pasando nuestros docentes. No puedo creer que un gobierno no cumpla con las leyes; te da una mezcla de bronca y resignación”. Melany llega con lo justo a fin de mes; la mayoría de sus amigos sobreviven pedaleando para las aplicaciones de delivery. “Parece que el gobierno quiere que nuestro único futuro sea subirnos a una bici a repartir o manejar un Uber”. A su lado, una compañera de cursada levanta un cartel sabio: “La universidad pública nos dio cinco Premios Nobel; la privada a Milei”.
El reclamo de la tierra también echó raíces en la plaza. Patricia es agricultora de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). Vino desde General Rodríguez, donde cultiva verduras, frutas y flores. Reparte plantas de lechuga y cebollas de verdeo entre las columnas como un acto de soberanía: “Trabajamos la tierra de sol a sol y no llegamos a nada. Nuestro laburo no vale nada, nos condenan a la pobreza mientras quieren entregar las tierras a los ricos. Por eso venimos a pelear por la patria y por nuestros hijos”.
“No lo soñé, yeh / Ibas corriendo a la deriva / No lo soñé, yeh / Los ojos ciegos bien abiertos”. Aturde la plaza el estribillo de “Jijiji” escupido por los parlantes cuando termina el acto. No hay pogo más grande del mundo posible bajo la feroz tormenta y la represión: solo una marea de cuerpos corriendo a la deriva por la plaza para escapar de las nubes químicas y los disparos a quemarropa de la Gendarmería y la Federal. ¿El saldo de la cacería? Decenas de heridos y detenidos.
Muy cerca del escenario, un pasacalle que flamea mojado bajo el aguacero grita su advertencia postrera contra el gobierno mileísta: “Si nos unimos NO PASARÁN”.
Por: Nicolás G. Recoaro para ElTiempoAR