Que este centenario sirva, al menos, para volver a preguntarnos por qué hoy eso sigue pareciendo imposible.
Encontré un ejemplar de la "Biblioteca Familiar" en un armario viejo y valioso. Estaba entre papeles, fotografías y alguna que otra reliquia editorial; su lomo gastado, sus páginas amarillentas, conservaba aún el olor de la imprenta. Al abrirlo, vino a mi mente toda esta historia: la de las Bibliotecas Familiares que Fidel impulsó en Cuba y Venezuela, y que un día llevaron veinticinco clásicos a manos que nunca habrían pagado por ellos.
Fomentando la lectura
La tarde del 15 de julio de 2003, el Poliedro de Caracas se llenó de niños con uniformes escolares y de padres que sostenían en brazos cajas de cartón como el de la foto como quien carga algo más pesado que libros.
Dentro de cada caja, veinticinco títulos: El principito, El viejo y el mar, La isla del tesoro, Novelas ejemplares, las voces de Carpentier, Martí, Benedetti, García Márquez. Las colecciones habían sido impresas en Cuba semanas antes y enviadas por barco. Nadie pagó un bolívar por ellas. Eran un regalo para los estudiantes que terminaban sexto grado y para sus familias.
En el papel, ese obsequio tenía un valor incómodo de calcular. Los veinticinco títulos, a precio de librería, superaban el millón de bolívares. Con el cambio oficial de 1.600 bolívares por dólar, eran unos 625 dólares.
Venezuela atravesaba un paro petrolero estimulado por EEUU, una crisis política provocada por la histórica derecha antichavista y una inflación que devoraba salarios.
Y sin embargo, allí estaban las cajas, gratuitas, en manos de familias que quizá no habrían entrado nunca a una librería.
No era la primera vez que Fidel intentaba algo así. Un año antes, en 2002, Cuba había lanzado su propia Biblioteca Familiar dentro de la llamada “Batalla de Ideas”.
Veinticinco títulos seleccionados por intelectuales cubanos, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, con prólogos escritos para la ocasión.
Cien mil colecciones. Un precio simbólico de 60 pesos, algo así como 2,22 dólares de la época, “un costo inimaginable en los circuitos comerciales de casi todo el mundo”.
Se vendían sueltas o en caja, en librerías de todo el país, y parte de la tirada viajó con los médicos cubanos destinados al exterior. La idea era simple y ambiciosa a la vez: que la literatura universal dejara de ser un objeto de vitrina.
El contraste con el valor real de esos libros era, y sigue siendo, vertiginoso. Sumando los precios actuales de ediciones en español de esos mismos clásicos la colección completa valdría hoy entre 250 y 350 dólares.
Es un estimado conservador, basado en reediciones modernas, no en el valor de coleccionista de aquellos ejemplares impresos en La Habana. Pero basta para medir la distancia en el gesto de un Estado que decidió subsidiarlo todo, desde el papel hasta el prólogo.
Fidel lo dijo muchas veces: quería “crear un país de lectores”.
La frase suena ingenua o sospechosa según quién la escuche, pero describe un programa concreto, con barcos, imprentas, selecciones editoriales y actos multitudinarios.
La lectura, en ese esquema, no era un bien de consumo reservado a quienes podían pagarlo, sino un derecho que se entregaba en la mano, como se entrega un pan o una vacuna.
Hoy el paisaje es otro. La lectura se ha vuelto, en buena parte del mundo, una suscripción, plataformas que cobran mensualmente, catálogos que rotan y desaparecen, "bestsellers" promocionados por algoritmos, librerías que cierran en los barrios pobres y florecen en los ricos.
El libro electrónico prometió democratizar el acceso y terminó creando nuevas murallas: derechos digitales, geobloqueos, precios que no bajan nunca.
En América Latina, un ejemplar de tapa blanda puede costar el equivalente a varios días de trabajo. Leer, para millones de familias, sigue siendo un lujo que se practica en bibliotecas públicas mal financiadas o en pantallas prestadas.
Las Bibliotecas Familiares de Fidel no resolvieron la desigualdad lectora del continente. Fueron un gesto, una apuesta, un experimento pues se imprimían en un país con escasez de papel, se distribuían en medio de crisis económicas profundas, y su carácter político-cultural era claro. Fueron la prueba de que otra relación con los libros es posible: que se puede poner a un niño El principito en las manos sin pedirle nada a cambio, que se puede imprimir cien mil colecciones y venderlas al precio de un café, que se puede enviar una caja de clásicos a un médico en el extranjero como quien manda una carta de afecto.
Lennon escribió que lo llamarían soñador, pero que no era el único, Fidel, con los demonios y sombras de aquellos años, soñó algo parecido: un mundo donde la cultura no se compra, se entrega.
Veinte años después, mientras las librerías se convierten en tiendas de regalos y la lectura se mide en suscripciones, vale la pena recordar aquella tarde del Poliedro, aquellas cajas de cartón, aquellos veinticinco libros que nadie pagó.
No para santificar al que los mandó, sino para constatar que el sueño existió, que fue masivo, que fue subsidiado, y que hoy, en el mundo comercializado de la lectura, sigue sin haber muchos dispuestos a soñarlo de nuevo.
Cierro el ejemplar y lo devuelvo al armario viejo y valioso.
No sé cuánto valdrá en el mercado. Sé que no lo compré. Sé que alguien, en algún lugar, decidió que yo o quien lo tuvo antes debía leerlo sin pagar nada.
Lennon tenía razón: dirán que soy un soñador, pero no soy el único. Aquí está la prueba, a los 100 años Fidel sigue soñando, y yo con él.
(*) Ministro consejero de la Embajada de Cuba en Uruguay