Sin embargo, el artículo se pregunta para qué prometemos y juramos la bandera, es decir, ¿tiene algún sentido?, ¿cuál?
El origen normativo de esta práctica deja claro que su esencia es militarista. En la actualidad muchos de los términos empleados en estas ceremonias suenan rimbombantes, exagerados e innecesarios. Eso se asume y se da por hecho que siguen allí porque siempre estuvieron, se le resta importancia a las palabras, al lenguaje y su poder de construcción de ideas y actitudes. Por ejemplo, la idea de que no jurar se considera traición a la patria. Ribeiro dijo en la nota ya citada que aunque eso estuviera escrito en la cláusula no se aplica, que es «un delito mayor, que no lo veríamos como armonioso de aplicar en un caso como este”.
La promesa y jura de la bandera nos enfrenta a debates sobre el nacionalismo, la transgresión de fronteras, el sentido de pertenencia, la identidad, el «orgullo oriental». ¿Qué prometemos y juramos cuando prometemos y juramos fidelidad a la Bandera Nacional, símbolo patrio por excelencia? ¿Qué es defender al país? Porque cuando nació esta práctica eso estaba claro, había servicio militar obligatorio. Hoy, ¿qué entendemos cuando decimos eso?
Sostenemos prácticas que sabemos que, al menos como las estamos llevando a cabo, quedaron obsoletas. Quiero suponer que nadie pretende que un niño de 6 o de 12 años tome las armas y vaya a la guerra en caso de que haya una guerra. Hay una crisis de sentido en estas ceremonias.
¿Acaso saben las niñas y los niños qué es lo que están haciendo? Si no hay una vinculación real, material de esto con las acciones a las que originalmente nos obligaba, podemos decir que es una práctica simbólica. Y volvemos a la interrogante: ¿qué simboliza? ¿Es una expresión de amor al país? ¿Por qué, entonces, no se utilizan esos términos?
Estas interrogantes se nuclean alrededor de la primaria: ¿para qué prometemos y juramos la bandera? ¿Qué sentido tiene para el Estado? ¿Y para las personas? ¿Qué valor tiene si lo hacemos sin entender cabalmente qué hacemos? Y si ante las preguntas se le resta importancia al hecho en su carácter militarista, ¿para qué lo estamos haciendo? Por algo se mantiene. Si es por tradición, ¿qué tradición y qué nos aporta?
Las prácticas y ceremonias se pueden revisar sin la visión dicotómica abolir/mantener inamovible. Una práctica que comenzó en el siglo XIX y que está incluida en una ley ya derogada de 1940, ¿no merece un debate social, político y público? Asistimos a y asentimos en estas ceremonias por obligación, sin comprender mucho qué estamos haciendo, guiadas/os por valores como el patriotismo, el honor, la fidelidad. ¿Hay mejor demostración de amor y de respeto a la democracia que cuestionar y decidir colectivamente qué país queremos construir?