Si para China la IA es una bendición y no una maldición, habría que estudiar qué hace el gigante asiático para convertir a un posible drama en su trampolín para el desarrollo y bienestar. La IA es parte del currículo escolar desde los 8 años en más de 3.000 escuelas y será china la primera generación de humanos que crecerá viendo la IA como algo natural, cotidiano y fácilmente manejable.
En Uruguay, la tercera edad se siente apabullada, descolocada en este nuevo mundo. Es tanto lo que hay que aprender para poder interactuar en el sistema que ya se sienten fuera del mismo. Incluso personas de mediana edad se sienten frustradas, porque no acaban de aprender a dominar una herramienta tecnológica cuando ya aparecen otras dejándola obsoleta.
Como sea, algo bueno llega en medio del torbellino. Y aquí es cuando entra en escena el ministro de Trabajo y Seguridad Social, Juan Castillo, ya que el Gobierno ha dado luz verde para que se inicie el debate sobre la reducción de la jornada laboral. Y es que eso que amenaza a los trabajadores con el desempleo trae aparejado el mejor argumento para disminuir la cantidad de horas de trabajo, ya que ahora podemos rendir muchísimo más en menos tiempo. ¿Cuánto tardaba, por ejemplo, un diseñador gráfico hace un par de años atrás para entregar un trabajo a una empresa publicitaria? La automatización se extiende a todos los sectores superando al esfuerzo humano. Un abogado puede hallar en segundos los artículos que necesita estudiar para un caso. Un médico puede acceder a infinidad de historiales y estudios de manera instantánea, evitando meses de rastreo. Y podría citar centenares de ejemplos.
El punto es que cualquier humano, usando a la tecnología como aliada y no como enemiga, puede producir mucho más sin vivir esclavizada.
El mito que mete miedo
Existe una idea muy extendida en el debate económico: que mejorar los derechos laborales (aumentar salarios, reducir la jornada o fortalecer la protección del trabajador) espanta la inversión extranjera y que si un país protege más a su gente, automáticamente pierde competitividad; pero esa afirmación es falaz.
La evidencia internacional muestra que la inversión extranjera no se guía únicamente por el costo laboral. Factores como la estabilidad macroeconómica, la infraestructura, la seguridad jurídica y el tamaño del mercado son igual o más determinantes. Países con altos estándares laborales como Alemania, Francia o los países nórdicos siguen siendo grandes receptores de inversión. Es decir: los inversores no buscan solo mano de obra barata; buscan entornos previsibles, productivos y estables.
Y acá aparece el punto clave: el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza justicia social. Un país puede crecer… y sin embargo dejar a la mayoría atrás.
Tomemos el caso de Paraguay, muchas veces presentado como ejemplo de éxito económico en la región. Durante años ha tenido tasas de crecimiento cercanas al 5 % anual, entre las más altas de América Latina. Dicen que logró reducir la pobreza de más del 50 % a alrededor del 16 % en dos décadas. Sin embargo, los que conocemos Paraguay de punta a punta sabemos que no es cierto, porque los números no mienten, pero quienes los manejan sí. Es como las cifras que anuncia Javier Milei en Argentina. Según el delirante, cada mes la pobreza baja en millones de personas gracias a su genial gestión.
La verdad es que el crecimiento paraguayo no se tradujo en empleos de calidad ni en condiciones laborales aceptables. Por el contrario, son elocuentes los altos niveles de informalidad y precariedad persistente. Alguien, durante un debate sobre el tema, me dijo: “Ah, pero las estadísticas…”. Lo interrumpí con aquello de “la estadística es la ciencia por la cual si un hombre come dos pollos y otro ninguno: dos hombres comieron un pollo cada uno”.
Instalar en Uruguay el modelo paraguayo será retroceder décadas en derechos laborales.
¿Por qué hay empresas que han optado por Uruguay y no por Paraguay, pese a que tenemos impuestos, salarios y costos energéticos mucho más altos? Porque lo que ahorrarían por un lado se iría en sobornos a inspectores, policías, fiscales, jueces, ministros y jerarcas a granel, ya que la corrupción es impresionante por aquellos lares.
Por otra parte, ¿de qué sirve crecer si solo unos pocos disfrutan de los beneficios?
Cuando se dice que hay que sacrificar derechos laborales para crecer, la pregunta es: ¿crecer para quién? Porque si el crecimiento no reduce la pobreza, si no mejora las condiciones de vida, si no genera empleo digno, entonces no es desarrollo: es concentración. Es el crecimiento de un puñado de familias poderosas.
Este no es un fenómeno exclusivo de Paraguay. América Latina, en general, ha tenido períodos de crecimiento económico con desigualdad persistente. La pregunta es cómo distribuir mejor los frutos del crecimiento. En ese contexto, aparece otra discusión clave: la reducción de la jornada laboral.
Trabajar menos y rendir más
Históricamente, la jornada de 8 horas fue una conquista social. Hoy, varios países están empezando a debatir (e incluso implementar) jornadas de 6 horas o semanas laborales más cortas. Ejemplos recientes incluyen experiencias en Islandia, España, Reino Unido y proyectos piloto en Chile y otros países europeos.
¿Perdieron inversión extranjera por eso? No. En muchos casos, los resultados muestran igual o mayor productividad, menor ausentismo y mejor bienestar de los trabajadores. Yo agregaría que se enferman menos. Es decir, mejorar las condiciones laborales no necesariamente reduce la eficiencia; puede aumentarla. Un obrero que trabaja seis horas diarias tendrá menos riesgo de enfermarse que otro que trabaje 8. El primero tendrá menos exigencia física y, por lo tanto, más energía y salud.
Esto rompe otro mito: que los derechos laborales son un costo. En realidad, pueden ser una inversión en productividad, en capital humano y en estabilidad social.
Las economías no son sólo números: son personas. Y una sociedad donde la mayoría vive con incertidumbre, salarios bajos y jornadas extensas no es sostenible, ni social ni económicamente. Por eso, el verdadero debate no es crecimiento versus derechos laborales. El verdadero debate es qué tipo de crecimiento queremos. ¿Uno que compita bajando derechos y salarios o uno que crezca elevando la calidad de vida, distribuyendo oportunidades y fortaleciendo a su gente? La evidencia sugiere que el segundo camino no solo es más justo, sino también más inteligente.
Lo que Juan debe resolver
Al ministro le toca la nada sencilla tarea de conciliar los reclamos de los trabajadores con los temores de sus empleadores. Supongo que cuando las jornadas se redujeron en el mundo a 8 horas diarias muchos empresarios e inversores pensaron que sería una catástrofe; sin embargo, aumentó la productividad, aumentó la expectativa de vida y la Tierra siguió girando alrededor del Sol.
Aun así, admitamos que esto no puede hacerse sin precauciones. El PIT-CNT, aun cuando plantea las 40 horas semanales, reconoce las peculiaridades de cada sector; y está bien, porque no hacerlo sería irresponsable. Los industriales, como era de esperar, se oponen. Si fuera por ellos, habría que volver a las 12 horas diarias y eliminar horas extras y salarios mínimos. La Cámara de Comercio, en cambio, acepta discutir el tema, siempre y cuando quede atado a la productividad. Juan Castillo ha aceptado esta condición y ha presentado un cronograma para el debate.
El análisis, que será complejo (habrá que contemplar las particularidades de cada sector), se realiza en el marco del Consejo Superior Tripartito, integrado por delegados del Poder Ejecutivo, cámaras empresariales y el PIT-CNT.
El objetivo es llevar las 48 horas laborales semanales a 40 sin disminuir salarios.
Ahora, no solo se busca atar la reducción de la jornada laboral a la productividad, sino también a la competitividad; y ahí entran otros factores en juego.
La reconocida capacidad de diálogo del titular del MTSS enfrenta con todo esto el mayor desafío de toda su gestión. Si tiene éxito, todo el país lo tendrá; pero no quisiera estar en sus zapatos porque, aunque justo y necesario, el objetivo no es fácil.
Aun así, Juan Castillo es optimista: “En eso es en lo que tendríamos que poner énfasis, en buscar cómo mejoramos la calidad de vida de los trabajadores, de la sociedad uruguaya, no solo sin afectar, sino mejorando los niveles de competitividad y productividad. Eso ha sido posible en otros países, ¿por qué no va a ser posible en Uruguay? Demos el tiempo y la forma de estudiar cuál sería el mecanismo para que ambas cosas vayan de la mano”.