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Principistas y candomberos

Por Leonardo Borges.

Después de abril de 1872, los uruguayos sentían un júbilo renovado. Tras la Revolución de las Lanzas, tras la primera instancia de coparticipación entre los partidos (6 de abril de 1872), la paz, la tan ansiada paz se había hecho realidad por las negociaciones del presidente interino, Tomás Gomensoro. Para unos y otros, la salida fue salomónica y, por primera vez, dos partidos estaban sosteniendo al gobierno. La coparticipación, aunque fuera verbal, había resultado una buena salida. El interinato de Gomensoro transcurrió en paz. Pero más allá de la algarabía por el fin de la guerra, la guerra en sí había generado un escenario de caos en la campaña. La situación económica era malísima; la financiera, terrible. Más allá de las fronteras de Montevideo, el campo estaba sumido en el desorden. A pesar de esto, el gobierno de Gomensoro se paró firme ante reclamaciones, como tantas, del Barón de Mauá y los extranjeros por efectos de la guerra. Más allá de esto, Gomensoro, a pesar de su éxito, no logró llegar a la primera magistratura electiva. Se había generado en el país una idea -recurrente- de que los caudillos (e incluso los partidos) eran los causantes de la guerra. Reminiscencias de la Guerra Grande se cernían sobre el país. De esta manera se van a formar, entre tantos dimes y diretes, entre tantas idas y vueltas, dos tendencias más: principistas y netos, despectivamente denominados candomberos, mote extraído de las palabras de Juan Carlos Gómez, quien, al enterarse de un acuerdo entre caudillos y jóvenes liberales, con su ironía característica, sentenció: “Siga el candombe”. Las diferencias parecían ser la marca registrada de un país que no lograba proyectarse en otra cosa que no fuera el enfrentamiento entre blancos y colorados, caudillos y doctores, cursistas y oristas, entre otras divisiones. Los principistas, jóvenes universitarios montevideanos (tanto blancos como colorados), producto de la vieja Universidad, eran quienes reprobaban las viejas tendencias caudillistas. Eran, según marca Zum Felde, el gobierno de los doctores, el triunfo solapado de la ciudad. Se crearon incluso nuevos partidos por fuera de los viejos, con poca o nula popularidad pero con fuertes principios. El Partido Radical pasó a llamarse Partido Constitucional, marcando así las tendencias subyacentes. Detrás se encontraban las figuras del Ateneo, un sinnúmero de intelectuales: Carlos María Ramírez y Pablo de María, entre otros. Un verdadero partido de ideas, tan fugaz como convencido de sus “ideas”. Acatar las leyes, la Constitución y los principios, principalmente los principios. José Pedro Ramírez escribió: “La libertad como principio, la libertad como medio, la libertad como fin”. Los principistas y los candomberos tomaron diferentes caminos, más allá de sus principios. Cada partido articuló a su manera estas divisiones. Washington Reyes Abadie marca tres tendencias dentro del Partido Colorado: los ultras o tradicionalistas de Francisco Bauzá, los netos o candomberos de José Cándido Bustamante y los liberales de José Pedro Ramírez. También los blancos tuvieron sus divisiones. La tendencia principista se nucleó en el Club Nacional, el cual redactó un programa el 7 de julio de 1872. Se dividieron entonces entre defensores de los principios de Manuel Oribe, los blancos; y los principistas se denominaron Partido Nacional, dando un sentido suprapartidario. ¿Cómo definir a un principista? Cientos de veces citado, pero muy explicativo, Carlos Real de Azúa dice: Un ser austero, rígido, altisonante, que anteponía siempre sus geométricas convicciones liberales a todos los dictados del interés inmediato, a todas las deformaciones de la conveniencia (y hasta de la convivencia). Una yerta efusión de grandes palabras, sonoras generalidades y fórmulas resplandecientes (Carlos Real de Azúa, Liberalismo y Principismo). El ensayista no escatima en sinónimos: los “trotskistas del liberalismo” o los “platónicos de la libertad”. Por su parte, Telmo Manacorda, con sus palabras en extremo poéticas, indica: “Aquellas Cámaras otorgan a sus legisladores un estado de ánimo sobrenatural y ellos se creen en el aula, en el foro, en el ágora”. Juan A. Oddone es muy claro en su juicio al principismo: “El principismo, más allá de sus utópicos desvíos o de su intolerancia doctrinaria, ha apurado, en breve trámite, una rendición de cuentas con el pasado que se volvía incuestionable reclamo luego de cuarenta años de equívoca vida independiente. Empero, dentro de esta generación, hubo muchos hombres que ostentaban ideas que fueron básicas para el futuro desarrollo del país, principalmente de la cultura, base si la hay de todo tipo de cambio. Así se irán, a fines de los setenta, generando una serie de cambios en los que mucho tuvieron que ver algunos principistas y sus principios. Las elecciones para la nueva legislatura se llevaron adelante el 24 de noviembre de 1872. Los netos lograron las mayorías, pero los principistas colocaron a sus principales figuras en las cámaras. Estos marcaron las tendencias de aquellas cámaras, que Luis Melián Lafinur tildó de bizantinas; y, por ejemplo, Zum Felde tituló ‘El Parlamento convertido en academia’ su capítulo al respecto, dejando claro que aquellos hombres de principios estaban muy alejados de los problemas reales de aquel Uruguay y, a pesar de su propia clase, estaban de espaldas a los intereses de los grandes comerciantes y los estancieros de la Asociación Rural del Uruguay (ARU). Se sentaban con magnificencia en aquellas sesiones maratónicas, que, vale decir, a pesar de estar alejadas del país real, marcaron un intento histórico por fuera de la belicosidad de otros tiempos. Discutían allí hombres como: Gonzalo Ramírez, José Pedro Ramírez, Juan P. Castro, Eduardo Chucarro, Alejandro Chucarro, Garzón, Villalba, Joaquín Requena, Agustín de Vedia, Ángel Floro Costa, Juan José de Herrera, Vázquez Sagastume, Julio Herrera y Obes, Gomensoro, Bustamante, Caravia, Lerena, Del Castillo, Castellanos, Magariños, Álvarez, Echevarría, Soto, Lacueva. “La flor y nata del doctorado nacional, está en el gobierno”, dice Zum Felde. Más allá de las brillantes ideas de los principistas, la realidad de Uruguay era desastrosa. La situación económica y financiera, aderezada por una sequía que hizo perder casi nueve millones de animales, entre vacunos y ovinos, hizo crepitar a los grandes estancieros nucleados en la ARU, que poco a poco fueron optando por los militares (representados por el joven coronel Lorenzo Latorre). El golpe estaba digitado, inicialmente con la máscara de Pedro Varela y finalmente con el gobierno provisorio del mismo Latorre. A pesar de esto, quedaron en los anales del Parlamento una serie de leyes e iniciativas de los principistas. Estos liberales a ultranza sancionaron varias leyes que permanecieron en la historia jurídica de Uruguay, por supuesto siempre intentando salvaguardar las libertades. Un ejemplo de ley principista: “Toda persona arrestada por la Policía podrá exigir que le hagan comparecer ante la autoridad judicial para saber por qué se lo ha arrestado”, entre otras, siempre en pro de las libertades individuales. Pero también es cierto que esta misma generación es la madre de la más grande de todas las reformas, la reforma escolar, en manos de José Pedro Varela, uno de aquellos principistas. Teoría o pragmatismo, una de las grandes discusiones políticas de siempre.

Escribió Luis Melián Lafinur
“Las discusiones bizantinas de las Cámaras de Ellauri sobre interpretaciones de nuestro Código Político por un quítame allá esas pajas, en cuestiones doctrinarias que ese Código no resuelve, determinaron a la postre una anarquía de ideas y un desorden insoportables”.

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