La forma de la curva, su amesetamiento, no es muy diferente en Uruguay aunque se estabilice en menor porcentual. Después del triunfo de 2004 en primera vuelta con el 50,45% (punto inicial de los mejores indicadores socioeconómicos sostenidos de su historia como Bolivia) se asentó en el 48% en 2009 descendiendo tan sólo al 47,84% en 2014. Podría dar la impresión de una tendencia estable que se quiebra en esta oportunidad al no llegar siquiera al 40%, si no se atendiera a que en las sucesivas elecciones internas el Frente Amplio (FA) fue declinando dramáticamente, mucho más aún que en la proporción en que lo fue haciendo la ciudadanía uruguaya en general (casi 15%) hasta llegar a ser prácticamente duplicado por el conservador Partido Nacional. Si además no se reparara en las derrotas de los referéndums contra la ley de Caducidad y el voto en el exterior en 2009 y el carácter muy ajustado del rechazo de la iniciativa de baja de edad de imputabilidad y la reforma actual. En la elección anterior, todas las encuestadoras pronosticaban la pérdida de las mayorías parlamentarias y la posible derrota en balotaje, por lo que la actual vicepresidenta Topolansky expresó aliviada que fue el “susto el que despertó al mamado”. Esta vez el susto no alcanzó, porque ni siquiera se formuló con el dramatismo necesario, apelando por el contrario a la razón, exhibiendo logros. Quienes militamos en las bases fuimos advirtiendo el desgranamiento y en muchos casos el cierre y desaparición de comités de base, la exigua o nula comunicación y articulación organizativa, cosa que quienes a la vez tenemos la oportunidad de intervenir en medios lo hemos señalado reiteradamente. Las sucesivas autoridades electas frentistas, desde la Presidencia hasta la Comisión Nacional de Organización (CNO), parecieron más predispuestas a opinar sobre políticas de gobierno y defenderlas, que a organizar y asegurar la apertura de los comités, movilizar y asegurar el contacto militante directo con el elector. Sin militancia de cercanía organizada, la política deviene electoralismo, es decir, una mecánica schumpeteriana en la que los electores funcionan como consumidores y los políticos como empresarios donde gana el que tenga la oferta novedosa y el mejor packaging. Y en ese contexto, quien sacó mayor éxito relativo fue el estreno del primer partido neofascista de la historia del país presidido por el excomandante en jefe del Ejército. Se gane o pierda el balotaje, la refundación del FA resulta indispensable en los próximos 5 años.