Brasil: Una reforma antihistórica y anticapitalista
Aquí la rechazaron el Frente Amplio, el Pit-Cnt y el Partido Nacional. El Partido Colorado, que se dice heredero del batllismo, guarda un vergonzoso silencio.
Lo primera constatación es que esta no es una reforma procapitalista (en todo caso es a lo sumo una manifestación bárbara del “capitalismo salvaje” anatemizado por Juan Pablo II, en todo similar a la voracidad criminal de los capitalistas de comienzos de la primera Revolución Industrial), sino que es una reforma profeudal, antieconómica, antisocial y antihistórica. Basta leer a Eric Hobsbawm para recordar que la forma mediante la cual el sistema de economía de mercado o capitalista, basado supuestamente en la iniciativa individual y el rol subsidiario del Estado, puede desarrollarse y solucionar sus crisis es cuidando el mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la sociedad, como los trabajadores, los jubilados y aun los excluidos del sistema, de forma de desarrollar mercados donde expandirse y que la miseria no le genere anticuerpos, o, peor aun, que el sistema caiga en las crisis recurrentes que son inherentes a su naturaleza, según reconocen todos sus grandes teóricos. Recordemos al punto que dichas crisis han adquirido carácter global (como las de 1994 en México, 1997 en Indonesia, 1998 en Rusia y la regional de Brasil en 1999) cuando no toman el carácter de una Gran Depresión, como la de 1929, y amenazó serlo (si es que no lo fue), la de 2007-2010. El creciente bienestar social y la existencia de sindicatos con poder de negociación son una condiciones necesarias para el progreso de las fuerzas productivas en el capitalismo y así lo entienden y lo proclaman (poniendo sus fortunas como garantía, como ocurrió en 2008) billonarios como Warren Buffet, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Michael Bloomberg, Jeff Bezos (Amazon y otras), Steven Spielberg, Oprah Winfrey, George Lucas; y así lo entendió Steve Jobs. La expansión y bienestar de los mercados es la obsesión de los verdaderos capitalistas (no de los parásitos que viven de mercados cautivos, créditos de bancos oficiales o exoneraciones fiscales para luego mostrarse partidarios del “Estado mínimo”), como los antes nombrados, que son auténticos y de última generación, o como el fundador John Ford, que quería que sus obreros ganaran buenos sueldos para que compraran sus productos, conducta imitada por Giovanni Agnelli en la FIAT, del otro lado del Atlántico. La llamada “era dorada del capitalismo” se desarrolló entre 1945 (fin de la Segunda Guerra Mundial) y la crisis del patrón oro y del petróleo en 1973. Se caracterizó por un crecimiento incesante y jamás visto de la economía mundial y coincidió con la mayor intervención del Estado en la economía, el auge de los sindicatos y las formas de economía mixta. Debe señalarse que los estadistas de la época estaban librando la Guerra Fría, que los obligaba a maximizar sus habilidades y destrezas. En ese sentido, el fin de la Guerra Fría, el comienzo de la globalización asimétrica en 1989 y el auge de formas extremas de competencia comercial (basadas en el consecuente aumento de la tasa de explotación) en China, en Rusia y en las potencias occidentales (ni hablar de América Latina, sometida al rigor de la “década neoliberal”) fueron preparando el terreno para el desenfreno de la voracidad empresarial -sobre todo los que no tienen espíritu de riesgo y prefieren explotar mercados cautivos- y para las formas extremistas de gobierno. El ciclo de gobiernos populares en América Latina, con el aumento de beneficios a los sectores postergados (y la aplicación de impuestos progresivos como las “retenciones” a los grandes agroexportadores en Argentina), así como los programas sociales aplicados en Brasil por la dupla Lula da Silva-Dilma Rousseff, aumentaron el odio de las clases privilegiadas, que vienen por todo. La reforma laboral de Temer Caras y Caretas anunció desde la misma asunción de Michel Temer, el 31 de agosto de 2016, que los anuncios contenidos en su discurso inaugural, relativos a “grandes reformas estructurales en materia de flexibilización laboral y en los regímenes previsionales para aumentar la productividad”, podrían ser una amenaza para todos los equilibrios sociales de América Latina, los beneficios recientes y aun los que provenían de conquistas del siglo pasado. Dichos anuncios se producían en el momento de la mayor crisis en el gobierno popular del país más grande de América Latina y encendieron las luces rojas en toda la región. Sin perjuicio de hacer una breve reseña de los principales lineamientos de la reforma de Temer, cabe consignar que su peor consecuencia es el impacto político y psicológico que tiene en la región, debidamente amplificado por los medios de la derecha: lo que busca es convencer que la explotación de los trabajadores es un imperativo de estos tiempos, “el signo del siglo XXI”, cuando pensadores prospectivistas como Grompone dicen exactamente lo contrario, acaso porque este ingeniero y escritor haya sido un empresario informático altamente exitoso perteneciente a un sector -el de mayor avanzada- que nunca pide nada al Estado. Pero repasemos los lineamientos de la reforma aprobada el 11 de julio en el Senado brasileño después de una comprobada operación masiva de sobornos, y que destruye nada menos que las leyes trabalhistas aprobadas por Getulio Vargas en 1943, alterando las reglas de contratación y empleo mientras espera su turno la también anunciada reforma previsional: