Necesitamos de la ficción casi tanto como del pan y el agua. Hace un tiempo escuché una opinión que me sorprendió mucho; alguien dijo –y de ello consta prolija documentación pública– que no leía literatura porque se trataba de ficción, y por lo tanto, “no les creo a los escritores”. Me pareció un disparate de los grandes, algo así como la cumbre del absurdo, sobre todo teniendo en cuenta que la opinión provenía de una dama católica bien formada y educada, que además por su manifiesta religiosidad “cree” en algo.
Un observador irónico podría replicar: si no les cree a los escritores, tampoco debería creerle a dios, ni al arte, ni a las ideas de bondad, de libertad, de igualdad, de caridad y de belleza. Pero hay formas y formas de tener fe, así como hay formas y formas de tener esperanza. La esperanza, ese concepto tan escurridizo detrás del cual camina la humanidad entera, tiene una profunda relación con la ficción, porque la ficción no equivale a la mentira, sino que constituye la narración del mundo.
Para muchos, desde los tiempos de la epopeya y los cantares de gesta hasta nuestros días, la reina indiscutida de la ficción es la novela. Sin embargo, más allá de los géneros, siempre limitados y limitadores, yo creo que uno de los méritos de la literatura es su capacidad de decir algo sobre la vida humana, su infinitud versátil, sus pequeñas tragedias, su sacrificio y su poder de creación y regeneración.
Por otra parte, ya afirmaba Platón que no hay ningún libro tan malo que no pueda dejarnos algo bueno, porque hasta las maldades, las refaladas y las cursilerías pueden convertirse en materia de reflexión y en fuente de ulterior narrativa. Dice Milan Kundera que el gran descubrimiento de la novela en el siglo XIX fue la trivialidad de lo cotidiano; tiene y no tiene razón, y si no que vaya y se lo pregunte a Juan José Morosoli. En la trivialidad de lo cotidiano reside la universalidad, y en el alma más simple y más callada se esconde un abismo de significaciones.
La historia, tan insoportablemente dramática y traicionera, se compone de esas diminutas situaciones que, sumadas unas a las otras, van haciendo la trama del destino. Y por eso la novela, la buena, la que perdura en el espíritu, se detiene en las minucias para rozar esos temas eternos que componen la columna vertebral de la historia. Aunque suene a locura, uno de los temas recurrentes de la literatura es el clima y la temperatura, ya como telón de fondo, ya como parte de la tragedia humana. En la novela La extraña, cuyo primer capítulo se titula ‘38º C’, Sándor Márai dice: “A esa hora el calor era tan punzante y pegajoso que todo cuerpo parecía un lastre cubierto de impurezas”.
La metáfora no es inocente: volviendo a los cruces entre la vida cotidiana y la historia, me asombra la persistencia del destino, que se complace en poner frente a nuestros ojos ese otro gran caudal de impurezas que representan las incesantes formas del agobio y de la desdicha en el mundo. Parece que el frío y el calor son cuestiones enteramente ajenas a la peripecia humana, dado que se trata de fenómenos naturales, pero no nos engañemos. Todos los uruguayos sudan en estos momentos, pero algunos sudan con gozo y otros con pena y hasta con martirio. Cuando hay que agachar el lomo y hacerse la vida, el calor se convierte en algo detestable y ominoso.
Márai también lo sabe: “Se tenía la impresión de que abajo, en las vísceras de la tierra, los fogoneros hubieran abierto por un instante la caldera del barco para que ascendiera una masa de aire incandescente. Su roce dejaba en la piel un ligero dolor, como una quemadura”. Y qué decir del frío, que allá en el hemisferio norte sigue apretando sus anillos de hielo, como haciéndose el distraído ante los desmanes de Donald Trump, o de la ola polar europea que torna más angustiosa, si cabe, la suerte de los miles de refugiados que duermen en la calle, que arman un fueguito en medio de la nieve y que, con mucha suerte, reciben por todo alimento una bandeja de comida fría.
En Roma, donde hasta las estatuas de la fuente de Trevi estarán congeladas, treinta personas de las llamadas “sin techo” fueron autorizadas hace pocos días a dormir en una iglesia del siglo XVII en la que se instalaron estufas eléctricas. No se sabe por qué motivo la caridad cristiana abarcó solamente a ese puñado de gente, pero la anécdota no deja de recordarme famosas novelas ambientadas en catedrales, como Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, en la que aparece el jorobado de Notre Dame, o ciertos dramas épicos en los que mucha gente sufre y se las ingenia para sobrevivir; si me voy al otro extremo del clima, pienso en La piel, de Curzio Malaparte, llena de la roña y del calor de Nápoles.
De estas cosas también se alimenta la literatura, le crean o no le crean, y avanza en sus universos paralelos con la suavidad de las ondas submarinas. En “Brooklyn Follies’, Paul Auster exclama por boca de uno de sus personajes: “El mundo es un asco, pero procuremos no hacer caso. Nos guste o no, estamos metidos en él hasta el cuello”. El calor extremo quema la carne y el alma; el frío extremo también. Entre uno y otro se tienden la rueda del tiempo, el espectro invencible de la historia y el no menos invencible de la literatura.