A las diez en punto de la mañana, de frente a la mítica plaza, rodeado de los principales dirigentes “insurrectos”, Mao -un líder tan comunista como nacionalista que había derrotado a Chiang Kai-shek- proclamó solemnemente que se había “establecido el Gobierno de la República Popular”.
A distancia de 70 años sabemos que ese día y a esa hora empezaba a cambiar la historia. No solo nacía la “Nueva China” (Xin Zhongguo), eran también los dolores del parto que alumbrarían una “Nueva Era”, las transformaciones epocales a las que hoy asistimos todos los ciudadanos del mundo.
“El pueblo chino se ha puesto en pie”, proclamó urbi et orbi el padre de la naciente República. Esta emblemática frase encerraba el principal logro y el compromiso irrevocable de todos los gobiernos que lo siguieron: restituirle al pueblo chino un bien intangible pero el más preciado: la dignidad y el orgullo nacional. Quedaba atrás y para siempre “el siglo de la humillación” al que fue sometido sin piedad ninguna por las potencias extranjeras que, desde las Guerras del Opio de mitad del siglo XIX, se repartieron su territorio y precipitaron a los abismos de la decadencia moral, política y cultural al que, por siglos, supo ser el imperio económico, científico y artístico más poderoso y avanzado del mundo.
150 años después empezaba a cumplirse la profecía de Napoleón: “Cuando China despierte, el mundo temblará”. Se ponía en marcha la mayor revolución económica de la historia, nunca hasta ahora el hombre ha experimentado -en un período tan breve- una transformación de sus condiciones económicas y materiales de vida de las proporciones y alcances de China.
Desde entonces el PIB -el segundo más grande del mundo en dólares corrientes y el primero si se mide en Paridad de Poder Adquisitivo- aumentó 175 veces y el ingreso per cápita 60 veces. Por primera vez en la historia la economía más grande del mundo será la de un país emergente y no de un país desarrollado. En los albores de los años 50 casi el 90 por ciento de los chinos eran iletrados, hoy la alfabetización es casi completa. La expectativa de vida pasó de 35 a 77 años y, en menos de 40 años, 800 millones de personas salieron de la pobreza, para el Banco Mundial un “récord en la historia humana”.
El gobierno promete que para 2021, centenario de la fundación del PCCh, China será una “sociedad moderadamente acomodada” y libre de pobreza extrema; y cuando se cumplan los 100 años de la fundación de la República Popular deberá ser una sociedad “fuerte, democrática, civilizada, armoniosa y un moderno país socialista”. Según Goldman Sachs, para esa fecha la economía china será dos veces más grande que la de los Estados Unidos.
Hoy el gigante asiático ostenta resultados que a otras potencias mundiales les llevó siglos alcanzar.
Lidera a escala global las exportaciones (exporta en un día lo mismo que hace 70 años en todo un año), las inversiones y casi todas las áreas de producción fabril. Desde la energía solar, autos, trenes de alta velocidad, productos electrónicos, hasta los helados, el oro y el maní; China es el principal productor del planeta.
Para sorpresa de muchos y preocupación de otros (Trump in primis), el Imperio del Medio está a la vanguardia de las ciencias aplicadas a la información y las telecomunicaciones, inteligencia artificial, tecnología 5G y robótica. El plan Made in China 2025 la convertirá en el laboratorio tecnológico del planeta.
Externamente, con su iniciativa La Franja y la Ruta -el multimillonario proyecto de conectividad global e inversiones en infraestructura, transporte y comunicaciones jamás antes implementado- China avanza en la construcción de lo que su presidente llama una “comunidad de destino compartido”, con una lógica de la globalización distinta a la que se planteó el capitalismo en su fase neoliberal. Por primera vez en la historia moderna el país dominante a nivel internacional no será occidental sino asiático.
Beijing, 1 de octubre 2019. Exactamente a la misma hora (10 AM local), exactamente en el mismo lugar (mirando a la Plaza de Tiananmen, de espaldas a la muralla sur de la Ciudad Prohibida y a la sombra de la Puerta de la Paz Celestial) tras el lanzamiento de 70 salvas por 56 cañones y acompañado por los otros seis miembros del Comité Permanente, el máximo órgano de poder del Partido Comunista, las más altas autoridades del ejército y el Estado, como lo hiciera el gran timonel 70 años antes, Xi Jinping -el dirigente que más poder acumuló desde los tiempos de Mao- comenzó su breve discurso ante 100.000 espectadores, rigurosamente elegidos por una cuota otorgada a cada nivel de la Administración, y que aclamaron al Partido Comunista y a su gobierno.
“El pueblo chino consiguió levantarse y hemos logrado un desarrollo sin paralelo. Nada puede hacer tambalear los cimientos de nuestra gran nación. Nada puede detener a la nación ni al pueblo chino en su progreso”, anunció el secretario general del PCCh, jefe de Estado y presidente de la Comisión Central Militar.
Mao fue el padre de la Nueva China, Deng Xiaoping fue el gran estratega de la Reforma y Apertura que hizo posible el espectacular y sin precedentes desarrollo económico y social, y Xi Jinping fue el artífice del “Sueño Chino” y de la “Nueva Normalidad”, del socialismo con características chinas en la nueva era, una transformación sustancial del modelo de crecimiento que prioriza la calidad a la cantidad, el consumo interno a las exportaciones e inversiones estatales, la innovación y la economía verde y digital a la producción industrial tradicional.
El país “mantendrá la estabilidad y la prosperidad duraderas de Hong Kong y Macao”, dos excolonias que se rigen por el principio de “un país, dos sistemas”, y apostó por seguir trabajando por la reunificación de todo el país, una referencia a la isla de Taiwán cuya soberanía reclama China y donde se refugió Chiang Kai-shek y las huestes nacionalistas del Kuomintang, huyendo de la revolución comunista triunfante.
Acto seguido, Xi, vistiendo un traje gris oscuro de riguroso estilo Mao, pasó revista a sus tropas desde un legendario Hongqi (“Bandera Roja”), la primera fabricante china de automóviles, que recorrió la inmensa avenida de Changan, en lo que significó la parada militar más grande de la historia de China y una exhibición sin precedentes del poderío de sus Fuerzas Armadas, especialmente en momentos en los que crece su rivalidad con Estados Unidos.
Los 15.000 soldados, liderados por 27 generales (dos de ellos mujeres), que al pasar de Xi lo aclamaban con un “¡saludos, camarada presidente!” fueron seleccionados por su excelente forma física y su estatura: los hombres entre 1,75 y 1,85, las mujeres entre 1,63 y 1,75 y, sobre todo, según el portavoz del Ministerio de Defensa, su absoluta lealtad política al Partido Comunista.
Fue entonces que comenzó el momento más esperado de la fiesta magna. Transmitido en vivo por las televisiones del mundo, una tras otra se comenzaron a ver las 580 piezas de armamento presentes, las joyas de la corona del ex Ejército Rojo, un 40% hasta ahora desconocidas para el gran público. Entre ellas la superestrella, el DF-41, un misil intercontinental de múltiples cabezas nucleares con capacidad para alcanzar en 30 minutos cualquier punto del territorio estadounidense; misiles JL-2, diseñados para lanzarse desde un submarino y que pueden recorrer una trayectoria de 7.000 kilómetros y el DF-17, el misil lanzadera de un planeador hipersónico, una demostración de que en el diseño de planeadores hipersónicos no estratégicos China ha dejado atrás a sus rivales estadounidenses. Después de Washington es Beijing quien más invierte en defensa.
Luego de los 80 minutos del desfile militar llegó el turno de los civiles. 100.000 personas -bajo la dirección del mundialmente galardonado cineasta Zhang Ximou (el mismo que organizó la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos de Beijing 2008)- seleccionadas entre todos los sectores de la sociedad civil, rindieron homenaje a todos los colectivos: agricultores, científicos, profesores, deportistas, etc. que han hecho posible que China sea ahora una superpotencia planetaria y a los cinco líderes que durante estas siete décadas han estado al frente de la nación: Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zeming, Hu Jintao y Xi Jinping.
Cerraron el desfile 70 carros alegóricos que recordaron los logros de las últimas 7 décadas. Se lanzaron al cielo 70.000 palomas y 70.000 globos. Todos los “siete” para homenajear a esos 70 años que cambiaron la historia (un año más que la desaparecida Unión Soviética, que también quiso cambiarla y fracasó en el intento).