Stalin, hacia 1926, terminó de concretar el Óblast Autónomo Hebreo, que aún hoy tiene estatuto de soberanía (es el único óblast que lo tiene en la Federación Rusa), cuyo idioma oficial es el hebreo y el yidis, junto al ruso, y todos sus niveles de enseñanza, desde primaria hasta la universidad, se dan en esos idiomas. Pero el creciente relacionamiento de Stalin con el sionismo congresal, a partir de la sustitución de Chicherin por Litvínov a la muerte de Lenin, terminó en acuerdos con los sionistas que Trotsky fustigaba, desde una posición de defensa del pueblo judío. Litvinov se volcó a occidente y no a “la enorme mayoría de la población del globo” que escribió Lenin, escéptico de alianzas estratégicas con Occidente. El pacto de Munich, de 1938, de todos los imperialistas contra la URSS fue el fracaso de Litvinov y su apuesta a la banca judía occidental. Hitler, con el apoyo de Occidente, había rearmado Alemania contra “la conspiración judío comunista”. La gran mayoría de los judíos asesinados en los campos de concentración nazis eran proletarios y comunistas o filocomunistas. En cambio, los genocidas que hoy gobiernan Israel se referencian en las bandas de derecha nazifascista que Einstein denunció en sus cartas al New York Times, son cruzados de aquel alegato de Churchill.
Einstein puede ser un apellido decisivo para entender el apoyo de Stalin a la creación del Estado de Israel, apoyo sin el cual Israel no hubiese existido. Hubo un factor a tener en cuenta: la disuasión nuclear. Varios de los sionistas que trabajaban en la bomba, e incluso quien sentó las bases teóricas, Albert Einstein, eran partidarios del Estado de Israel en términos irreales, no históricos, aunque luego todos ellos predijeron y deploraron la Nakba (expulsión y en parte matanza de 700.000 palestinos de sus tierras). Con ellos acordó Stalin apoyando la creación del Estado de Israel. En pactos secretos, si es que los hubo, aunque conjeturables. Lo cierto es que, al poco tiempo, el imperialismo yanqui heredó de Inglaterra de manera incruenta, entre otros, el legado del enclave colonial y colonialista de Israel en Palestina.
Pero al igual que en el cuento largo de Robert Louis Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la criatura terminó esclavizando al propio creador. Ya no digamos a Stalin o Perón, o al segundo batllismo de Uruguay, de incidencia muy limitada, sino al mismísimo imperialismo yanqui.
El arsenal nuclear de Israel, que Jimmy Carter estimó en su momento en unas 300 bombas, le da un poder de chantaje aún mayor que el del «sindicato Epstein», que habría montado el propio Mossad para extorsionar a tipos del linaje y calaña de Donald Trump.
Por eso son muy verosímiles las denuncias del exdirector de contraterrorismo de que a Donald Trump lo está arrastrando Benjamín Netanyahu a todos los errores posibles e incluso, posiblemente también, al holocausto nuclear.
Sin embargo, Estados Unidos, desde 1953 ocupó militarmente Irán, derrocando al progresista Mosaded e instalando el régimen del sha Reza Pahlevi. Debajo de la embajada yanqui en Teherán había un centro de torturas que hoy es un museo muy similar al de la ESMA en Buenos Aires.
La revolución de 1979, insurrección popular extraordinaria, tuvo respuestas constantes de EEUU, desde guerras por delegación (1980-1988), hasta bloqueos totales y alianzas incluso con el Pacto de Varsovia (el mundo entero contra Irán, porque China no contaba). Nunca pudieron cambiarle el régimen, ni siquiera con las estrategias de los neocons que se hicieron más fuertes en el Pentágono en este siglo, desde Rumself hasta Blinken. ¿Quién le hizo creer a Trump que él iba a poder? Churchill no tenía razón. La tiene Pero Grullo: conviene estudiar la historia.