Podrían escribirse más libros documentales sobre conspiraciones que todas las novelas de espías que se han escrito, y si faltaba algo para demostrarlo, fueron los cables de Wikileaks y el tormentoso proceso de difusión que tuvieron. Ya no más, por poner un ejemplo cercano, en el caso Nisman se evidenció el cajoneado de los cables verdaderamente importantes que hicieron los medios "alternativos" a los que en primera instancia recurrió Wikileaks (El País, Le Monde, etc), e incluso de algunos de los medios de izquierda a los que recurrió después (Página 12, entre ellos, ver blog de O'Donnell), cuando vio que los otros esconden.
Y también se conspira con los relatos de la historia, como demuestra genialmente Osvado Soriano en "El ojo de la patria".
Conspiró el canciller polaco que dibujó a Auschwitz liberada por los nazis ucranianos del Banderastán, no el Ejército rojo con rusos, bielorrusos y ciudadanos de otras naciones, que respondían todos al Estado soviético. Y tiene razón Queso Magro: que tenga dos botones la cisterna es otra conspiración.
Por eso esta vez, ante todo, empiezo por declarar mi respeto por la realidad de las conspiraciones y por los teóricos que las estudian, por aquellos a los que les llevó cuarenta años demostrar de forma fehaciente la vasta red de mafias y servicios estatales estadounidenses que estuvo detrás del asesinato de Kennedy, por aquellos que a mensajes de textos en las concentraciones de Puerta del Sol derrumbaron las patrañas del gobierno de Aznar, por los que reunieron las pruebas para demostrar que el Reichstag fue una operación de Hitler con bandera falsa, porque todos ellos y Galilei y Bruno y el mismísimo Gustavo Salle y tantos otros, antes de documentar necesitaron formular la teoría, luchar contra sus descalificadores y soportar sus burlas y las de las murgas.
Me asquea ese tufillo despectivo contra las "teorías de las conspiraciones", pero el alma de los hechos siempre está bastante más honda que la realidad de la conspiración. Por eso existen “conspiraciones espontáneas” como esta que voy a llamar Xi Jinping-Orsi. Ninguno de los dos la planificó, nadie habló de ella ni siquiera en lenguaje encriptado, guarda en su secreto tan sólo la frescura de los hechos.
Resulta que ahora sabemos (o debemos suponer conspirativamente; da igual) que la embajada yanqui presionó al gobierno anterior para que no le comprara a China el equipamiento para patrullaje oceánico (no querían que le compráramos a Estados Unidos; lo único que querían era que no le compráramos a China). Entonces se creó una empresa bastante trucha para hacer el tipo de negocio que el Ministerio de Defensa nos acostumbró a hacer con los inservibles aviones Hércules y los “gomones” probados en tierra que se hundían en el agua; otro fiasco. Ahora el Gobierno actual lo denuncia al momento que Orsi se compromete ante el vice primer ministro de la República Popular a viajar a China antes de marzo y llevar una nutrida delegación de empresarios uruguayos.
El resultado va a ser que el impuesto que le pusimos a TEMU (con nombre, apellido y remitente) va a terminar en abaratamiento logístico a través de importadores. Los muchachos de la embajada se van a enojar. Y no se van a enojar con eso que ellos llaman “los mercados”. Se van a enojar con el Gobierno. Más de cuanto ya están enojados porque cuestionamos al “pediatra” García, sus chatarras y las órdenes que recibió.
¡Pobre Orsi! Pensar que ahora mismo está en el Círculo de Montevideo, diciéndoles a Sanguinetti y a Felipe González que sigue preocupado por la caída del muro de Berlín. Ya lo dijo en aquel entonces Oliverio Girondo: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el norte y el sur”. Cuando Orsi vea Beijing, Shanghái o Shenzhen se va a dar cuenta de quién ganó la Guerra Fría. ¿O capaz que no? Capaz que ni de eso se da cuenta.
De lo otro que les habla al Felipe y al Sangui es de “terrorismo”. Pero nunca del terrorismo de Estado. Siempre de lo que los yanquis llaman “terrorismo”. Orsi terruquea más que Sanguinetti, que el “protagonista” local de los terrucos. Yo tampoco sé salir de esta trampa. ¡Qué vergüenza!