Me doy cuenta, sin embargo, del origen de estas sensaciones. Creo haber descubierto la causa de semejante malestar. No se debe, como pudiera suponerse, a la amenaza del maldito coronavirus, sino más bien a la incoherencia, a la desproporción y a la locura colectiva que rodea al fenómeno. A la imbecilidad, en definitiva. Lo que me mata son las contradicciones, especialmente cuando tales contradicciones se enarbolan y se repiten como si fueran las sentencias más racionales y más doctas del mundo.
La ecuación de la locura actual tiene dos grandes términos: uno de ellos es el realismo mágico de la cuarentena, ya obligatoria, ya sugerida. El otro es la prosaica continuación de la vida en sus generalidades más básicas. Puede que no haya clases públicas ni privadas, ni reuniones sociales ni viajes, pero la gente sigue saliendo a trabajar como si nada, se va de fin de semana, se sube al ómnibus, va al supermercado, a la panadería, a la feria y a la fábrica de pastas. Y allí la atienden otras personas que cumplen jornadas de ocho horas o más. Pero eso sí: para todas esas personas el aislamiento existe, se cumple, es verificable y con él será derrotado de una vez y para siempre el susodicho virus.
Otra ecuación perversa, instalada al rojo vivo en cada psiquis humana, es la idea de la muerte. La muerte ha pasado a ser, en sus múltiples metamorfosis, la gran protagonista de este tiempo. Me refiero no solamente a la posibilidad de morir del virus o de alguna complicación derivada de este, sino a la muerte como espejo y como reflejo, a sus círculos concéntricos de presente, pasado y futuro. Pienso en mis padres muertos, en mis abuelos muertos y en una fila infinita de muertos recientes y antiguos, todos vinculados por el gran rasero de la finitud. La humanidad entera, desde los más remotos tiempos, ha procurado construir formas más o menos elevadas para trascender a la muerte, para sobrevivirla.
En el Cantar de Gilgamesh, cuya antigüedad es de unos 4.000 años, el anhelo de la inmortalidad se representa en una planta o flor que el héroe ha ido a buscar al fondo del mar, pero que no se atreve a probar o a oler; su duda lo pierde, porque la flor es devorada por una serpiente. Ese mismo anhelo de inmortalidad o de retorno a la vida persiste a lo largo de toda la historia humana y sus ejemplos podrían multiplicarse. Orfeo y Eurídice es uno de ellos. Pero hoy, entre nosotros, ese anhelo por el cual tenemos proyectos y trazamos planes existenciales, se resquebraja y se desvanece. Parece quedar únicamente el miedo paralizante, la cuenta del día a día, la ausencia de un futuro, aunque sea mínimo.
Lo bueno, si es que algo bueno existe en esta falsa cuarentena, o en este pseudo aislamiento, o en este realismo mágico instalado, es la inclinación a meditar. Dicen que el mundo de la nueva normalidad o del día después (¿y cuándo llegará el día después?) será de los filósofos. Es posible. Las meditaciones personales de cada uno de nosotros son en estos días más filosóficas que nunca, por lo menos en lo que a las grandes preguntas se refiere. Ponemos en entredicho ciertos relatos que hemos dado por buenos, como el capitalismo y sus tortuosos métodos de hacernos producir dinero para luego hacernos consumir, etcétera, etcétera; o el poder humano sobre el poder de la naturaleza, imbécil pretensión a la que hemos querido aferrarnos a porfía, pese a las advertencias de los ecólogos, los físicos, los geólogos, los químicos, los astrónomos y los propios filósofos.
Francis Bacon se pronunció, en el siglo XVI, sobre la imbecilidad humana, a través de sus famosos ídolos (prejuicios o falsas adoraciones): los de la Tribu, de la Cueva, del Mercado y del Teatro. Los ídolos de la Tribu son los prejuicios o las debilidades del entendimiento humano. Así lo describe: “El intelecto humano, cuando se complace en una cosa (ya porque sea generalmente admitida y creída, o porque cause deleite), obliga a todas las otras cosas a ser confirmadas y estar de acuerdo con ella; y por más grande que sea la fuerza y el número de las pruebas en contrario, o bien no las observa, o las desprecia, o las quita de en medio y las rechaza, valiéndose de un pernicioso prejuicio, con tal de que sus primeras conclusiones permanezcan invioladas”.
Supongo que los lectores ya se habrán sentido identificados, en todo o en parte, con las anteriores palabras de Bacon, a propósito del absurdo de esta pseudo cuarentena que no nos lleva a ninguna parte, pero en cuya falsedad nos sentimos extremadamente a gusto. Si hay que aislar (en serio) a la población de riesgo, o no, es cuestión que me excede. Si hay que decretar (en serio) un aislamiento, también. Pero la paranoia de dividir la mente en dos contrarios, y hacer como si no pasara nada, me sigue causando un malestar exacerbado.