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Sociedad violencia | justicia |

obligados a reflexionar

La violencia está en nosotros

Tres acontecimientos han sacudido a la opinión pública la última semana, y revelan que hay demasiada gente que carece de control emocional y también que no son pocos los que creen que está bien ejercer justicia por mano propia.

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Un joven de 29 años que asesinó a su padre violador de sus hermanas y su madre fue condenado a 12 años de prisión; un policía de 26 años mató a su pareja, a sus suegros y se suicidó; un hombre de 30 años asesinó a un delivery por una discusión de tránsito. Los tres hechos de violencia revelan que hay demasiada gente que carece de control emocional y también que no son pocos los que creen que está bien ejercer justicia por mano propia.

Hace 54 años, una película de John Boorman titulada Deliverance, y cuya traducción era La violencia está en nosotros, fue como una especie de adelanto sobre lo que muchos años después viviría nuestra sociedad. En una nota publicada por la Onda Digital, el licenciado Fernando Britos, hacía el siguiente análisis sobre la película y la violencia que nos parece muy interesante reproducir antes de ir a los hechos: “Las interpretaciones sobre este tipo de películas siempre han sido múltiples pero predomina la idea expresada en el título castellano: todos somos seres violentos y brutales apenas contenidos por el barniz de la civilización, la educación o el temor a la retaliación y a las consecuencias de los malos actos.

Es una idea muy atractiva porque, sin necesidad de discutir su certeza ni poner en cuestión los actos concretos, permite un manejo llevadero de las culpas propias y hacer ejercicio de negación y distanciamiento. En último caso, si perdemos los estribos y nos deshacemos en palabrotas o nos agarramos de las mechas ante nuestros hijos (o lo que es peor, con ellos mismos), siempre podemos atribuirlo a ‘un mal momento’, imputarlo a la ‘tensión’ o disiparlo en ‘la violencia que sufre la sociedad’.

Por otra parte, la violencia en sí misma es un fenómeno de extraordinario poder con fines de manipulación, sobre todo bajo la forma de violencia simbólica. Quienes optan por utilizar la violencia como argumento para conseguir adhesiones pueden recurrir a varios mecanismos fácilmente identificables”, escribía Britos.

Durante los últimos años, todos asistimos al crecimiento de golpizas contra maestras y profesores, o cómo un incidente de tránsito termina en agresión física, solo por mencionar dos hechos frecuentes.

El miedo que provoca la inseguridad, las facilidades para obtener armas de fuego y ciertas formas de demagogia política han incrementado los casos de presunta legítima defensa y el ejercicio de justicia por mano propia.

Por otro lado, hay sectores muy interesados en desprestigiar el accionar de la Fiscalía y de la Justicia. Así lo están haciendo en EEUU, España, Brasil o Argentina, y probablemente en gran parte del mundo con los resultados conocidos.

Es cierto que el sistema tiene falencias, que muchas veces actúa en forma desigual, que hay carencia de recursos. Pero nada justifica romper el compromiso social para mantener un estado de derecho que nos permite vivir en comunidad con derechos y obligaciones.

Por qué el uruguayo promedio ha perdido el control de sus emociones es tema para expertos, que sin embargo está en el centro de los tres asuntos que pretendemos reseñar.

¿Quién cuida a los que nos cuidan?

“Me mandé una macana”, le dijo José Capillera, de 26 años, a otro policía el pasado viernes cerca de las 19.30 horas en la zona de Punta de Rieles. El hombre integraba el Grupo de Reserva Táctica de la Jefatura de Policía de Montevideo y hacía seis meses que había egresado de la Escuela Nacional de Policía. Acababa de asesinar a su pareja, una jovencita de 18 años, efectiva del Ejército, y a sus suegros. Luego se quitó la vida.

El asesino sabía que su pareja había decidido terminar la relación. La chica lo había denunciado varias veces por hechos de violencia pero, como suele ocurrir, luego ambos decidían continuar aunque con la oposición de los padres de la mujer.

Cómo una persona varias veces denunciada por violencia logró ingresar a la fuerza y luego mantener su arrna de reglamento es algo que ahora investiga el Ministerio del Interior por orden del ministro Carlos Negro.

Suman decenas los casos de policías que en los últimos años han asesinado a sus parejas o han cometido graves hechos de violencia contra civiles.

Es la profesión con la más alta tasa de suicidios. A ello se debe agregar que, según lo dijo Negro hace un año, el 15 % de los integrantes de la fuerza policial están con certificación médica, la mayoría por problemas de salud mental.

¿Delivery o Deliverance?

Casi a la misma hora pero del pasado lunes, y en pleno centro de Montevideo, un automovilista de 30 años y un delivery venezolano de 62 años que circulaba en moto tuvieron un entredicho por un asunto circunstancial referido a una maniobra. En el semáforo de Colonia y Cuareim ambos se detuvieron, el conductor del auto bajó a increpar al motociclista. Enseguida regresó al vehículo, donde se encontraba su pareja, tomó un cuchillo y apuñaló al repartidor. Éste falleció poco después en el hospital.

Al otro día, durante una movilización, un grupo de inmigrantes que mayoritariamente se dedican al reparto de alimentos relataron con preocupación la enorme cantidad de hechos de violencia que viven a diario.

Esa misma tarde un taxista agredió a golpes de puño a un repartidor.

Desde hace mucho tiempo, estos trabajadores son cuestionados por circular imprudentemente en sus motocicletas. Pero no a pocos les pesa que sean inmigrantes que han logrado un salario digno con muchas horas de trabajo y circulando rápidamente.

El tema se instaló criticamente en el imaginario popular con burlas expresadas a través de memes o declaraciones públicas en las que también está presente la discriminación que sufren los inmigrantes.

Si se suma hecho tras hecho a lo largo del tiempo, se crea un relato donde la sensación es que son un peligro. De ahí a lo ocurrido el lunes hay un paso.

De víctima a vengador

Sin ninguna duda, el caso que más conmoción y repercusiones públicas ha generado es el de Moisés Martínez, un joven de 29 años que en mayo del año pasado asesinó a su padre, quien hacía algo más de 15 años había abusado de sus hermanas y de su madre. La jueza María Noel Odriozola decidió condenarlo a 12 años de prisión por homicidio especialmente agravado.

Las declaraciones de una de sus hermanas, violentada reiteradamente por el padre cuando era una niña, conmovieron a la opinión pública. Desde entonces las muestras de solidaridad con el joven y su familia no han cesado, a la vez que crecen los cuestionamientos a la jueza Odriozola y a la fiscal del caso, Sabrina Flores.

Tal vez sea ocioso hasta decirlo, pero vale reiterar que el hombre asesinado fue un execrable sujeto que violentó a sus hijos. De eso no hay ninguna duda. Por eso tanta gente ve a Moisés como alguien que hizo lo correcto. Y esto es lo siguiente más terrible de este caso: que tanta gente termine apoyando el ejercicio de justicia por mano propia. Lo más llamativo es que la mayoría de los opinadores desconocen lo que dice el expediente, porque lo que hay allí es muy diferente al relato instalado.

Carlos Martínez, el padre ultimado por Moisés, había sido procesado en el 2010 por “ultraje público al pudor”, que era la denominación legal del delito de violación en el año 2010, cuando la acción judicial se regía por el Código del Proceso viejo, y era un juez quien investigaba y juzgaba. Y cuando, como lo reconoció la propia fiscal Flores, las víctimas carecían de los derechos que sí se incluyen en el CPN.

Martínez estuvo preso durante casi dos años y luego recuperó la libertad. Desde entonces no existe registro de alguna otra denuncia contra él. El Estado no practica las “suertes adivinatorias” y por lo tanto debe basarse en lo que está registrado.

Sus hijas dicen que no lo denunciaron porque le tenían terror. Por eso resulta por lo menos llamativo que Moisés haya vivido y trabajado casi dos años con su padre después de que éste saliera de la cárcel. Y que sus hijas se enteraran del crimen después de que una de ellas se mostrara preocupada porque “hacía días que no sabían nada de su padre”.

El joven había viajado a Paysandú a ver a su madre. La mujer le reveló la preocupación porque su exmarido había anunciado que se iría a vivir a ese departamento, y decidió relatarle todos los abusos que tanto ella como sus hijas habían sufrido.

Hace 16 años, Moisés tenía 13 y por lo tanto uso de razón, y sabía por qué su padre había ido a prisión. Qué cosa lo desestabilizó ahora para que decidiera matarlo es algo que se supone pero no está en los peritajes psicológicos realizados por el Instituto Técnico Forense.

Del expediente surge que se hizo de una pistola Taurus calibre 22, de la que luego se deshizo porque nunca fue encontrada. Con ella fue a ver a su padre, quien le permitió el acceso a su casa. El relato ahora instalado decía que fue el padre quien lo había amenazado con el arma y el joven, en lucha, había logrado quitársela. Sus hermanas dijeron que “Moisés le tenía temor a las armas y no poseía ninguna”. En cambio, dijeron “creer que su padre tenía un revólver”. Arma que tampoco fue encontrada. De dónde salió la pistola es algo que se desconoce, aunque por las pericias balísticas se sabe que no había sido empleada en ningún otro delito.

En la casa, el hombre y Moisés discutieron y éste le disparó 15 veces a una distancia no mayor a los tres metros. Uno de los balazos fue en el pecho y todos los otros 14 fueron por la espalda. Luego arrastró el cuerpo y lo tiró en un pozo que había en la misma casa.

Las pericias forenses establecieron que “no había ninguna evidencia de que el muerto hubiera intentado defenderse”.

Cuando llegó la policía, el joven no se resistió y dijo: “Hice lo que tenía que hacer”, y en el juzgado sostuvo que “se hizo justicia”.

El violador fue ajusticiado y una de sus víctimas fue condenada a 12 años de prisión. Y es muchísima la gente que considera que lo primero está bien y la condena es injusta.

OPINIÓN

Vamos camino a la ley de la selva

El autor es plenamente consciente de que se expone a ser considerado un desalmado, un cómplice de los violadores o alguien que muestra muy poca empatía por las víctimas. Aún así considero que hay un bien superior que debe ser protegido y sobre el que estamos obligados a reflexionar.

Es cierto, como bien explica Fernando Britos al principio de esta nota, que todos somos potencialmente violentos, pero nos contiene nuestra educación y el control de nuestras emociones.

Los tres casos reseñados tienen en común que los victimarios, por las razones que sean, perdieron el control emocional y cometieron un desastre.

Me voy a detener en el caso de Moisés porque tiene otro elemento, grave a mi entender, como lo es la aplicación de justicia por mano propia y que encima se aliente.

Le ha llevado mucho tiempo y trabajo a este país construir un estado de derecho. Una estructura imperfecta, a veces injusta, siempre posible de criticar y modificar. Una estructura a la que mucha gente respetable le ha dedicado su vida. Y principalmente por gente que, antes cada 4 años y ahora cada 5, la mayoría votó.

Esa estructura establece normas, obligatorias para todos, que nos permiten vivir en comunidad. He leído por ahí que “nadie está obligado a respetar las leyes”. No las respetes vos y verás lo que te pasa.

La verdad es que, además, he leído mucho disparate como, por ejemplo, que a la jueza Odriozola “le faltó humanidad y afecto a la hora de sentenciar”. Señores, allí en el juzgado no estaba una abuela sino una jueza que con las pruebas, declaraciones y pericias aportadas por Fiscalía aplicó una ley que no redactó ella sino los legisladores.

¿Qué clase de justicia tendríamos si los magistrados actuaran con afecto hacia las personas acusadas?

Uno puede y debe entender la tragedia que fue la vida de Moisés y sus hermanas, pero ello no debe ser aliciente para que se apruebe la justicia por mano propia. Ese es un camino sin retorno. Pasaríamos a vivir bajo la ley de la selva.

Hoy se incorpora otro elemento que es la demagogia política, cuando un grupo de legisladores pretende que se indulte a Moisés. Hace pocos días nomás oímos a algunos de ellos reclamar en el Parlamento penas más severas y que los asesinos no puedan recuperar la libertad. ¿Qué cambió hoy? Pues se percataron de que podrían morder algunos votos si oían a la multitud que reclama la libertad de Moisés. Y entonces al diablo con la separación de poderes.

Este camino ya lo transitamos los uruguayos. Por eso todos estamos obligados a pensar bajo qué normas queremos vivir a futuro.