Schoenbrun, cineasta emergente del cine independiente que recibió aplausos internacionales por su segunda cinta, Vi el brillo del televisor, encierra en este tercer film todas las discusiones sobre el cine de terror y su pasado homofóbico y transfóbico con una comedia de metaficción que gira en torno a Kris, una joven realizadora a la que le ofrecen dirigir un nuevo reboot de Campamento Miasma, saga de terror que fue muy exitosa en los 80 y posteriormente acumuló secuelas hasta el cansancio. Miasma es una fusión entre Martes 13 y Campamento sangriento: la historia de su asesino, Pequeña muerte, tenía un claro tinte transfóbico que los productores esperan eliminar para hacer el reboot más accesible al público moderno. Kris se entusiasma con la idea y desea conocer a la protagonista del primer film, Billie (sugestiva y brillante Gillian Anderson, la eterna agente Scully de Los expedientes secretos X), que curiosamente vive en la locación original de la primera película. Estando en el lugar, directora y actriz comparten unos días juntas, aunque las líneas entre realidad y ficción comienzan a difuminarse de maneras peligrosas.
El Campamento Miasma
Hay dos ideas en juego a lo largo de Campamento Miasma: por un lado, una constante revisión a la historia del género y su violencia transfóbica, nacida del propio conservadurismo que, irónicamente, siempre ha rechazado al terror; por otro, un repaso juguetón y cómplice, en clave carta de amor a lo Scream, hacia las reglas y los comportamientos dentro del slasher, subcategoría del género especialmente violenta en donde brillaron films como Halloween o la propia Martes 13. Y ambas, en papel, podrían verse como elementos repelentes, pero la inteligencia y cinefilia que despliega Schoenbrun en su guion permite que se complementen de maneras ingeniosas.
El principal acierto está en buscar la base del género para poder establecer un punto de cambio. Recordemos que el terror es un estilo nacido del shock ante lo desconocido, en donde la rutina del individuo se ve afectada por la presencia de un elemento disonante que amenaza su vida o lo invita a una tentación que eventualmente lleva a la perdición. Y si bien han existido a lo largo de la historia artistas que se han esforzado por transmitir un mensaje menos conservador, la realidad es que, desde la raíz del terror gótico, hay una íntima relación entre el villano de turno y la sexualidad, como la amenaza de liberación sexual que representa Drácula o la vampira lesbiana Carmilla. Podría pensarse así que, en cierta forma, el terror emergió también como un agente de censura y restricción moral.
Si bien pasaron muchísimos años desde esas primeras amenazas al puritanismo, el carácter moralista del terror tuvo, en su versión más mainstream, una revisión adaptada a los tiempos: si el cine tuvo un enorme destape luego de derribado el Código Hays que imperó desde los '30 hasta fines de los '60, el terror estuvo ahí para 'advertir' sobre el libertinaje: Jason o Michael, implacables fuerzas del mal que parecían particularmente ensañados con los adolescentes que disfrutaban del sexo, eran vencidos por chicas, generalmente virginales, que correspondían más con 'los buenos valores' de antaño.
Curiosamente, el propio carácter marginal del terror, eternamente despreciado dentro de los círculos elevados de la cultura, lo terminó ligando con los espectadores queer que luego decidieron entrar en la industria para reformarlo desde adentro; en esa tensión trabaja este film, que sugiere que el género, más allá de sus visiones retrógradas, también ha reflejado la liberación sexual y la aceptación, muchas veces dolorosa, de la identidad personal. En esa contradicción, parece decir Schoenbrun, está la clave para resurgir el slasher: no en el lavado de cara ventajista, sino en reconocer el pasado problemático del terror y escuchar lo que esas nuevas voces tienen para decir.