Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Política BRICS | Mario Lubetkin |

Camino de independencia

Uruguay y los BRICS: un paso del Gobierno en el sentido correcto

Participar en estos foros desafía las coordenadas tradicionales que definen qué alianzas son aceptables según los intereses del Norte Global.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

La participación de Uruguay en la 18ª Cumbre de los BRICS en Nueva Delhi implica un paso que podría estar derivando en un cambio más estructural en la política exterior del Gobierno de Yamandú Orsi.

Cabe mencionar que, pocos meses atrás, analistas políticos destacaban que el rumbo estratégico de la política internacional de Uruguay era el de alinearse con Occidente, y en particular con EEUU, mientras parecía alejarse del bloque de los BRICS. Por este motivo, no es menor que Uruguay haya decidido participar de la cumbre buscando diversificar sus alianzas y dialogar con actores que claramente buscan construir una perspectiva económica y cultural diferente a la hegemónica. Este paso, a su vez, va en consonancia, no solo con las necesidades dadas por las circunstancias materiales, sino que además tiene un sustento programático del Frente Amplio, que exige desafiar el orden unipolar con astucia.

Los días 12 y 13 de septiembre de 2026, la capital de la India se convirtió en el epicentro de un nuevo orden global. Bajo la presidencia del primer ministro Narendra Modi, la 18ª Cumbre de los BRICS consolidó al bloque, no ya como una promesa de mercados emergentes, sino como un contrapeso real y tangible a la hegemonía unipolar. El dato es demoledor para cualquier analista serio: el bloque, recientemente ampliado con la incorporación de Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia, representa hoy el 40 % del PBI mundial en paridad de poder adquisitivo y más del 49 % de la población global.

En este tablero de poder, la presencia de Uruguay por segundo año consecutivo —tras la asistencia del presidente Yamandú Orsi a la cumbre de Río en 2025— posee una carga simbólica que la narrativa opositora intenta, a veces, edulcorar.

El canciller Mario Lubetkin, en representación del Gobierno, no solo asistió a un evento protocolar; se sentó en la mesa donde se están rediseñando las reglas del intercambio financiero y comercial del siglo XXI. Que Uruguay haya sido invitado nuevamente bajo la mirada atenta de potencias como China e India confirma que el mundo percibe una ventana de oportunidad estratégica que, paradójicamente, genera vértigo en ciertos sectores de la política uruguaya, por puro prejuicio ideológico.

Uruguay acudió a Nueva Delhi con una “triple responsabilidad multilateral” que le otorgó una plataforma de interlocución inédita para un país de su escala. Durante la cumbre, la delegación nacional proyectó la voz de bloques que agrupan a la gran mayoría de las naciones del Sur Global:

Presidencia pro tempore de la CELAC: representando el consenso de 33 países de América Latina y el Caribe.

Presidencia del G77 + China: el mayor bloque de coordinación de países en desarrollo en el seno de la ONU.

Presidencia pro tempore del Mercosur: el núcleo duro de la integración regional.

Desde este lugar, Lubetkin no solo habló de comercio; habló de un multilateralismo “bajo presión” y de la necesidad de que las naciones del Sur asuman un rol protagónico en la gobernanza global. Una de las propuestas técnicas más potentes de la delegación uruguaya fue la institucionalización del diálogo tripartito entre India, China y América Latina (LAC), buscando que nuestra región deje de ser un campo de disputa ajeno para convertirse en un actor con voz propia. En su intervención plenaria, el canciller sentenció que “Uruguay llega a la cumbre en un momento de transformación del sistema internacional en el que el multilateralismo enfrenta fuertes presiones y los países en desarrollo tienen el desafío de participar activamente en la construcción de un orden internacional más representativo y eficaz”.

Para Lubetkin, los países en desarrollo ya no deben limitarse a ser receptores del cambio, sino que deben “contribuir a darle forma”. Por suerte, todos los mensajes enviados tienen un apoyo explícito de la fuerza política que sostiene al Gobierno. En este asunto, pareciera que no hay fisuras profundas. Aunque no es un secreto para nadie que dentro del Gobierno existen miradas diversas respecto a la temática aquí analizada, incluso ocasionalmente contradictorias; el programa del Frente, que es fruto de dos años de debate, es taxativo y señala que la inserción internacional debe diversificar alianzas y fortalecer la cooperación Sur-Sur para ganar autonomía.

No se trata de un arrebato ideológico, sino de una lectura pragmática de la geoeconomía. Es cierto que no todo es color de rosas porque persisten voces oficiales que aseguran que el ingreso formal al bloque “no está en agenda”, pero participar de su Cumbre, tener relativa relevancia y no esconderse da la pauta de que existe un interés manifiesto por dejar mostrar señales. A esta altura, negarse a participar de una reunión de este tipo, en este momento, parece más un intento por prorrogar la dependencia de Uruguay respecto del bloque de poder imperialista que la conclusión de un sesudo análisis profesional.

Por ello, participar en estos foros desafía las coordenadas tradicionales que definen qué alianzas son aceptables según los intereses del Norte Global. Un año atrás, en estas mismas páginas, decíamos que “el FA incorporó explícitamente en su programa estudiar la pertinencia de apoyar iniciativas que desafíen el orden unipolar, como los BRICS. No por nostalgia ni romanticismo, sino por la convicción de que una arquitectura internacional más justa requiere diversificar alianzas y fortalecer la cooperación Sur-Sur”. En este, milagrosamente, le embocamos.

El nudo gordiano de la disputa respecto a qué hacer probablemente reside en la geopolítica de la deuda. Mientras Lubetkin propone “dar forma al cambio” en Nueva Delhi, la estructura económica uruguaya está muy anclada a Washington. El ministro de Economía, Gabriel Oddone, ha sido explícito al definir a Uruguay como parte del “área de influencia estratégica de Estados Unidos”, una visión que prioriza la confianza de las calificadoras de riesgo y los fondos de inversión del norte por sobre la autonomía estratégica.

Esta visión es la que el politólogo Óscar Bottinelli identificó como un “claro alineamiento” que actúa como un cepo para cualquier acercamiento real a los BRICS. Para Bottinelli, el problema no era solo cultural o político, sino jurídico y financiero. Uruguay tiene su soberanía atada a la legislación estadounidense a través de sus emisiones de deuda, lo que condiciona su margen de maniobra. En un análisis contundente hecho tiempo atrás, el politólogo adviertía que “Uruguay emite deuda bajo legislación estadounidense, capta fondos de inversión con epicentro en EEUU y depende de calificadoras de riesgo radicadas en ese entorno. Esto implica que su política económica y exterior se articulan con el mismo eje estratégico”. El argumento es fuerte, pero no menos fuerte es el deseo de modificar el estado de las cosas, porque reproducir la arquitectura de la dependencia no parece ser un juego interesante.

Esta “asintonía” se da mientras el mundo aumenta sus niveles de desdolarización y busca alternativas a la supremacía financiera de Occidente. Uruguay tiene la oportunidad de elegir un destino de subordinación o construir un camino de mayor soberanía e independencia.

La oportunidad más tangible para romper este cerco es el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), con sede en Shanghái y presidido por Dilma Rousseff, que se reunió con el mandatario en el marco de su asunción y le ofreció ayuda explícita para utilizar el banco. A diferencia de los instrumentos “financieros” de Occidente como el FMI o el Banco Mundial (funcionales a la lógica imperial), el NDB no impone recetas de ajuste fiscal ni reformas estructurales asfixiantes. Es una herramienta de financiamiento diseñada por y para el Sur Global que nosotros deberíamos aprovechar en tiempos de vacas flacas que buscan ser engordadas.

La junta de gobernadores del NDB ya aprobó la incorporación de Uruguay, pero el país se encuentra en un limbo de “definiciones técnicas” y esperas parlamentarias. Los beneficios son objetivos porque podríamos tener acceso a créditos para infraestructura y acceso a fondos para obras urgentes sin las condicionalidades políticas de Washington, nada menos.

El NDB es la punta de lanza de la desdolarización, permitiendo el comercio en monedas locales para mitigar la volatilidad del dólar y la exposición a sanciones arbitrarias. Por supuesto, todo esto es provechoso si alguien decide integrarse y trabajar en ese rumbo. No es magia.

Darle la espalda a un banco que representa a potencias como India y China, y que ya cuenta con el interés formal de países como Vietnam, Argelia, Turquía o Nigeria, es una ceguera voluntaria. El NDB ofrece una arquitectura financiera alternativa; no integrarse es elegir seguir bajo el tutelaje de un sistema que utiliza la deuda como herramienta de control geopolítico.

La inserción en los BRICS también debe leerse en clave de red regional y bilateral. La relación con India ha cobrado un impulso inédito tras el encuentro entre Orsi y Modi, materializándose en la apertura de la embajada india en Montevideo y la propuesta de ampliar el Acuerdo de Comercio Preferencial del Mercosur. En este camino, el Brasil de Lula da Silva es nuestra vía natural; es el peso pesado regional que garantiza que Uruguay no sea un invitado pour la galerie, sino un socio estratégico.

Es imperativo mirar hacia el resto de la región para entender el costo que puede tener la inacción. El caso de Cuba es revelador. A pesar del bloqueo criminal de Estados Unidos, la isla participó en la cumbre de India ofreciendo garantías jurídicas para la inversión extranjera, como la libre repatriación de beneficios y la protección contra expropiaciones. Si una nación asediada financieramente hace sesenta años es capaz de innovar y buscar en los BRICS un esquema de supervivencia soberana, ¿cuál es la excusa de Uruguay?

Hacia una política exterior con nuevos rumbos

Uruguay no puede permitir que su participación en los BRICS se reduzca a una “foto diplomática” para consumo interno o un ejercicio de relaciones públicas. La soberanía nacional no es una pieza de museo; se defiende con decisiones de política económica que sean coherentes con los desafíos de un mundo multipolar.

La presencia en Nueva Delhi debe ser el catalizador de una discusión estratégica profunda sobre el rumbo exterior del país. Ganar autonomía relativa requiere voluntad política para ejecutar el mandato programático que pide un orden más justo. No se trata de reemplazar una dependencia por otra, sino de ocupar espacios donde Uruguay pueda ejercer una voz propia, libre de tutelajes idealizados.

El camino hacia una política exterior con rumbo exige responder con honestidad: ¿con quiénes, cómo y para qué queremos construir el Uruguay del futuro? Proponer una inercia del alineamiento es una decisión de declive y Uruguay no está en ese rumbo, por suerte. Ahora es hora de que este paso muy significativo sirva para que el gobierno asuma que el centro de gravedad del mundo se ha desplazado y que el Sur Global, con los BRICS a la cabeza, es un espacio donde se juega nuestra verdadera capacidad de desarrollo soberano.