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Cultura | Marcelo Martinessi

Marcelo Martinessi: "Las estructuras de poder siguen reaccionando de manera muy parecida cada vez que algo se mueve."

El realizador estrena en Uruguay ‘Narciso’, su segunda película, un debate sobre la memoria histórica y la homosexualidad durante la dictadura paraguaya a fines de los años ‘50.

Llegó a salas locales Narciso, co-producción entre Paraguay y Uruguay que nos permite seguir conociendo el interesante universo creativo de Marcelo Martinessi, director que sorprendió en 2018 con su excepcional debut, Las herederas. En esta oportunidad Martinessi nos transporta al Paraguay de 1959, en plena dictadura militar, para narrar la historia de un cantante que muere misteriosamente, dejando tras de sí un misterio que evidencia la intensa persecución hacia los homosexuales durante esa época. Sobre el estreno del film y sus claves, conversamos con el director.

¿Qué te interesó del libro para llevarlo a la pantalla?

Creo que un libro es, en alguna medida, el resultado del momento en que uno lo lee. Yo leí Narciso en el 2018, en pleno estreno paraguayo de Las Herederas. La película fue bien recibida afuera y también en mi país, pero me llamó la atención que en algunos círculos se levantara la bandera de la moral y que se hablara de “agenda rosa”, cuando era una historia contada con mucho pudor. Mientras vivía eso, estaba leyendo una novela donde pasa exactamente lo mismo, sesenta años antes: un país que enarbola sus valores y tradiciones apenas aparece la “amenaza” de algo nuevo. Es algo que se repite constantemente. Lo que me atrajo del libro es justamente eso: la llegada del rock and roll, con todo lo que tiene de cuerpo y de deseo, a un Paraguay que vivía del silencio y de una dictadura que se estaba consolidando. Y todo lo que no se dice: las miradas, los deseos escondidos, el miedo. Eso es lo que más me gusta filmar. Además, Guido Rodríguez (autor del libro) nos dio una enorme libertad. Y eso me permitió poner foco en las interrogantes que me atravesaban en ese momento.

Tu anterior film también abordaba el universo queer, pero ahora lo llevas al pasado. La relación de la sociedad con la comunidad LGBTQ+ ¿Ha cambiado o sigue siendo de resistencia?

Las dos cosas. Por un lado, hay cambios reales: hoy hay jóvenes que viven su identidad con una libertad que en 1959 era impensable, y hay personas y colectivos que llevan años peleando por ese espacio. Pero las estructuras de poder siguen reaccionando de manera muy parecida cada vez que algo se mueve. Hay una homofobia que permanece bajo la superficie, y que a veces aflora sin máscaras, con brutalidad. Me interesaba volver al pasado, no sólo para hacer una película de época, sino para explorar de dónde vienen los silencios que todavía cargamos. El caso de Bernardo Aranda [persona real en la que está inspirada la historia] derivó en una persecución (se arrestó a 108 supuestos homosexuales) que dejó marcas tan hondas que todavía hoy el número 108 funciona en Paraguay como un insulto. Eso dice mucho de cuánto tarda una sociedad en desarmar lo que el poder le enseñó a temer. Yo creo que el cine puede hacer algo ahí, poniendo el debate sobre la mesa, devolviendo a esta historia su complejidad.

¿Cómo sientes que es la relación de la sociedad paraguaya con su pasado histórico y cómo fue recibida la película allí?

Parte del desafío de Narciso fue reconstruir una época de oscuridad, y hacerlo casi sin imágenes. Prácticamente no existen archivos fílmicos del Paraguay de los cincuenta, y lo poco que quedó está contado desde la mirada del régimen. Trabajamos con varias fotografías sociales (no oficiales) y, sobre todo, con relatos orales, con lo que alguna gente recordaba, o con lo que se había transmitido de boca en boca. En la película, la época está presente, pero lo que más nos interesaba es la atmósfera: esa oscuridad, ese aire espeso de una cultura profundamente autoritaria que no terminó con la dictadura y que todavía se puede reconocer hoy. Me gusta pensar que hicimos memoria de futuro: mirar hacia atrás para entender lo que seguimos siendo y lo que podríamos dejar de ser. Por eso tenía cierta inquietud con el estreno en Paraguay. El reconocimiento afuera no garantiza nada en casa. Pero la respuesta fue muy generosa: la película estuvo nueve semanas en salas y la vieron más de quince mil personas (un número muy bueno para este tipo de cine en el país). Y aun seguimos estando en salas alternativas. Me emociona sobre todo que mucha gente joven se haya acercado a una historia que no conocía. Hay una generación nueva con muchas interrogantes, y cuando una película puede ayudar a abrir la conversación, es hermoso.

De la investigación y recreación del Paraguay de la época, ¿Cuál fue el elemento que más te llamó la atención?

La radio. En ese Paraguay no había televisión y se veía muy poco cine. La radio me interesa como territorio de disputa, era el gran espacio de encuentro: ahí se escuchaba música, se seguían las noticias, se construían ídolos y también se vigilaba. Por la misma frecuencia podía sonar la Galopera, un discurso oficial, un poema o un comentario homofóbico. Cada minuto al aire decía algo sobre quién tenía permiso para existir. Por eso la llegada del rock no fue solo una novedad musical. Era un estímulo, de repente había un cuerpo que se movía distinto, una forma de deseo que no estaba prevista. Y el poder lo entendió enseguida.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Todavía estoy en ese tiempo incierto que viene después de terminar una película, cuando uno se pregunta qué viene, y prefiero no apurar la respuesta. Lo que sí tengo claro es desde dónde quiero seguir. Cuando veo Narciso, veo a un grupo de actores, técnicos y colaboradores que se dieron permiso para explorar, para pensar el cine. Y siento que de ese lugar no hay vuelta atrás. En un tiempo en que las plataformas nos acostumbran a historias que lo explican todo, que subrayan cada emoción por miedo a que el espectador se pierda, me gustaría seguir defendiendo un cine que confía en el silencio, en lo que se insinúa y en lo que queda resonando cuando se encienden las luces. Lo que venga después, espero que nazca de allí.

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