Hay una tentación frecuente al comentar a un escritor del interior: convertirlo en proveedor de estampas pintorescas. Sería una manera bastante cómoda de quitarle profundidad. Mosquitos no es un pueblo de Florida ni tiene en el horizonte el cerro Arequita ni las cumbres del Verdún. Es todos los pueblos o ninguno. Lo pintoresco entretiene mientras conservamos la distancia; la buena literatura termina comprometiéndonos. Un pueblo contiene relaciones de poder, deseos contrariados, rivalidades, afectos y silencios. En cada pueblo hay un borracho, un loco, un bobo, una gringa, un doctor, una puta, y una jueza. En su escala caben las grandes preguntas humanas. La dignidad de una persona no depende del tamaño de la localidad donde vive, ni un conflicto se vuelve menor porque ocurra lejos de una capital.
La presentación editorial destaca el encuentro entre humor, poesía y tragedia. Esa combinación ofrece una clave fértil para acercarse al libro. El humor puede ser una forma de atención: descubre una desproporción, desarma una solemnidad, deja al descubierto el costado vulnerable de quien parecía seguro. Pero también tiene sus responsabilidades. Reírse de una persona desvalida es fácil. Lo difícil es acompañarla hasta que su peripecia nos haga sonreír sin que esa sonrisa le quite humanidad. Allí el humor adquiere espesor y la complicidad del lector deja de ser inocente.
Me interesa especialmente esa posibilidad de que la risa y la pena compartan una misma página. Nuestra vida suele funcionar así, aunque los discursos ordenados prefieran separar las emociones. Recordamos una ocurrencia en medio de un velorio; una torpeza nos devuelve por un instante a quien hemos perdido. El dolor sigue ahí, pero ahora tiene una voz, un gesto, una historia. Un cuento que admite esa convivencia puede acercarse a la experiencia sin simplificarla. Nos permite entender que incluso en los momentos más graves seguimos siendo contradictorios, imprevisibles y humanos.
Delgado Aparaín ha definido la literatura como una operación de rescate del olvido, de la identidad y de la cultura. Esa declaración proporciona un centro para este comentario. Rescatar supone reconocer que algo valioso corre peligro. En el caso de las vidas comunes, el peligro suele ser silencioso: nadie las registra, nadie pregunta por ellas, nadie advierte cuánto de una comunidad se pierde cuando desaparecen. El escritor escucha y transforma. Su responsabilidad comienza en esa escucha, pero su trabajo exige además construir una forma que permita compartir lo escuchado.
Porque la memoria, por sí sola, todavía no es un cuento. Hace falta elegir un comienzo, administrar lo que se revela, encontrar la distancia desde la cual una experiencia pueda ser narrada. La anécdota necesita una organización que la vuelva significativa para alguien que no estuvo allí. Este es un aspecto fundamental del oficio: convertir una pertenencia íntima en una experiencia comunicable. La emoción del autor no garantiza la emoción del lector. Entre ambas está el lenguaje, con sus posibilidades y sus exigencias, con todo el trabajo paciente que una aparente naturalidad suele esconder.
Desde esa perspectiva, la atención a los humildes encierra una decisión estética y una consecuencia ética. Darles lugar significa admitir la complejidad de sus vidas. También ellos pueden ser mezquinos, generosos, ridículos, lúcidos; también se equivocan y se contradicen. Una solidaridad literaria que les negara esos matices terminaría inmovilizándolos. El personaje necesita libertad para incomodarnos. Solo entonces su dignidad deja de ser una consigna y se convierte en algo que el lector debe reconocer por cuenta propia, incluso cuando no aprueba su conducta.
La presencia de un prólogo de Mario Benedetti, escrito en 2006, añade al volumen un vínculo concreto con otra figura central de nuestra literatura. Ese encuentro permite formular una pregunta cercana a las preocupaciones que recorren la obra de Benedetti: qué lugar damos a los seres comunes cuando pensamos un país. Una comunidad también se reconoce en sus relatos, en aquellos que conserva y en aquellos que durante demasiado tiempo dejó sin escuchar.
Cuentos del norte y del sur puede abordarse, así, como una invitación a revisar nuestra distribución de la importancia. ¿Quién merece ser recordado? ¿Qué experiencia consideramos digna de una página? Frente a la facilidad con que una vida se vuelve anónima, contar exige detenerse. El mérito de una literatura empeñada en ese rescate depende de que consiga devolvernos personas, con su singularidad y sus contradicciones. Entonces la memoria deja de ser un depósito de nombres y vuelve a ser una relación viva entre quienes estuvieron y quienes todavía podemos escucharlos.
Quizá esa sea la promesa más hospitalaria de este libro, acercarnos a un territorio donde las vidas postergadas encuentran tiempo para desplegarse. Una historia no devuelve los años perdidos ni repara por sí sola una injusticia. Puede, sin embargo, alterar nuestra atención. Puede hacer que, al levantar la vista de la página, miremos de otra manera a alguien a quien antes habríamos pasado por alto. Ese cambio parece pequeño. Pero para la persona que empieza a existir en nuestra mirada, y para nosotros, acaso sea el comienzo de algo que merece ser contado. La memoria colectiva necesita también estas voces, estas historias que no encontraron lugar en los monumentos ni en los discursos. En ellas persiste una parte de lo que somos. Para quienes leímos sus escritos desde que lo descubrimos escribiendo fantásticas crónicas policiales en La República, y para los que, como yo, seguimos su obra durante el último cuarto de siglo, estos cuarenta cuentos no dejan de fascinarnos.